—¡No seas pavo!...
—¡Y cuatro!... mira: los tuyos y los míos... ¡los podrás leer duplicadamente!
Cuando descendieron del tren llegaba trotando pesadamente Hipólito, que al encontrarse con los viajeros se sacó respetuosamente su gran chambergo campero, y cuadrado—contrariendo la ordenanza militar, pues que formaba vértice con las puntas de los pies casi unidas y los talones a un geme de distancia—dijo tendiendo a Melchor su amplia mano de trabajo:
—¿Cómo va, D. Melchor?... ¿éstos son los señores?—agregó mirando a Lorenzo y Ricardo.
—Sí, Hipólito... mi amigo Lorenzo...
—Para servirlo.
—...y mi amigo Ricardo.
—Para servirlo.
—Y Baldomero, ¿no ha venido?
—Sí, D. Melchor... ahí andaba con el jefe... ¿quiere que lo hable?