—¿Y dónde no?...—le interrumpió Baldomero,—si donde está D. Melchor está la fiesta... está la risa... ¡Si es como una gran alegría que anda paseando!
Hipólito, que marchaba respetuosamente detrás del grupo, se adelantó al llegar al extremo del andén pidiendo órdenes a Melchor:
—¿Van a dar una vuelta, D. Melchor?... ¿o van al hotel?...
—¿Qué opinan ustedes?
—Iremos a lavarnos—dijo Ricardo.
—Me parece bien—agregó Lorenzo,—es muy temprano para pasear.
—¡Perfectamente! vamos al hotel... vamos a pie... es cerca... allí, ¿ven?—dijo señalando con la mano y agregó, dirigiéndose a Hipólito:—Espéranos allá.
—Ché, Hipólito—le dijo Baldomero.—Y llévame de paso el «azulejo».
El grupo se dirigió al hotel y a poco andar le interceptó el paso un pilluelo que con la mano tendida dijo a Melchor por todo saludo:
—Don Melchor... me da «una... moneditas»?