Baldomero levantó en alto el rebenque de gruesa y ancha lonja, diciendo al pilluelo:
—¡Salí de aquí, muchacho!
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—Vea, Garona, tiene que preparar una buena comidita para don Melchor y esos mozos, ¿sabe?—decía Baldomero al dueño de casa, casa que aventajaba sin duda a la más surtida y completa de las de la misma capital, pues era hotel, tienda, ferretería, almacén, bar y... ¡botica! todo junto, bajo la conspicua dirección de su dueño, Saverio Garona, italiano gordo y bonachón que usaba alpargatas y chambergo.
—«No» pierda cuidado, don Baldomero.
—Hágales un buen asado de costillas con ensalada.
—¿De pepino?
—¿De pepinos, dice?... mejor de lechuga... y unos pollos... pero que sean gordos...
—¿Y de empezar?...
—¿Es fresca esa ternera fiambre que he visto en el mostrador?