—Fresca... fresca... fresca... es fresca...
—Bueno, eso no, amigo Garona... pero usted sabe tener tallarines...
—Hay de casualidá...
—Ya está... ¡les pone una tallarinada!—dijo Baldomero riendo bondadosamente, al dar un puntazo con el cabo del rebenque en el abultado abdomen de Garona.
—¡No sea juguetón!... y diga: ¿de postre?
—¿Qué les va a poner?
—Tengo lindo durazno en conserva.
—¡Convenido! y ponga guayaba también y... ¡ya sabe!... ¿eh?... esto es mío... no vaya a recibirle a don Melchor.
—¡«No» pierda cuidado!
Cuando Baldomero regresó a unirse con los viajeros, éstos habían terminado la operación de lavarse y de telegrafiar a las familias y se encontraban rodeados de amigos de Melchor que le acribillaban a cumplimientos y a preguntas.