—¡Caballeros!—exclamó Baldomero—los que quieran noticias pueden ir al telégrafo... estos señores vienen a divertirse y no a contar cuentos.

—Estamos muy entretenidos, conversando.

—¡Ah!... ¡don Melchor!... ya tuvo una excusa—repuso Baldomero, y agregó:—¡Este don Melchor tiene más aguante que la máquina del tren!... ¡Capaz de oírlos toda la noche!...

—¡Miren quién habla!—dijo un viejo paisano que tenía entre todos el alto prestigio de haber sido justiciero juez de paz,—cuando don Luna se agacha a conversar es cosa de pedir pieza con cama. ¡Si tiene más música que un órgano!...

—Y cuando usted habla, viejo, ¿qué hay que hacer?... ¡irse!...—dijo Baldomero riendo estrepitosamente, y agregó:—¡Vamos, don Melchor, a dar una vuelta... vamos!...

—Bueno, vamos... será hasta luego.

—Hasta cuando usted mande—contestó el viejo por todos, y agregó señalando a Baldomero con una guiñada picaresca;—Y no se olvide, don Melchor: le recomiendo que me lo atienda... al recomendao.

—¡Yo te he de dar!... viejo pícaro—dijo cariñosamente Baldomero.

—¡Disculpas!—le replicó el viejo riendo y agregó:—...Por tratarme de vos... ¡confianzudo el mocito!...

—Simpático, el viejo, ¿eh?—dijo Lorenzo al subir al break.