—¿En qué?... ¡Y usted me lo pregunta!...—dijo riendo sonoramente la Pampita.

—¡Sí!... ¡Yo!...—repuso Ricardo con la voz trémula.

—Pues en no confesar que creyó usted encontrarse con una pampita... legítima... inculta; y al oírme hablar no ha podido menos que pensar que, necesariamente, debo haber sido educada en Buenos Aires... ¡Aquí también hay, señor, quienes enseñan a leer... y hay libros... no crea!...

—¿Usted lee mucho?—le preguntó Ricardo, visiblemente confundido.

—No cambie de conversación; ¡si no hablábamos de eso! ¿no es verdad, señor?—repuso ella dirigiéndose a Lorenzo.

—Aunque no fuera así, no la desmentiría, señorita.

—¿Tampoco usted es capaz de ser franco?

—Ya ve si lo sooy; le confieso lo que haría, con toda franqueza.

—Me doy por vencida: cerremos el capítulo. Voy a juntarles unas flores.

—Acaso es tarde ya, señorita—dijo Ricardo.