—¡No!—le interrumpió vivamente ella.—¡No! Si no voy a darles o a juntarles todas las flores del jardín...

—¡Ni lo hemos podido pensar!—contestó Ricardo sonriendo y en el mismo tono.

—A mí me basta con una sola flor, señorita, que usted me dé... la que usted prefiera...

—¡Ah, señor! yo no tengo preferencias tratándose de flores; las quiero a todas igualmente.

—¿Y cuando no se trata de flores?—le dijo Ricardo, bajando un poco el tono de la voz.

—¿Y de qué?... ¿de pájaros?... ¡Me pasa lo mismo!

—¿Y si se tratara de personas?—insistió Ricardo, más subyugado cada vez por la Pampita. Exceptuando a mi padre y a mi hermana... más o menos lo mismo.

—¿No tiene usted más familia?—intercedió Lorenzo.

—Sí, señor; pero parientes lejanos; mi madre y mis otros hermanos murieron hace mucho tiempo... mi hermana se casó hace cuatro años... vive allá... ve... derecho a ese rosal... ¡Ah!—agregó repentinamente dirigiéndose a la planta,—vean qué dos pimpollos tan lindos, ¿eh?—y cortándolos volvió con ellos al camino diciendo al separarlos—pues estaban en un mismo gajo: uno para usted... y otro para usted...

—Mil gracias—dijo Ricardo.