—Un millón de gracias—dijo Lorenzo.
—Usted es más generoso: ¡un millón!
—Más derrochador, habrá querido decir usted, señorita—dijo Ricardo.
—¿Por qué?...
—Porque las ofrece a quien parece haberlas monopolizado todas...
—¡Qué gracioso... o qué amable, más bien! ¿no le parece?
—Como usted quiera.
—Si yo no quiero...
—¿A nadie?
—Ya le he dicho: a mi padre.