—¡Gran cosa!

—Es suficiente, señor.

—Apurémonos—dijo Melchor—que la noche se viene.

Así lo hicieron, y al llegar al break se cambiaron efusivas expresiones de amistad y promesas de repetir la visita, mientras Lorenzo y Ricardo sentían una verdadera fascinación ejercida por aquella Pampita de veinte años, que había resultado querer sólo a su padre...

Momentos después de partir el break, la Pampita percibía claramente el repiqueteo del cascabel del cadenero y las voces de Hipólito:

—¡Jiú!... ¡jiú!... ¡jiú!...

*
* *

Si Lorenzo y Ricardo habían salido hondamente entusiasmados con la visita a la «Pampita», ésta, había quedado más impresionada que en otros casos, ante la presencia de aquellos dos buenos mozos, gallardos y cultos.

Ella sabía bien cuánto influía en los hombres que la trataban; pero en aquella circunstancia se acrecía su mujeril satisfacción por la calidad visible de los visitantes y por la distinción social que la sola amistad con Melchor significaba.

No podía condensar en un pensamiento definido la vaga sensación que experimentaba; pero en su espíritu sentía como una contrariedad porque no se hubiera prolongado más la breve visita de los viajeros...