De pie en el corredor del poniente, contemplaba el cielo encapotado, en cuyo horizonte se cernía limitada por una línea casi recta, una inconmensurable nube oscura sobre la faja de luz roja que parecía el ruedo flotante del manto del sol, en marcha triunfal hacia otros hemisferios.
Aquella línea que fijaba nítidamente un límite visible entre la sombra y la luz, cruzaba por la imaginación de la «Pampita» como un símbolo.
—¿Si sucederá lo mismo en la vida?—pensaba.—¿Si habrá también en nuestra existencia una línea como esa que estoy viendo por primera vez? Una línea así... que marque la transición de un estado a otro... entre dos maneras de ser... entre dos formas de vivir... ¿Y de qué lado de esa línea misteriosa estaré yo?... ¿Viviré en la sombra, esperando la zona de luz?... ¿o estaré en ésta y me espera la otra?...
—Pampita, ¿y no comemos?—le preguntó don Casiano, interrumpiendo aquel soliloquio, cuya causa podía estar y no estar en la casual línea de luz del horizonte.
—Sí, tata; ya mandé sacar—repuso, dirigiéndose hacia el comedor, seguida de su padre.
Camino del pueblo iba, entretanto, el break a largo trote, hablándose en él del tema obligado: la «Pampita».
—¡Si yo les dije que conocerían algo bueno!—decía Baldomero.
—Como belleza física—decía Lorenzo,—yo no he visto nada que se le parezca.
—¡Y qué culta!... ¡qué educada!...—repetía Ricardo.
—Bueno—decía Baldomero,—el viejo ha gastado un platal en esta muchacha, con buenas maestras... de francés... y de piano...