—¡Toca, el piano?...
—¡Sabe francés?...
—¡A la, perfección, señor! ¡Si cada que hay una fiesta es la primera!—repuso Baldomero, agregando:—¡Y miren que la cortejan!... ¡Pero, señor!... ¡De aquí y de todas partes!... ¡Pero nada!... ¡Yo no sé qué demonios de ideas le han metido en la cabeza a esta muchacha que no quiere saber nada con «nadies»!... Así me ha sabido decir muchas veces: «¡No me hable, Baldomero! ¡Yo no puedo pensar en «nadies» más que en tata!»... ¡Fíjense!... ¡Y tan muchacha que es!... ¡Y tan linda!... ¡Porque miren que como linda, es linda!... ¿No?...
—¿Y usted la ha festejado?—le preguntó Ricardo.
—¡Atiéndamelo, don Melchor!... ¡Señor! ¡Si tengo hijos mozos!—contestó riendo Baldomero, y agregó:—No, señor... Si la «Pampita» es como hija mía... sólo que alguna vez he sentido ganas de hacer gancho... ¿sabe?... ¡porque ha tenido buenos partidos!... mozos bien... de posición... y el viejo se puede morir... Bueno que ella tiene la hermana;—continuaba Baldomero atendido por Lorenzo y Ricardo, vivamente interesados en aquella relación,—¡y está bien casada!... con un hombre... decente... y trabajador... siempre tendrá ese refugio, ¿no le parece, don Melchor?
—Así es, Baldomero.
—¡Siga!—dijeron a dúo Ricardo y Lorenzo.
—¡Vean los señores!...—exclamó Baldomero.
—...¡Si Mandinga no duerme!... ¿Mire que viniera a suceder!... ¿Y cuál sería?...
—Nada de eso—replicó Lorenzo,—me interesa, naturalmente, el caso de una niña, tan excepcional como ésta.