—¡Así se empieza!...—respondió Baldomero, riéndose, y agregó:—¿Pero ya llegamos y sabe que el mate me anda retozando entre las tripas?...
En la puerta del hotel esperaba Garona, cuya silueta se proyectaba en la acera a favor del farol colgado en el zaguán, como la de una bordalesa que tuviese encima una fuente enorme; de tal modo eran anchas las alas de su chambergo criollo.
Descendieron los paseantes y al entrar al hotel, dirigiéndose al comedor, don Saverio se aproximó a Baldomero y le dijo al oído:
—El asado se pasó un poquito, ¡vea!
—¿Por qué no lo retiró, amigo?
—¡Eh, qué quiere!... ¿Sabe?... es tarde...
—¿Qué dice?—preguntó Melchor a Baldomero.
—El hombre está afligido porque nos hemos demorado.
—Ganaremos tiempo comiendo ligero—contestó Melchor al sentarse a la mesa.
El comedor estaba lleno de parroquianos de todas las trazas, que observaban prolijamente a los recién llegados y, a no interponerse entre unos y otros la figura amable de Melchor y la respetada de Baldomero, habrían pasado un mal rato los dos viajeros, pues cuando Ricardo se puso la servilleta en el cuello como un babero, bajo su cara afeitada, dijo un paisano que estaba cerca: