—¡La facha!...—dijo Baldomero, volviendo a su asiento y dando por terminado el incidente que no había pasado inadvertido en el comedor más que para sus compañeros de mesa.

—¿En qué andaba?—le preguntó Melchor.

—Un encargue... que no me han cumplido—contestó como contrariado, para explicar así la ligera emoción que le embargaba. Pero en ese momento, Lorenzo, que ocupaba un asiento frente al hombre con quien Baldomero había estado, vio que aquél, hablando con el compañero, se besaba sin ruido el pulgar y el índice de la derecha en cruz.

Don Saverio en persona y en homenaje a Melchor, servía la mesa, sobre la que puso, para empezar, una verdadera montaña de tallarines al jugo.

—Yo también me siento con apetito—dijo Ricardo dirigiéndose a Baldomero y aludiendo a las palabras de éste en el break.

—Es la mejor salsa, señor—repuso y agregó mirando a Lorenzo:—¿y usted, señor, se siente con disposición?

—No mucha.

—«L'appetit vient en mangeant»—dijo Melchor, mientras levantaba en toda la extensión de sus brazos los tenedores con que pretendía sacar de la fuente los kilométricos tallarines.

—¿Qué vino gustan tomar?—preguntó Baldomero, haciendo una verdadera gambeta a la sentencia de Melchor.

—Gracias, tomo agua—dijo Lorenzo.