—Todos os estiman y respetan por vuestra alcurnia, carácter y valor—contestó Saldaña—y todos os obedecerán gustosos; pero ¿qué tenéis que no habéis hecho sino ponerme reparos y dificultades en lugar de agradecerme la preferencia que os doy?

Don Álvaro permaneció callado y como indeciso unos breves instantes, al cabo de los cuales volvió a preguntar a Saldaña:

—¿Y pensáis que el conde esté mañana con sus lanzas?

—No por cierto—contestó él—porque ya sabéis que nuestro enemigo no abandona los sitios del riesgo. Nuestro odio mismo nos obliga a hacerle justicia.

—Pues entonces—repuso don Álvaro—más os agradeciera que me dejarais en la barbacana del castillo.

Saldaña levantó entonces la cabeza y le dirigió una terrible mirada que don Álvaro no vió por la obscuridad de la noche, pero su ademán le hizo bajar los ojos.

—Don Álvaro—le dijo el anciano con severidad—, hace muchos años que a ningún mortal se ha acercado mi corazón tanto como a vos; por lo mismo no os advertiré que vuestro único deber es la obediencia; pero no dejaré de deciros que el desprendimiento personal es lo que más ensalza al hombre. Para esta empresa os necesito, id y cumplidla, y prescindid por hoy de vuestro odio por más legítimo que sea, y esperad a mañana, que tal vez la suerte lo ponga en vuestras manos. De todos modos, si me lo entrega a mi albedrío, tal vez le irá peor.

Don Álvaro, un tanto avergonzado de haber querido anteponer el interés de su venganza a la gloria de aquella milicia que con tanto amor le había recibido en sus filas, dió sus disculpas al comendador, que las recibió con su señalada benevolencia y se dispuso a su empresa, que no dejaba de ofrecer riesgos. El comendador se separó de él para dar las últimas órdenes y acabar los preparativos, ya de antemano dispuestos, con que pensaba recibir a los sitiadores en el asalto del día siguiente.