CAPÍTULO XXVI

Buen rato antes de que asomase por entre las nieblas del oriente la aurora pálida y descolorida de aquel día en que debían suceder tantos casos lastimosos, don Álvaro, seguido de una porción de caballeros, bajó por aquella escalera que sola otra vez y con tan distintas esperanzas había pisado. Los caballos llegaron también sin gran trabajo a la orilla del torrente, que entonces corría con tremendo estrépito, muy a propósito para ocultar su marcha. Emprendiéronla callados y atentos al inminente riesgo que les cercaba, porque caminaban por una ladera gredosa y escurridiza y por una senda estrecha y tortuosa al borde mismo de los enormes barrancos que excava aquel regato poco antes de entrar en el Sil. Desfilaban uno por uno con gran peligro de ir a parar al fondo al menor resbalón y con otro no menor de ser descubiertos en tan apretado trance por el relincho de un caballo; pero estos generosos animales, como si conociesen la importancia de la ocasión, no sólo anduvieron el difícil camino sin dar un paso en falso, sino que apenas soltaban tal cual corto resoplido. Por fin salieron de aquellas angosturas, y antes de que amaneciese ya estaban emboscados en el monte de acebuches que linda con el pueblo de San Juan de Paluezas, y llegaba muy cerca del campamento de la caballería del conde de Lemus. Allí, cuidadosamente escondidos, aguardaron la convenida señal.

Poco tardaron en colorearse débilmente los húmedos celajes del oriente, y los clarines, gaitas y tamboriles de los sitiadores despertaron a los que todavía dormían al amor de la lumbre. Levantáronse todos ellos alborozados, y dando terribles gritos, se formaron al punto bajo sus enseñas. El conde Lemus salió de su tienda, y en un caballo blanco, donde el terreno lo permitía, y a pie en los riscos más difíciles, corrió las filas y pelotones haciendo distribuirles dinero, raciones y aguardiente, y alentándoles con su natural y astuta elocuencia contra aquellos idólatras impíos que adoraban un gato, y que, dejados de la mano de Dios, poco tardarían en caer bajo las suyas. Semejantes razones subyugaban y exaltaban a aquellas gentes crédulas y sencillas, y doblaban su brío; así es que el clamoreo y alharaca ensordecía y atronaba el aire. Los templarios por su parte, después de haber hecho su acostumbrada oración, conservaron su natural gravedad, y el comendador, que pensaba haberles arengado, después de haber observado el denuedo de sus miradas y semblantes, conoció la inutilidad de exhortar a unas gentes en cuyos pechos ardía la llama del valor como en su propio altar, y se contentó con repetirles, con aquel majestuoso ademán que tan bien cuadraba, el versículo que días antes había dicho a don Álvaro, al tomar por segunda vez el mando del castillo:—Dominus mihi custos, et ego disperdam inimicos meos. Los caballeros, aspirantes y hombres de armas lo repitieron en voz baja y cada uno quedó en su sitio sin hablar más una palabra.

Los momentos que siguieron fueron de aquellos zozobrosos y llenos de ansiedad, que preceden generalmente a todos los combates, y en que el temor, la esperanza, el deseo de gloria, los recuerdos y lazos que en otras partes pueden atar el corazón, y un tropel en fin de encontradas sensaciones, batallan en el interior de cada uno. Por fin las trompetas de los sitiadores dieron la última señal, a la cual los añafiles y clarines de los templarios respondieron con agudas y resonantes notas como de reto, y los cuerpos destinados al asalto se pusieron en movimiento rápidamente, precedidos de un cordón de ballesteros que despedían una nube de saetas, y sostenidos por otros muchos que desde las quiebras y malezas los ayudaban poderosamente. Encamináronse, como era natural, contra la barbacana del castillo, sólo dividida de éste por el foso y enlazada con él por el puente levadizo; asestando sus tiros contra los caballeros que la defendían y que, por su parte, recibieron a los sitiadores con descargas en que maltrataron e hirieron a muchos. Sin embargo, su defensa fué menos tenaz de lo que el conde aguardaba; así es que dieron lugar a los más atrevidos a acercarse a la puerta, sobre la cual empezaron a descargar al punto redoblados hachazos. Los caballeros, viendo sin duda lo poco que podían resistir aquellas débiles tablas a semejante empuje y sacudidas, atravesaron en seguida el puente levadizo, que se alzó al punto, justamente cuando, forzada la puerta, cabreireses y gallegos se precipitaban de tropel en la barbacana. Pasmados todos, y el de Lemus en especial, de tan floja defensa, creyeron que la hora del Temple había llegado, cuando así se amortiguaba de repente la estrella rutilante de su valor. Comenzaron, pues, a denostarlos con injuriosas palabras, a las cuales no respondían sino disparando de cuando en cuando alguna flecha o piedra, amparándose, sin embargo, cuidadosamente de las almenas. La caballería, que desde su puesto veía el triunfo de los suyos y tremolar la bandera del conde en la barbacana, prorrumpieron en una estrepitosa y alegre gritería, vitoreando y agitando sus lanzas desde abajo. Estaban pie a tierra y con los caballos del diestro descansando enteramente en la avanzada apostada en el camino de Ponferrada, y tenían puestos los ojos y el alma en el drama que más arriba se representaba, y del cual, con gran enojo suyo, sólo venían a ser fríos espectadores.

Los de la barbacana trajeron al instante el puente de vigas que habían estado clavando y aderezando a prevención en la noche anterior, y que no habían conducido desde luego contando con que el primer ataque sería más largo y reñido. Desmentido con gran gusto suyo este pronóstico, asomaron inmediatamente con su informe pero sólida armazón por la puerta interior de la barbacana para echarlo sobre el foso. Los sitiadores entonces parecieron reanimarse y se presentaron en la plataforma que dominaba la puerta, arrojando piedras y venablos; pero la granizada de flechas de los montañeses los hizo retirar al punto. La afluencia de estos desgraciados era tal, que la barbacana estaba atestada de gentes a cual más deseosas de abalanzarse a la puerta del castillo, y echándola al suelo, entrar a saco y a degüello aquellos cobardes guerreros. Por fin, con harto trabajo, se asentó el puente y un sinnúmero de montañeses y valdeorranos se agolparon a herir con sus hachas las herradas puertas del castillo.

No bien habían descargado los primeros golpes, cuando un grito de horror resonó entre aquellos infelices, de los cuales una gran parte cayeron en el foso y otros en el mismo puente, lanzando espantosos aullidos y revolcándose desesperadamente. Los que les seguían, empujados por la inmensa muchedumbre de atrás, aunque horrorizados porque apenas sabían a qué atribuir aquel repentino accidente, corrieron también contra la puerta. Entonces se vió claro lo que tales gritos arrancaba y tan grandes estragos hacía. Aquellos desdichados, mal armados, morían abrasados bajo una lluvia de plomo derretido, aceite y pez hirviendo que venía de la plataforma y de la cual salían también muchísimas flechas rodeadas de estopas alquitranadas y encendidas que no podían desprenderse ni arrancarse sin quemarse las manos. Algunos quisieron retroceder, pero el extraordinario empuje que venía de afuera, no sólo se lo estorbaba, sino que vomitaba sin cesar sobre el puente nuevas víctimas. Los que estaban debajo de la arcada de la puerta, conociendo su peligro y creyéndose a cubierto por algunos instantes, menudeaban los golpes, deseosos de terminar aquella horrenda escena; pero cuando más descuidados estaban, por unos agujeros, sin duda practicados de intento en las piedras, comenzó a llover sobre ellos aquel rocío infernal, y al querer retirarse, las piedras que caían por los matacaspas acabaron de estropearlos. Entonces comenzó a sonar a rebato la campana del castillo, como si doblase por los que morían en los fosos y al pie de sus murallas; los muros y la plataforma se coronaron de caballeros, que cubiertos de acero de pies a cabeza y con el manto blanco a las espaldas y la cruz encarnada al lado, se mostraron como otras tantas visiones del otro mundo a los ojos de aquella espantada muchedumbre. Unos cuantos esclavos negros que desde la plataforma derramaban y esparcían aquel fuego voraz, asomaron entonces sus aplastados semblantes de azabache animados por una diabólica sonrisa, y aquellas acobardadas gentes, creyendo que el infierno todo peleaba en su daño, comenzaron a arrojar sus armas consternados y tomando la huída.

El conde, que embarazado con tanto ahogo y apretura se había visto embarazado en la barbacana, pudo desprenderse en aquel momento crítico, y arrojándose al puente para reanimar a los fugitivos y pasando por encima de los muertos y heridos sin hacer caso de las lluvias, piedras y aceite hirviendo que caían sobre su impenetrable armadura, llegó hasta la puerta con un cercano deudo suyo muy bien armado. Asieron allí las hachas de manos de dos muertos y comenzaron a descargar tan recios golpes que de arriba abajo se estremecía el portón a pesar de sus chapas de hierro. Entonces una enorme bola de granito, bajando por uno de los matacaspas, cayó a plomo sobre la cabeza de su pariente, que al punto vino al suelo, muerto, con el cuello y el cráneo rotos, viendo lo cual otros hidalgos de su casa que se habían quedado a la puerta de la barbacana, atravesaron el puente desalados, y a viva fuerza arrancaron de allí a su jefe.

La caballería, entretanto, como hemos dicho, seguía con envidiosos ojos la pelea de sus compañeros, cuando oyó tocar a rebato la campana del castillo. Entonces creyeron que ya era el conde dueño de él, y con loca presunción comenzaban a darse el parabién de tan feliz jornada, cuando de repente les estremeció sus espaldas una trompeta que sonó en sus oídos como la del último día, y volviendo los asombrados ojos vieron el corto pero lucido escuadrón de don Álvaro, que lanza en ristre y a todo escape les acometía. Muchos caballos, espantados no menos que sus jinetes, rompieron la brida y dieron a correr por las cuestas dejando a pie a sus dueños, que fueron los primeros que cayeron al hierro de las lanzas enemigas. Los restantes, que pudieron ocupar las sillas en medio del tumulto, arremolinados y envueltos en sí propios, sólo hicieron una cortísima resistencia, durante la cual mordieron muchos, sin embargo, la tierra, y al punto se dispersaron bajando algunos a reunirse con el destacamento que tenían en el camino de Ponferrada, corriendo otros por la ladera del monte a reunirse con las bandas de peones, y echando los demás con desbocada carrera por el camino de las Médulas. Don Álvaro, entonces, deseoso de dar alcance a los que iban a incorporarse con el grueso de la hueste del conde, picó en pos de ellos por la ladera, con el firme intento, no sólo de ahuyentarlos, sino de coger a los enemigos por la espalda.

Saldaña, bien informado del éxito de esta arriesgada empresa, bajó entonces seguido de sus más escogidos caballeros, echando el puente levadizo, porque el otro estaba ya medio consumido por el fuego, embistió denodadamente la barbacana con un hacha de armas en las manos, a cada golpe de la cual, cortaba un hilo de vida en aquella gente todavía apiñada y comprimida. En medio de aquel tumulto y matanza acertó a ver al conde que forcejeaba con sus hidalgos y deudos para volver al puente.