—¡Conde traidor!—le gritó el comendador—. ¿Cómo tan lejos del peligro?

—Allá voy, hechicero infernal, ligado con Satanás—le respondió él con la boca llena de espuma y rechinando los dientes; y dando un furioso empellón se fué para el templario determinado y ciego. Llegó a él y con el mayor coraje le tiró una soberbia estocada que el comendador supo esquivar; y alzando el hacha con ambas manos iba a descargarla sobre él, cuando uno de sus deudos se interpuso. Bajó el arma como un rayo y dividiendo el escudo cual si fuera de cera y hendiendo el capacete, se entró en el cráneo de aquel malhadado mozo, que cayó al suelo con un profundísimo gemido. Trabóse entonces una reñidísima contienda, porque cuando los del conde vieron que se las habían con hombres como ellos y no con vestiglos ni espíritus infernales, cobraron ánimo; pero peor armados y menos diestros que sus enemigos, naturalmente llevaban lo peor. En esto, un jinete con el caballo blanco de espuma y sin aliento, se presentó a la puerta de la barbacana y dijo en alta voz:

—¡Conde de Lemus!, vuestra caballería ha sido desbaratada por un escuadrón de estos perros templarios que no tardará seis minutos en llegar.

—¿Hay más desventuras, cielos despiadados?—exclamó él levantando al cielo su espada, que apretaba convulsivamente.

—¡Sí, todavía hay más—le dijo Saldaña con voz de trueno—: porque ese que con un puñado de caballeros ha destrozado tus numerosas lanzas, ése es el señor de Bembibre, tu enemigo!

Lanzó el conde un rugido como un tigre, y de nuevo quiso embestir al comendador; pero los suyos se lo impidieron arrancándole de aquel sitio, porque los gritos y galope de los caballeros que iban al mando de don Álvaro se oían ya muy cerca. Saldaña no juzgó prudente acometer fuera de su castillo con la poca gente que lo guarnecía, y a un enemigo todavía respetable por su número y que acababa de dar tan repetidas muestras de valor. Los caballeros que le acompañaban habían cerrado la puerta con sus cuerpos y dejado acorralados un gran número de montañeses que, aunque no acometían, no parecían dispuestos a rendirse sin pelear de nuevo.

—Y vosotros, infelices—les dijo el comendador—, ¿qué suerte creéis que va a ser la vuestra después de acometernos tan sin razón?

—Nos sacrificaréis a vuestro ídolo—contestó uno que parecía capitán—, y le pondréis nuestras pieles, que es lo que dicen que hacéis; pero aún os ha de costar caro. En cuanto a venir a haceros guerra, el rey y el conde de Lemus, nuestros naturales señores, lo han dispuesto; y como es servicio a que estamos obligados, por eso hemos venido.

—¿Y quién eres tú que con ese desenfado me hablas, cuando tan cerca tienes tu última hora? ¿Cuál es tu nombre?

—Cosme Andrade—replicó él con firmeza.