Después alcanzamos, por medio de una nueva síntesis creadora, a la aparición del primer esbozo de lo que ha de ser más tarde el núcleo de las fuerzas sociales: el alma. A la primera substancia viva, siendo frágil y delicadísima, necesitando renovarse para mantenerse y estando expuesta a mil causas de destrucción provenientes de la materia inorgánica que la rodeaba, le fué preciso distinguir, so pena de la muerte, lo que le convenía aceptar o rechazar del mundo exterior, debió tener interés y experimentar impresiones agradables y desagradables. Tal fué la alborada de la fuerza psíquica, la más superior cualidad de la materia, cuyo brillante y prodigioso desarrollo ha venido a dar lugar a la fuerza propulsora de la más elevada creación de la naturaleza: la sociedad humana.
El alma del hombre que no es más que el alma del átomo después de haber pasado por el alambique de la evolución orgánica, constituye, dentro de sus cualidades primordiales y fundamentales, la fuerza social, el agente dinámico y transformador por excelencia.
Dicho esto, no costará aceptar que la sociología descansa sobre la psicología y no sobre la biología, como algunos pensadores lo han sostenido.
En su obra: The Psychic Factors of Civilizations entra Mr. Ward en minuciosos y originales análisis de los fenómenos psíquicos. Los fenómenos de la mente en su más amplio sentido pertenecen a dos distintas clases: a la de los sentimientos y a la del intelecto. Los primeros forman el objeto de la psicología subjetiva y el segundo el de la psicología objetiva. Cuando se pone en contacto la extremidad de un dedo con un objeto material, dos consecuencias resultan. Se produce una sensación que depende de la naturaleza del objeto y la mente recibe una noción de la naturaleza del objeto. El proceso por medio del cual se lleva a efecto esta noción o conocimiento se llama percepción. Estos son los elementos que sirven de base a las dos ramas de la psicología de que acabamos de hacer mención: la sensación a la rama subjetiva y la percepción a la rama objetiva.
Debemos decir que esta división no es perfectamente distinta y clara. Tanto en los fenómenos de la sensación y de las emociones y sentimientos como en los fenómenos de la percepción y las representaciones, asociaciones de ideas y pensamientos que de ellas se derivan hay elementos subjetivos. Las percepciones y representaciones no son nunca la imagen de los objetos únicamente. Son condicionadas en gran parte por los estados de conciencia anteriores y simultáneos. Además, si la sensación es un hecho elemental que se encuentra en el análisis de los sentimientos como elemento primordial de éstos, también se halla desempeñando un papel análogo en las percepciones. Sin sensaciones previas no puede haber percepciones. Sin experimentar la sensación de peso jamás podré decir de un cuerpo que es pesado o liviano. De manera que no es acertado formar dos categorías opuestas de fenómenos dentro de los hechos psíquicos que tengan por base respectivamente la sensación y la percepción.
Es menester, sí, tener presente que las primeras manifestaciones del alma, tanto en su desarrollo que podemos llamar histórico o filogenético, tomando como punto de partida su aparición sobre la tierra, como en su desarrollo individual u ontogenético, son las de la facultad conativa (conative faculty), las del deseo, las del interés instintivo que busca el placer y huye del dolor, o sea que busca lo conveniente para la vida y se aparta de lo que puede dañarla. Lo primordial son los sentimientos y la voluntad.
La vida debe ser preservada y las especies perpetuadas. La selección natural ha hecho agradables los actos que favorecen estos fines y dolorosos los que los contrarían. Las especies incapaces de experimentar esas sensaciones han debido desaparecer y sólo han subsistido las organizadas de tal manera que han podido sentir placer al apropiarse lo necesario para su existencia y dolor al contacto, proximidad o previsión de alguna cosa perjudicial o peligrosa para su vida. Así el dolor y el placer no son condiciones indispensables que dependan de la naturaleza misma de las cosas. Para el mundo inanimado no existen ni el placer ni el dolor. Éstos son sólo estados necesarios a la existencia de los organismos plásticos. Sin el dolor y el placer esos organismos no habrían subsistido, porque habrían sido destruídos por el mundo exterior. De manera que el dolor, lejos de ser un mal en sí, ha sido la condición esencial de la vida, entendido como una especie de advertencia para huir de la causa que lo produce.
El agente dinámico, el principio activo del alma lo forman los sentimientos y los deseos. El deseo es una verdadera fuerza natural que, si no fuera por las interferencias que encuentra en su camino, seguiría como todas las cosas la primera ley del movimiento de Newton e iría siempre directamente a la consecución de sus fines.
El desenvolvimiento de la inteligencia y de la razón es un acontecimiento posterior al desarrollo de la facultad conativa, de los deseos y de los sentimientos. La inteligencia no es propiamente una fuerza; es el agente directivo de los deseos y sentimientos. Su acción es siempre teleológica; la inteligencia es una causa final, es una causa que se propone algún objeto, mientras que el agente dinámico, el deseo es causa eficiente, obedece ciegamente a la acción inmediata que lo pone en movimiento.
La psicología de Mr. Ward es monista, y aunque no cita a H. Höffding en ninguna parte de sus obras, hay analogía entre sus ideas y la hipótesis de la identidad del citado filósofo danés, según la cual, el alma y el cuerpo no forman distintas substancias, sino que son dos aspectos diversos de una misma substancia.