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Después de veinte días de viaje, en la mañana del dos de Octubre, entramos al delta del Mississipi, que no ofrece a la vista nada de grandioso, como uno se lo imagina, sino un solo brazo de río no muy ancho, con tierras bajas a ambos lados, monótonas uniformes, cubiertas de una alfombra de pasto o de vegetación arborescente raquítica.

Sube a bordo un médico, en uniforme militar; nos forma a todos en una de las cubiertas, y nos examina, poniéndole a cada pasajero un termómetro en la boca.

Bajo una atmósfera pesada y gris, por el calor y por el humo, nos vamos acercando al puerto, que se señala por los grandes edificios que se destacan en ambas orillas, fábricas, almacenes, grúas gigantescas.

Poco después de medio día atracamos al muelle, y antes de permitírsenos desembarcar, una comisión militar investigadora entró a examinar una vez más nuestros papeles y pasaportes y a hacernos mil preguntas. Otra vez sujetos en uniformes cakis y sombreros de scouts y qué tipos tan mal agestados y de actitud tan desconfiada! Para ellos cada uno de nosotros era un individuo sospechoso, tal vez un espía. Colocados ellos detrás de diferentes mesas nos mandan a los supuestos reos de una a otra, para someternos a diversos interrogatorios y confrontar lo que decimos con lo que se halla en nuestros pasaportes, en nuestras declaraciones escritas o con los datos que ellos tienen. Para comprender y tal vez excusar este proceder no olvidemos de que nos encontramos en tiempo de guerra y de que el temor de los espías alemanes ha sacado de quicio a los norte-americanos.

Pero a todo esto las horas se iban pasando, la noche se nos viene encima y nosotros continuábamos encerrados a bordo, sin probar nada desde la hora de almuerzo, y sin poder encontrar tampoco a ningún precio algo que comer o beber. La compañía había creído cumplir con el último de sus deberes con amarrar el vapor al muelle y de nuestra suerte no volvió a acordarse más. Por fortuna un pasajero descubrió un racimo de plátanos que es uno de los principales artículos de tráfico de la compañía; los repartimos entre unos cuantos y los devoramos.

Así pudimos pisar tierra americana más entonados, cuando al fin, después de las ocho, nos dejaron en libertad.

Nueva Orleans, no obstante ser el principal puerto meridional de la República, y con una población de trescientos cincuenta mil habitantes, dista mucho de figurar entre las grandes ciudades de la Unión. Hay catorce ciudades más pobladas que ella. La forman dos partes muy diversas: la antigua, ocupada principalmente por familias de origen francés, y la moderna, que es más propiamente americana, con grandes avenidas muy animadas por el movimiento de gentes y de carruajes, limpias, espléndidamente alumbradas y muy bien pavimentadas. Aquí se encuentra concentrado casi todo el comercio y algunos rascacielos levantan aisladamente su mole inmensa en diversos puntos. La sección antigua es de calles estrechas con casas generalmente de dos pisos, de balcones corridos, como los de la colonia en Sud-América. ¿Son estos barrios pintorescos y tal vez poéticos? Desgraciadamente no. Su vejez no contiene nada de lo venerable y artístico que uno admira en Florencia, en Roma, en Colonia o en Lima. Es una vejez sucia, abandonada y mal oliente.

Una de las cosas más notables de los Estados Unidos son sin duda los hoteles y es difícil que haya otros mejores en el mundo. Son espléndidos aun los de las ciudades medianas y pequeñas. El que conocimos en Nueva Orleans ocupa un magnífico edificio de catorce pisos. El altísimo y vasto hall, artísticamente decorado, hace pensar en una mansión regia. Del artesonado techo cuelgan las banderas de todas las naciones aliadas. Como el hotel tiene entrada por dos calles, el hall es un pasaje y un hervidero humano. Por ahí cruzan sin cesar soldados americanos y poilus que han venido en misión a este país. Rara vez deja de ir cada uno con una amiga, a menudo hermosa, vestida con sencilla elegancia, ágil, alegre y que se muestra dichosa de ir del brazo de un valiente. Gusta ver a esos soldaditos chicos, de capote caki o gris, cubiertos de medallas, que pasan al lado de uno mirando con clara sencillez y acompañados de cierta aureola de heroísmo, que fluye de la idea de los cruentos sacrificios que han debido afrontar. En los amplios sillones y sofás conversan y fuman una multitud de personas. Otras leen y escriben en las salas de lectura y escritorios que dan al hall. No importa que no sean pasajeros. Es una bella característica de los hoteles americanos que constituyan lugares hospitalarios, abiertos para todos, donde puede entrar cualquiera, como un socio a su club, sentarse a descansar, tener citas, y escribir cartas y tarjetas, usando papel y sobres del hotel sin pagar nada por ellos.

Cuatro ascensores dirigidos por muchachas en uniforme, suben y bajan sin cesar. En un extremo del hall se encuentra un cabaret, de donde llegan los acordes de los bailes apresurados de moda, las notas descoyuntadas, de ritmo monótono, de interrupciones bruscas del one step y del fox trot. En el otro extremo hay un restaurant también con orquesta. Un coro de niñas canta aquí conmovedoramente la Marsellesa en homenaje a los poilus. El soplo guerrero que hace temblar al mundo se siente palpitar en la atmósfera con alientos de ideal y confianza.