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El calor de Nueva Orleans era insoportable, estuvimos sólo tres días en esta ciudad y partimos a San Francisco.
Poco después de haber partido de Nueva Orleans el tren íntegro fué trasportado de un lado al otro del Mississipi en un gran barco. No se ha construído un puente para no dificultar la navegación del río.
Los wagones de los trenes norte-americanos y especialmente los carros dormitorios son muy semejantes a los de los trenes de Chile. Pero los camareros negros que sirven en los carros dormitorios son menos amables y fáciles que nuestros camareros blancos. A las nueve, por ejemplo, se ponen a hacer las camas, y tempranito a dormir todo el mundo, quiérase que no se quiera.
Los trenes norte-americanos son mejor construídos y andan con más regularidad que los nuestros. No tienen tercera ni segunda clase y no hay más diferencias que las que resultan de ir en carro dormitorio o en pulman.
Anduvimos tres días y tres noches con un calor infernal. En los dos primeros atravesamos soledades quemadas por el sol en los Estados de Nuevo Méjico y Arizona. La vista no divisa más que colinas áridas, llanuras desiertas y montañas amarillentas de tierra infecunda. Y en medio de este malestar abrasador no encontrábamos ni frutas ni refrescos en las estaciones desoladas que cruzábamos, y era imposible conseguir una limonada o naranjada en el dining car, ni aun pidiéndola como remedio para mi compañera que iba con fiebre. Por el estado de guerra el Gobierno había puesto límites inexorables al consumo del azúcar, del pan y otros comestibles.
El tren anda con una rapidez a que no están acostumbrados nuestros expresos chilenos, y metiendo un ruido de fierros y sufriendo balances, vaivenes y sacudidas bruscas que hacen pensar en que se puede desarmar. Pero no hay temor: la macicez y la solidez son características de las construcciones yanquis y los trenes participan de ellas.
Después de la peregrinación por el desierto, se llega en la historia bíblica a la tierra prometida, y así fué esta vez también para nosotros, cabiéndole la merecida gloria de ser la tierra de promisión a la rica y feraz California, paraíso del Far West. A través de sus campos admirablemente cultivados hicimos el último día de viaje. Se descansa de la monotonía aplastante por que se ha pasado en los días anteriores, se respira con placer al contemplar, bajo la impresión de una temperatura agradable, esos terrenos cubiertos de bellas plantaciones, de árboles esbeltos. Carreteras magníficas cruzan en todas direcciones. Son lisas, llanas, limpias, parecen hechas de goma y por ellas se deslizan rápida y suavemente, sin trepidar, automóviles, camiones y otros carruajes. A través de una atmósfera transparente y acariciadora se dilata la vista a lo lejos, hasta llegar al límite del horizonte, cerrado por suaves colinas y montañas que hacen soñar con paisajes del valle central de Chile.
Llegamos a San Francisco muy cerca de la media noche.