CAPITULO III
EN CALIFORNIA

En San Francisco.—Una tragedia amorosa.—¿Libertad o sumision?—La influenza.—Los «christian science».—La bahía y la ciudad.—Golden Gate.—Berkeley.—Ciudad universitaria.—Pruebas de honradez.—La mujer americana.—La firma del armisticio.—Thanksgiving day.—Año Nuevo.—En dos escuelas de Oakland.—La democracia americana.—Un gran filósofo.—Sencillez y bonhomía.

Llegamos a San Francisco, enfermos de la tristemente famosa influenza española, que venía a continuar en Estados Unidos los estragos que había hecho en Europa. Mi mujer, nuestra amiga la señorita S. y yo, caímos a la cama.

Este hecho baladí, porque no sufrimos mucho, y no nos morimos, y que bien podía ser calificado así aunque hubieran ocurrido estas cosas, ha constituído un recuerdo muy agradable y está ligado a un sentimiento de gratitud hacia los norte-americanos.

Tuvimos la suerte de que no nos exigieran la ida a un hospital y de que nos admitieran en el hotel a donde llegamos.

¿Cómo no evocar con cariño el recuerdo de esos días de principios de otoño pasados en la paz de un hotel confortable en cuyas piezas, a pesar de todo el mundo que se mueve afuera, no se siente el menor ruido? Nuestro despertar por las mañanas era recibir al mismo tiempo las caricias de una luz suave y del aire fresco que entraba por la ventana abierta al patio, y el placer de mirar a la nurse que nos atendía. Bella y simpática, esbelta y rubia era el tipo perfecto de una norte-americana. Con su gorrito blanco bien aplanchado y su delantal también blanco, despedía su persona un perfume de nitidez y limpieza que atraía. Dos veces al día nos iba a ver un doctor que nos habían recomendado en el hotel y que debíamos aceptar porque no podíamos hacer otra cosa. Se llamaba el doctor Castle. No tuvimos más que felicitarnos de haber caído en sus manos. ¡Qué hombre más amable, más bueno y más eficaz para sanarnos! Charlaba con nosotros como un viejo amigo y nos llevó a su señora para que nos conociéramos, una dama hermosa y distinguida, ilustrada y graduada en dos universidades importantes. Después de ocho días nos dió de alta y no pudimos conseguir que nos cobrara absolutamente nada por sus delicadísimas atenciones.

En estos días se comentó mucho en San Francisco y causó gran sensación, un idilio amoroso que tuvo un fin trágico. Me lo refirió el doctor y ví en los diarios el retrato de la heroína. Los protagonistas eran del Este, una bella y rica heredera y un joven de alta posición social. Dando pruebas de un espíritu libérrimo que no respeta nada fuera de los dictados de la pasión, ni tradiciones ni leyes, ni preceptos religiosos, ni miramientos sociales, resolvieron amarse en la soledad, lejos de las hipocresías mundanas, consagrados por completo el uno al otro. La estación era propicia para el proyecto. Se fueron a principios del verano a una montaña solitaria del Oeste y llevaron durante tres meses una vida deliciosa de simplicidad, de admiración de la naturaleza y de adoración mutua. Era una renovación encantadora de los idilios de amor y libertad de tiempos románticos y primitivos idealizados por la leyenda. Su nido lo habían formado en una sencilla tienda de campaña o dormían al aire libre, bajo el manto de las estrellas. Se levantaban con el sol, despertados por el canto de las aves silvestres; sus comidas eran frugales y las horas pasaban dulcemente, no contadas por corazones que gozaban de la dicha suprema de un amor completo y satisfecho. Pero llegaron las rachas frías del otoño y tuvieron que descender de las alturas a hospedarse en el hotel de una ciudad vecina. A los pocos días el joven dijo que se veía obligado a hacer un viaje por motivos de negocios y que regresaría antes de cuarenta y ocho horas. Pasó el tiempo y no volvió. Ella comprendió que el corazón de su amante había cambiado y vió roto para siempre el sueño de su vida. Criatura apasionada, de integridad de una pieza, que con la más absoluta sinceridad había hecho de su amor el único fin de su existencia, se dispuso a una resolución extrema. ¿Iría a acusar a su amante ante los tribunales en la seguridad de que sería condenado, dado lo favorables que son para la mujer las leyes norte-americanas? Ah! no; su corazón no ganaría nada con eso. Le escribió al infiel una carta conmovedora en que le decía que consideraría una traición a lo más caro de sí misma avenirse a la nueva existencia de desilusión que veía por delante, y que estaba segura de que el recuerdo de ella lo acompañaría siempre. Hecho esto, se envenenó.

Oí con pesar esta triste historia y me quedé pensando que podía ser tomada por algunos como argumento para condenar una educación cuyo ideal es dar una personalidad libre a la mujer. Cómo declamarían en contra del exceso de libertad y preconizarían las saludables ventajas de la disciplina que mantiene sujetas a las mujeres. Pero, en verdad, un caso excepcional no es por sí solo un argumento; y, además, es preferible la libertad con sus riesgos a la seguridad que resulta de la sumisión y falta de iniciativas.

La heroína de este idilio trágico había hecho sin duda suya la divisa del héroe de La Comedia del amor, de Ibsen: