«Y aunque así naufrague mi navío
Prefiero navegar a gusto mío».
Nosotros habíamos sido de las primeras víctimas de la influenza. El flagelo tomó en los tres meses siguientes proporciones alarmantes, tanto en California como en el resto del país. Los médicos no daban abasto, no había lugar en los hospitales y faltaban enfermeras. Según decían los diarios, la epidemia causaba más muertes que la guerra. Las autoridades tomaron las medidas más enérgicas para combatir el mal. He leído que en Nueva York se imponía una multa de quinientos dólares a toda persona que al tiempo de estornudar o de toser no se llevara el pañuelo a la cara. En San Francisco toda persona que tosa o estornude es expulsada del teatro o del lugar de reunión pública donde se encuentre.
En esta ciudad y en todas las de la bahía de San Francisco se hizo obligatorio, bajo multa de cinco a diez dólares, llevar en la cara una especie de bozal o antifaz de tela para cubrir la boca y las narices. Al principio el espectáculo que ofrecía la gente parecía cómico y carnavalesco; pero luego, con la costumbre, no llamaba la atención ver en un teatro a toda la concurrencia con bozal, y verla de igual manera en una conferencia, con el agregado de que el conferencista para poder hablar se dejaba colgando de una oreja el antifaz. Al contrario, cosas del hábito y de la imitación, el que andaba sin ese aditamento se encontraba raro.
Fué, sin embargo, una medida muy discutida porque muchos ponían en duda su eficacia. En el comité de salud pública hubo acalorados debates sobre el particular, y especialmente los adeptos de la Christian Science la atacaron ardientemente. Los partidarios de esta doctrina sostienen algunas ideas muy convenientes por su acción sugestiva para la cultura espiritual y moral; pero que, exageradas, conducen a absurdos. Ellos afirman que cuanto ocurre en nosotros es de orden mental y que todo es posible arreglarlo en la vida como por ensalmo con sólo pensar bien. Pero de esta proposición, que se puede aceptar como un saludable resorte interior, pasan a defender que aun para librarse de las enfermedades, lo esencial es pensar bien y no tener miedo. De aquí que consideraran a los antifaces no sólo inútiles, sino perjudiciales. Un médico les contestó que no podía creer que el miedo fuera la causa de la influenza, ni que tuviera el poder de engendrar un microbio cuyo germen no existiera. «Nuestros soldados, agregó, que no han temido a los submarinos ni a las balas del Kaiser, han contraído, sin embargo, la influenza y han muerto por millares a causa de ella».
Con todo, el uso del antifaz se mantuvo en vigor hasta año nuevo, y dió en general buenos resultados.
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La espléndida bahía de San Francisco es más bien un lago alargado de norte a sur y comunicado con el Océano Pacífico por un estrecho canal, que da con toda simetría a la parte media del lago, y se llama Golden Gate (Puerta de Oro). El lago queda así cerrado por el lado del mar por dos penínsulas irregulares, y en el extremo de la meridional se levanta San Francisco.
Esta es una pintoresca ciudad construída sobre colinas, y el hotel en que nos alojábamos se halla en una de las más altas. ¡Qué magnífico panorama se divisa desde su azotea! El hermoso azul del mar se ofrece por tres lados: por el oeste en el Pacífico, cuyas aguas se extienden sin límite hasta confundirse con las nieblas del horizonte; por el norte en el Golden Gate, estrechamente encerrado entre orillas de colinas altas; y por el este en la amplia bahía, cuyas costas orientales se alcanzan a columbrar perfectamente. Aquí se levantan las importantes ciudades de Oakland, Berkeley y Richmond, comunicadas con San Francisco por un tráfico continuo de inmensos ferryboats que parecen enormes casas flotantes con dos chimeneas en el medio.
San Francisco es por sus colinas la ciudad de las montañas rusas naturales. No es posible andar dos cuadras sin subir y bajar, salvo en algunas grandes avenidas del barrio comercial. Por esta disposición del terreno, algunas calles se continúan a través de largos túneles, y muchas veces corre al mismo tiempo sobre el túnel otra empinada calle. En el barrio comercial, los rasca-cielos dominan como inmensos falansterios de forma cúbica. Las líneas de los techos y de los ángulos, las divisorias de sus quince y veinte pisos, y las que forman las innumerables hileras de ventanas, se cortan y se alargan todas en perspectivas rectas y uniformes. Algunos se levantan, sin embargo, como torres gigantescas coronadas de cúpulas hermosas. Otros edificios, principalmente algunos Bancos y el del Palacio del Tesoro, ostentan bellas fachadas de columnas, de una arquitectura sencilla y majestuosa, con reminiscencias de estilos griegos.
Casi en el extremo de la sección comercial, pero siempre en una parte muy central e importante de la ciudad, se encuentra Chinatown, el barrio chino. Aquí torres de cúpulas doradas y techos de puntas arqueadas interrumpen la uniformidad de la edificación. Chinatown de San Francisco no ha gozado de la fama siniestra de su hermana de Nueva York, donde hasta hace poco menos de diez años no era posible entrar aún de día sin peligro de ser asesinado.