En la parte occidental de la ciudad no se encuentran rasca-cielos: es de residencias, con casas de dos o tres pisos, elegantes, bellas, pintorescas, y rodeadas de jardines. Por este lado se va al hermoso parque de San Francisco, que lleva el mismo nombre del canal de entrada, Golden Gate, y llega hasta el mar. Aquí se encuentra el principal museo de San Francisco. Sus jardines se hallan adornados con magníficas estatuas. Las hay de Cervantes, de Goethe, de Schiller y de una cantidad de personajes americanos. Lo visitamos en un hermoso día de otoño. En las avenidas, de un color negruzco, se cruzaban en todas direcciones los autos y jinetes de ambos sexos. Las amazonas llevaban pantalones y cabalgaban como hombres. Mujeres, niños y hombres de todas edades tomaban el sol sentados en los bancos de los bordes de los caminos o tendidos en el césped. Nuestro auto tuvo que correr bastante antes de llegar al mar. En la playa espaciosa de arenas blanquecinas se nos ofreció el mismo espectáculo de la gente que disfrutaba de las caricias del sol y del aire, acompañados esta vez por la música imponente del océano.

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Para conocer de cerca la Universidad de California, que era uno de los principales objetos de nuestro viaje, nos trasladamos a Berkeley, el pueblo del lado oriental de la bahía, que hemos mencionado ya. De ésta y de otras importantes universidades norte-americanas he de hablar en un librito especial. Por consiguiente, en estas líneas me limitaré a consignar algunos recuerdos y observaciones que no encontrarían un lugar adecuado en dicho estudio.

Berkeley es ante todo una ciudad universitaria. Su amor y su orgullo se cifran en la Universidad, y ésta constituye el principal motivo de su importancia y su centro de vida. Es una ciudad de clima suave, de chalets y de jardines. En medio de un dilatado parque de terreno graciosamente ondulado se alzan los edificios universitarios, y en el centro de ellos se levanta el campanil de la Universidad, alto y hermoso, como un obelisco blanco, dominando al pueblo todo, a las ciudades vecinas y a la bahía entera, como una enseña de cultura e idealismo.

En esta ciudad, fuera de algunos cinematógrafos, no hay teatros ni cabarets, y no se puede tomar ninguna bebida alcohólica. Los aficionados a estos placeres tienen que ir a satisfacerlos a San Francisco o a Oakland, que se encuentran a media hora de distancia. La gente de Berkeley es de costumbres sencillas. El ambiente universitario penetra en todas partes, y, por lo general, en cada persona hay algo de un buen estudiante. Las lecturas, las conferencias que se dan en la Universidad y algunos conciertos, son los principales entretenimientos. Se lleva también mucha vida al aire libre. Se juega tennis, golf, y los hermosos alrededores de la ciudad se prestan para hacer agradables excursiones a pie y en automóvil. Como casi todo el mundo tiene automóvil, es uno de los placeres favoritos de esta gente recorrer a todas horas las calles y avenidas perfectamente pavimentadas de la ciudad.

Pruebas de la honradez general saltan a la vista en todas partes. Las puertas y ventanas de los almacenes y tiendas no tienen cortinas de hierro, y durante la noche quedan con los vidrios descubiertos sin ningún cuidado. Los jardines que rodean a las casas no están cerrados por rejas, y nadie se roba ni las plantas ni las flores. En los buzones de correo, que existen en formas de pilastras en casi todas las esquinas, no caben a menudo encomiendas relativamente grandes; y los remitentes las dejan con toda tranquilidad afuera para que el cartero las recoja al pasar por ahí. Muchas veces son depositadas en la noche para que sean tomadas a primera hora de la mañana siguiente, y ninguna se pierde. Nadie se aprovecha de la soledad y de la sombras nocturnas para llevar a cabo un hurto que quedaría seguramente impune. Los lecheros dejan la leche por las mañanas en pequeñas botellas al lado de afuera de las puertas de las casas. Nadie se roba ni se toma la leche.

Casi todas las personas con quienes hemos tenido que tratar, nos han parecido buenas, amables, francas y serviciales. En los matrimonios hemos observado unión, cordialidad y bastante consideración mutua. Es un hecho aceptado, sí, que la mujer es la que manda; y los hombres lo reconocen con una sonrisita de resignación. Los maridos gastan con sus mujeres ciertas cortesías muy delicadas. Jamás se sientan ellos primero a la mesa. Se ponen ante todo de pie detrás de la silla de la señora, la retiran por el respaldo cuando esta llega, y una vez que se ha sentado y la han acomodado, van a ocupar su lugar. Fineza análoga gastan al terminar la comida: se levantan primero y se ponen detrás de ella para mover la silla oportunamente, a fin de que la señora se moleste lo menos posible.

Berkeley recostada en su nido de verdura, bajo el espléndido sol californiano, tiene casi siempre un aspecto primaveral y sonriente. ¡Y qué bien encuadran dentro de este marco las muchachas estudiantes, que son uno de los encantos característicos del pueblo! Bajan por bandadas de las colinas universitarias, y alegran las calles con sus trajes claros, ligeros, que dibujan sus formas jóvenes de Dianas. En sus cuerpos y en sus rostros hay belleza o, por lo menos, las muestras de una complexión fresca y de vida sana.

Existe entre nosotros la creencia de que la mujer de raza inglesa es desgarbada y sin gracia. No sé lo que haya de cierto en cuanto a las inglesas de Inglaterra, aunque me imagino que esa idea no ha de pasar de ser una creencia infundada, una preocupación. Mas, por lo que respecta a las americanas, tal idea es absolutamente falsa. Es verdad que éstas sólo en parte son de raza inglesa. Las americanas son elegantes, finas, amables, muy a menudo hermosas y tienen bastante de lo que nosotros llamaríamos coquetería femenina, sin que esto se halle reñido con el carácter e individualidad de que saben dar pruebas.

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