En Octubre[4] empezaron a llegar las noticias de las negociaciones iniciadas para poner término a la guerra. La gente, escéptica al principio, entró luego a esperar con ansiedad el anuncio de la paz. Corrió un día la nueva de que el deseado suceso se había verificado, y hubo gran alboroto en la ciudad; pero luego se supo que había sido un falso rumor, y vuelta a esperar! En Nueva York fué tal el entusiasmo producido por esta falsa noticia, que la Municipalidad tuvo que gastar ochenta mil dólares en limpiar las calles de todos los papeles que se habían arrojado en medio del delirio general.
Por fin sonó la gran hora. El 11 de Noviembre fuimos despertados a la una de la mañana por una fuerte detonación seguida de pertinaces silbidos de locomotoras. Era el anuncio de la firma del armisticio. Luego se sintieron los ruidos que hacía la gente que se levantaba, gritos y cantos en las calles y el estrépito de las bocinas de los autos y de las campanas de los carros bomberiles que parecían correr como seres conscientes enloquecidos por el júbilo.
Cuando el ruido pasó, y volvió el silencio, se dejaron oir como una lluvia argentina en la tranquilidad de la noche las campanas de la gran torre de la Universidad, que venían con su armonía insuperable a dar el conocimiento del fausto suceso de una manera digna de él. ¡Oh momento inefable, oh música divina despertadora de las más puras emociones, oh encanto, oh dulzura! Eran sonidos suaves, tristes y regocijados al mismo tiempo, como sientan a una alegría espiritual. El campanil parecía encerrar el alma de la Humanidad, que sonreía ante una nueva aurora, pero no podía olvidar por completo cuánto había sufrido hasta ese instante, el alma de una madre que, celebrando el advenimiento de la paz, sintiera su corazón herido por el recuerdo de los hijos muertos en la guerra. De las animadas campanas volaban las notas de los himnos de las naciones aliadas. Al fin se oyó la Marsellesa; y por efecto de sus acordes parecía que bajo las estrellas palpitaran en el aire efluvios de heroísmo, y el alma, agitada con escalofríos de emoción, se sumía en una onda de regocijo, de esperanza, de gratitud y de aspiraciones nobles.
En la tarde fuimos a San Francisco.
La gran ciudad estaba loca de alegría en pleno carnaval. Su gigantesca arteria, la Market Street, donde corren tres líneas de carros en el medio y hay anchas calzadas a ambos lados, rebosaba de automóviles, camiones y toda clase de carruajes. Las aceras, amplias, como de bulevares, se hacían estrechas para contener una muchedumbre que se estrujaba para avanzar con dificultad de un lado a otro. Una bulla ensordecedora partía de cada punto y venía de todas partes de la avalancha humana: el estrépito estaba en la atmósfera como si fuera algo propio de ella. A las campanas de los tranvías y bocinazos roncos de los autos, se unía la música más estrafalaria, si es que música puede llamarse, producida con cuanto objeto sonoro se había encontrado a la mano. A los autos, carruajes y bicicletas se habían atado tarros, cacerolas, fuentes de lata y cucharones, que iban danzando con alegría estruendosa en el cortejo triunfal. Carros con altísimas escaleras de los que se usan para componer los alambres de la tracción eléctrica, habían sido sacados y marchaban formando una pirámide humana de niñas y de jóvenes. Clowns pintados de negro y rojo, llevando chisteras inverosímiles, poco más grandes que una taza de café, conducían, con pachorra imperturbable, carretelas atestadas de gente, que vociferaba a todos lados. En una jaula, como las que usan en los circos para guardar fieras, se paseaba ante la muchedumbre una efigie del Kaiser; y, por otro lado, en un desvencijado, pero auténtico carro mortuorio, iba un monigote que representaba el cadáver del ex-emperador alemán, que se llevaba a enterrar. En las aceras todo el mundo agitaba cencerros y campanillas, arrastraba tarros, y tocaba pitos, cornetas o matracas. Raro era el que no llevaba banderitas americanas o de las naciones aliadas. Muchos ostentaban en la cabeza, en lugar de sombrero, gorros de papel con los colores nacionales. Tanto los hombres como las mujeres hacían cosquillas a los que pasaban a su lado, metiéndoles plumeros de papel por los ojos, las narices y el cuello. Había que aceptar cualquiera broma como en carnaval. Serpentinas y confetis se lanzaban en lluvia incesante.
La corriente humana, que había empezado al amanecer, no cesó en todo el día, y siguió en la noche bajo las iluminaciones espléndidas de las avenidas. En Market Street y en las calles vecinas el derroche de luz por sí solo era una fiesta: los altos faroles de tres focos se extendían en líneas interminables; los avisos en luces de colores y perpetuo movimiento, parecían una combinación fantástica en que jugasen las estrellas con las más ricas pedrerías; las torres gigantescas estaban convertidas en pirámides de luz, y las torres chinas diseñaban también con luz sus curvas mitológicas vueltas hacia el cielo.
Los restoranes se hallaban repletos. La gente ocupaba toda la acera, haciendo cola para entrar a ellos y comer en un lugar donde continuara el regocijo general. En estas condiciones tratamos de penetrar en tres distintas partes y no lo conseguimos. Por fin, a la cuarta tentativa, logramos abrirnos paso; pero era tal la apretura, que temimos dejar entre la muchedumbre el sobretodo y los botones de la ropa y que el vidrio del reloj quedara hecho harina. En el inmenso comedor a que penetramos no había orquesta. Por lo demás, en el barullo reinante no habría sido posible oirla. No se podía hablar ni con las personas que estaban al lado de uno. En todas las mesas se gritaba y se las hacía casi bailar golpeándolas con las manos. Otros hacían sonar los platos, las tazas y las copas con las cucharas, tenedores y cuchillos. Otros hacían girar matracas en el aire. Era una sala de locos que a uno lo contagiaba y lo hacía entrar a meter bulla como los demás; pero era de perder la cabeza.
Hay que reconocer que el pueblo norte-americano da muestras en sus manifestaciones de regocijo de un temperamento vigorosamente alegre y lleno de vitalidad, pero no de aficciones musicales. La alegría popular se traduce en bulla ensordecedora, mas no se encuentran aquí las partidas acompasadas formadas por dos o tres parejas, o por hombres solos que, al són de un acordeón o de varios instrumentos, alegran en el carnaval las calles de París y Colonia, bailando y cantando armónicamente.
El regocijo de los americanos era justificadísimo. Habían contribuido de una manera tan decisiva a la victoria. Habían dado la sangre de sus hijos y todo el dinero que se les había pedido. Sólo para el cuarto empréstito de la libertad, San Francisco contribuyó con ciento ocho millones de dólares, reunidos en menos de quince días. Los diarios proclamaban la importancia inmensa de la victoria, declaraban con orgullo que no hay título más glorioso hoy día que el de ciudadano norte-americano, e insistían en que los Estados Unidos fueron a la guerra sólo como porta-estandarte de dos grandes ideales de la humanidad: el triunfo de la democracia y la organización de la Sociedad de las Naciones.
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