En el mismo mes de Noviembre cae una fiesta muy popular en los Estados Unidos. Es el Día de Gracias (Thanksgiving day), establecido por los puritanos en el siglo XVII a poco de haber desembarcado en Nueva Inglaterra, fijado por el Presidente Lincoln para el cuarto Jueves del mes nombrado y confirmado de nuevo en esta misma fecha por todos los presidentes que han venido después. La firma del armisticio constituía una circunstancia extraordinaria que venía a prestar relieve a la acción de gracias el año pasado. Como la Pascua, es una fiesta religiosa y del hogar. En este país, a semejanza de lo que pasa en los pueblos del norte de Europa, la Pascua es una festividad íntima en que la familia pasa la noche congregada al rededor del árbol tradicional, resplandeciente de lucecitas de colores y cargado de juguetes para los chicos y de otros obsequios para los grandes. En el Thanksgiving day no hay árbol. Su número característico es una comida especial que congrega a la familia y a los amigos de la casa alrededor de una mesa en que lo esencial es que no falte pavo. Ah! el pavo de Thanksgiving day! Me imagino que los norteamericanos gozan de bastante holgura para que casi la totalidad de las familias puedan cumplir con este sagrado y agradable rito. Y no puedo pensar otra cosa a juzgar por el aspecto que presenta el comercio en las vísperas de la fiesta. Los mostradores y vidrieras de los almacenes de comestibles se ven atestados de los sabrosos bípedos ya desplumados y que han sido sacrificados por millares a fin de regocijar a los hombres en el día escogido para dar gracias a Dios.
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La celebración del Año Nuevo, en cambio, es, como si dijéramos, fiesta de la calle. Esta fecha forma un solo ciclo con la Pascua, en el cual es de rigor hacer regalos a los miembros de la familia y a los amigos, o enviar a éstos por lo menos tarjetas. En los días anteriores no es fácil adquirir algo en los grandes almacenes porque se ven invadidos por un mar de gente ansiosa de hacer sus últimas compras de obsequios. Los buzones de correos presentan un aspecto curioso. No han cabido en su interior la inmensidad de tarjetas que se despachan a última hora y menos aun las encomiendas. Dejadas afuera por los remitentes, forman un desparramado montón al aire libre, sobre la columna del buzón, como un líquido espumoso desbordado de la botella, y esperan, sin que haya temor de que se pierdan, hasta que el cartero pase a recogerlas.
Lo propio del Año Nuevo en San Francisco es que se celebra siempre como lo fué el día del armisticio. El mismo carnaval bullicioso y turbulento en las calles, en los restoranes, en los hoteles y en los teatros. Para poder comer ese día en los principales restoranes es menester pedir las mesas con una semana de anticipación y pagar primas por ellas. Con gran dificultad conseguimos instalarnos en uno de los más renombrados. Eramos cinco comensales, todos chilenos. Estaban con nosotros una distinguida y hábil escritora, y un ex-ministro de Estado, joven político, inteligente y simpático. En la mesa, fuera de platos, saleros y otros adminículos, hay largos pitos de cartón y pequeños martillos de madera para que cada cual meta ruido y coopere a la bulla general. Hay también bonetes de papel de colores chillones a fin de que todos tomemos un aspecto carnavalesco. La sala era una casa de locos en que los acordes de la orquesta apenas se percibían en medio del bullicio. Sentadas a las mesas había damas ampliamente escotadas y jóvenes de smoking, todos con gorros de papel. No faltaban tampoco damas y señores de más de sesenta años que sobre su cabellera cana se habían plantado el bonete de la alegría. Entre plato y plato las parejas salían a bailar como podían, apretándose unas con otras y riéndose. Nosotros tocábamos también nuestros pitos para no ser menos, pero no nos habíamos puesto los sombreros de papel. Entonces una simpática chinita vestida de seda celeste vino quedamente por detrás y al ex-Ministro le puso un bonete rojo y a mi uno verde y así quedamos hasta el fin de la comida divirtiéndonos con la batahola universal y con nuestras ridículas fachas.
Los norte-americanos gastan en sus alegrías una sans façon y bonhomía a que los sudamericanos no estamos acostumbrados. Somos más graves y a veces hasta campanudos. En cierta ocasión oí a una señora chilena censurar a un embajador sud-americano, diciendo que no guardaba el decoro que correspondía a su alto cargo.
—Calcule usted, observaba la señora, que ese embajador se puso en la noche de Año Nuevo en el más elegante restorán de Washington un gorro de papel. Era ridículo, impropio, chocante.
—Todo dependería, señora, le contesté, de cómo estaban los demás embajadores y personajes que debía haber habido en el mismo lugar, porque si ellos llevaban también el cómico bonete, no tenía nada de particular.
A esta observación la señora no contestó nada, indicio más que probable de que la falta que ella censuraba había sido general.
Después de comida nos fuimos a otro hotel donde íbamos a reunirnos con más chilenos y entre ellos una distinguida familia compuesta de la madre y dos niñas encantadoras. A la hora de la cena, nos sentamos alrededor de una mesa redonda arreglada con sencillez y buen gusto. De todas las mesas se lanzaban serpentinas. Nosotros entramos en la batalla con un entusiasmo que no decayó un minuto, de tal suerte que al poco rato nuestras copas y cubiertos apenas se veían; eran náufragos en el mar de papelitos que lo cubrían todo. A las doce aumentó la algazara con el himno nacional, los abrazos y las felicitaciones. Pero este fué un instante muy breve, y la sala quedó por completo a obscuras por dos o tres minutos, seguramente con el propósito de que las parejas jóvenes se hicieran los votos de felicidad de una manera más íntima. Me imagino que nuestra mesa fué una de las pocas en que no se sacó ningún provecho de la obscuridad.
Por fin, bailamos hasta las dos de la madrugada. Habíamos pasado el más alegre Año Nuevo de que teníamos recuerdo.