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Entre los profesores que conocí en la Universidad hay un filósofo que puede ser considerado como el compendio en las regiones de la alta cultura de las cualidades de la democracia americana. Me refiero a Juan Dewey, de la Universidad de Columbia, que había sido invitado por la de California a hacer un curso extraordinario de seis meses. Después de la muerte de William James y de Josiah Royce, pasa Dewey por ser el primer filósofo norte-americano de la época actual. Goza además de una inmensa autoridad como autor de obras pedagógicas fundamentales, entre las cuales podemos citar «Democracia y Educación»[6]. No es naturalmente una personalidad popular. Los filósofos nunca lo son, y en este país, como en todas partes, el aura del renombre callejero, está reservado para los archimillonarios y los grandes políticos.

Dewey es una persona sin la menor pose y de una bondad encantadora, que se transparenta en sus ojos claros, en sus palabras y en sus ademanes. Su sencillez por lo que respecta a su indumentaria, raya a veces en el descuido.

Para que charláramos sin perder tiempo, me invitó a tomar el lunch un día en el Club Universitario. Hablamos de educación, de filosofía y de arte.

—Me parece que uno de los fines principales de las universidades es, me dijo, la formación de una dirección intelectual para la democracia, cuidando al mismo tiempo de mantener viva en las masas del pueblo la idea de que la educación superior se halla enteramente abierta para ellas, de manera que puedan aspirar a los más altos rangos en la vida social. De esta suerte se estimulan el esfuerzo personal y la ambición, y se evita la formación de castas sociales. Nuestras universidades son más instituciones sociales que intelectuales. Ellas promueven el compañerismo y estrechan asociaciones entre sus miembros, y, aunque la riqueza y el nacimiento no dejan de ejercer influencia, los más de los colleges se vanaglorian de funcionar sobre una base democrática y de apreciar ante todo el mérito y el valor personal.

—Se me hace, le expuse, que en este país predominan mucho los valores económicos, éticos y sociales sobre los artísticos pongo por caso. Sin perjuicio de que ya se noten manifestaciones de que la arquitectura y la escultura empiezan a ser cultivadas con brillo aquí. Probablemente éstas van a ser las bellas artes americanas por excelencia.

—Pienso, más o menos, lo mismo, repuso Dewey.

Luego entró a hablar sobre las principales escuelas filosóficas de los Estados Unidos y dijo que se podían distinguir tres: la pragmatista, la idealista y la neo-realista. El mismo es un pragmatista, aunque no a la manera exagerada de William James.

—Me parece, observé, que a pesar de todas las diferencias de nombres con que designan sus teorías, ha habido una tendencia común en los pensadores norteamericanos. No han perdido de vista el fin práctico: todos son algo pragmatistas. Emerson era un moralista; James sacrificó la filosofía a la moral, y usted mismo, por lo que sé de usted y le he oído en sus conferencias, es un idealista social. El idealismo social se me presenta como uno de los resortes fundamentales del alma americana, doctrina que el sociólogo Lester F. Ward designaba con el término de meliorismo.

Corroborando lo que yo acababa de decir, agregó Dewey que las lucubraciones metafísicas ocupaban en efecto muy poco lugar en las orientaciones de pensamiento americano.