Me despedí del filósofo y he conservado una impresión indeleble de su espíritu claro, puro y sinceramente bueno.
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Para que se vea que la sencillez no es una virtud rara entre los profesores norte-americanos, voy a contar un caso que me ocurrió en el mismo club universitario. Prueba además que estos profesores, aunque no sean catedráticos de ramos filosóficos, poseen la mejor de las filosofías, la sabia filosofía de tomar acertadamente las cosas de la vida. Fué en un lunch a que me había invitado el Decano del Colegio de Ciencias y Letras, en compañía de tres profesores más.
Los norte-americanos son por lo general sobrios en sus comidas y muy pacientes con la servidumbre. Esta virtud se ha acentuado aún con la guerra. Jamás se oyen en los restoranes palmadas o gritos para llamar a los mozos. Es costumbre servir todas las cosas que se han pedido de una sola vez y traen juntos los guisos con los postres y el té o el café, de manera que hay que resignarse a tomar algo frío, que es lo que ocurre casi siempre con las bebidas finales.
Las invitaciones se llevan a cabo también en condiciones de notable frugalidad, que es más acentuada aún en los círculos docentes. Nada extraordinario se agrega en honor del invitado; se le ofrece la lista corriente. Se invita por sociabilidad para aprender algo más, para oir cosas nuevas y para decirlas; no a hartarse de comida o a paladear guisos exquisitos y bebidas refinadas. Los mozos se hallan tan acostumbrados a esta manera de ser que en los restoranes jamás preguntan. «¿Qué vino desea usted?», sino que para empezar sirven una copa de agua.
Sentados alrededor de la mesa, tomó el Decano la lista y me fué preguntando lo que deseaba comer para ordenarlo. En cada sección de la lista hay diferentes cosas entre las que se puede elegir.
—¿Qué quiere, me dijo, ternera, cerdo o salmón?
—Salmón, le contesté.
—¿Pie (especie de empanada de frutas), uvas o budín?
—Uvas.