Y la primera de las verdades es que en los Estados Unidos impera por lo común la más perfecta ignorancia sobre nuestros países.

—¿Qué cantidad de indios bravos tienen ustedes en su territorio? me preguntaba un profesor de un colegio de California.

—No, señor, tuve que contestarle, no hay indios bravos entre nosotros... ni negros[9]. Fuera de unos pocos miles de indios más o menos civilizados, el núcleo de la población es de raza blanca homogénea, con un pequeño tanto por ciento de mestizos.

También es cierto que desde la gran guerra ha aumentado visiblemente el interés por nuestro continente, y, en consecuencia, por el estudio del idioma español.

Conocí en San Francisco a una distinguida señora que me llamó mucho la atención. Bajo sus canas de abuela, conservaba notables rasgos de belleza y era sumamente vivaz en su trato y en sus maneras. «Mi marido, nos dijo, no reclama de mí muchos cuidados especiales; todos mis hijos están casados; así fué que de repente me encontré con que no tenía nada que hacer, y para dar un empleo a mi vida, me he puesto a estudiar español. Ustedes ven que no lo hablo tan mal. Estoy dichosa».

Luego sacó de su maletín un librito que llevaba en él y agregó:

—«Es una obra en castellano. Yo no pierdo el tiempo; y, de vuelta, en el auto o en el tranvía, me voy leyendo».

De todo el ser de la señora brotaba la más sana y contagiosa alegría, tan propia de la gente norte-americana, aunque haya llegado a una edad avanzada.

Esta señora estudiaba castellano sin duda por deporte. Unos pocos se dedican a él teniendo en vista el profesorado o el amor a las letras; pero los más lo hacen con el propósito de entregarse a los negocios en el continente meridional.

En casi todas las universidades que visité había cursos de español y en algunas eran bastante numerosos, como por ejemplo en la de California, que contaba con más de trescientos alumnos.