En esta Universidad y en la de Cornell he visto reunirse fácilmente audiencias de más de doscientos estudiantes, y otras personas capaces de seguir y entender perfectamente conferencias en español. También las alumnas del curso superior del Colegio de Wellesley dieron pruebas de poseer la preparación suficiente para entender un discurso que se les pronunció sobre cosas de Chile. El profesor F. B. Luquiens, de la Universidad de Yale, está empeñado en enseñar el castellano siguiendo más bien las formas del idioma hispanoamericano y no las del peninsular propiamente dicho. Busca para esto como base los libros y las revistas sudamericanas.
En las escuelas secundarias de Nueva York, el idioma extranjero que más se cultiva es el español. Hay 25,000 estudiantes que siguen esta lengua, mientras el francés cuenta sólo con 20,000, el latín con 15,000 y el alemán con 3,000.
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Es claro que no puede haber unanimidad de pareceres para juzgarnos entre los que se han ocupado de nosotros. No han faltado quienes se hayan expresado en términos encomiásticos sobre algunos países de la América Latina, como Rowe, Elihu Root y Roosevelt. Otros han distinguido muy acertadamente entre las naciones del sur del continente y las de los trópicos. Así Eduardo Ross, al afirmar que los pueblos sudamericanos padecen de anemia cerebral, a causa de la obsesión sexual que los domina, tiene el cuidado de agregar que se exceptúan de esta falla orgánica Chile, la Argentina, y el Uruguay[10]. Que haya encontrado por mi parte acertada la distinción entre pueblos meridionales y tropicales, no significa que acepte por completo la afirmación de Ross en lo que se refiere a las gentes tropicales.
Otros no se detienen en distinciones para juzgarnos y nos pasan a todos los hispanoamericanos por el mismo rasero. E. L. Bogart, con motivo de entrar a tratar del desarrollo económico de los Estados Unidos, dice: «Sólo cuando los dones de la naturaleza son abundantes e inteligentemente utilizados por el hombre, puede una nación llegar al más alto grado de fuerza y de prosperidad. La existencia por sí sola de grandes tesoros naturales no ha sido bastante para lograr el desarrollo de una raza débil y amante de la comodidad como los latinoamericanos»...[11].
El profesor William R. Shepherd de la Universidad de Columbia, ha publicado un estudio sobre la psicología de los latinoamericanos, en que los rasgos con que quedamos pintados no son más halagadores que los anteriores[12].
«Los principales aspectos en que la psicología del latinoamericano, dice Shepherd, difiere de la nuestra, son su egoísmo, impulsividad e inmoralidad». Hace el autor algunas sutiles disquisiciones para dar a entender que estos términos no deben ser tomados al pie de la letra sino, como si dijéramos, en un sentido menos amargo; pero lo cierto del caso es que no encuentra otras expresiones para las cualidades que él señala como características. «El egoísmo del latinoamericano se presenta ordinariamente en un triple culto: el de la persona, el de las formalidades y el del exclusivismo. Se atribuye a sí mismo una superioridad innata y es, en consecuencia, orgulloso, vanidoso y arrogante. Celoso de su dignidad personal en una forma ultra-aguda, exige que se la respeten absolutamente, sin atenuaciones circunstanciales. Así como en otros días en España y Portugal había el afán de ser hidalgo o fidalgo, de igual suerte el latinoamericano necesita ahora figurar como la cabeza de cualquier cosa o, por lo menos, estar seguro de que su nombre ha de aparecer en forma prominente en conexión con alguna importante empresa. Es una especie de manía o enfermedad la de tener algún puesto público. Aparte de esto, se manifiesta el impulso egoísta en un exagerado formalismo, en el rigor con que deben ser observadas las reglas de conducta oficial y social. En todo se revela el triunfo de lo artificial. De aquí proceden el bien pronunciado decoro y etiqueta, la corrección estiradísima, el ceremonial puntilloso que disuenan en países republicanos de donde monarcas y cortes, nobleza y aristocracia, fueron desterrados hace cien años. La conservación también de títulos pomposamente laudatorios para funcionarios e instituciones, de brillantes uniformes para los diplomáticos, de un complicado tren y escoltas militares para los presidentes y aun la banda de seda de colores nacionales y con el escudo patrio bordado en ella que lleva el jefe del Estado en ocasiones solemnes, son incompatibles con la simplicidad democrática. ¿Y qué decir de la costumbre de ponerse frac en pleno día para asistir a funciones oficiales»?...
Se nota la delectación con que el señor Shepherd ha hecho este cuadro en que no ha escatimado el colorido. Un norteamericano puede hacerlo porque pertenece a un pueblo que es efectivamente sencillo y poco ceremonioso; pero no es raro que caiga en exageraciones.
Veamos cómo sigue la pintura:
«Tan poderoso es el convencionalismo en la conducta social que hace virtualmente imposible toda adaptación a condiciones especiales que puedan presentarse. Sería una exageración sin duda afirmar que, mientras el norteamericano sabe mostrarse serio y revestido de dignidad en los momentos oportunos, el latinoamericano escoge precisamente para ello los más inoportunos. (El señor Shepherd ha tenido el cuidado de colocar al principio de la frase la palabra «exageración»; pero este es un recurso literario para suavizar el golpe: la afirmación queda y se corrobora con ejemplos como se verá en seguida.) Cuando entre los latinoamericanos se juntan hombres y niños, aquellos se apartan de éstos en lugar de tomar parte con sana alegría en sus juegos y deportes. No sería compatible con la respetabilidad de gente grave proceder de otra manera. Un norte-americano en un picnic se divierte; un latino-americano se aburre. Aún en un banquete, o en otra comida más o menos festiva, cuando llega el momento de los discursos, la jovialidad que ha podido reinar antes, debe ceder su lugar a una apropiada seriedad; el flujo oratorio que se va a descargar no aguanta bromas. Un extranjero se complace en salpicar su discurso con historietas interesantes; pero un latinoamericano quiere mantenerse necesariamente sólo en el plano de la grandilocuencia».