Pasemos a otro aspecto.
«Es propio de los latino-americanos rechazar todo pensamiento de cooperación y carecen, por lo mismo, de verdadera solidaridad social. En lugar de unirse a otras personas en un plan de colaboración mutua, prefieren empequeñecer lo que otros hacen. Se hallan animados de un criticismo que siempre destruye y nunca construye».
Este último rasgo es desgraciadamente a menudo muy cierto; pero luego vuelve el autor a las exageraciones y cae en una afirmación falsa en sus dos términos, tomados en conjunto, como la siguiente:
«Tan arraigada se encuentra esta inclinación a empequeñecer que da lugar a una paradoja. Visita un latino-americano a Nueva York y su actitud es la de un hipercrítico ante todo lo norte-americano. Una vez de regreso en su país entra a censurarlo y vilipendiarlo todo comparándolo con lo que dice haber visto en Norte América».
Criterios llevados a uno o a otro extremo me ha tocado encontrar algunas veces; pero jamás me ha sido dado apreciar que una misma persona haya asumido las dos actitudes. El alma humana es tan compleja, sin embargo, que no sería imposible que se presentara el caso; pero es preceder un poco a la ligera señalar esa característica como propia de un grupo entero de naciones.
Ya hemos expresado que los latinos-americanos son impulsivos.
«Una faz de su impulsividad, dice Shepherd, la hallamos en su verbosidad. En la casa, en la calle, en los negocios, en los halls del congreso reina como soberana la locuacidad. Hacer discursos en cada ocasión y a la más leve provocación es la orden del día. Si, como ocurre muy a menudo, el discurso puede ser leído, tanto mejor porque una larga extensión y la posibilidad de variadas digresiones se encuentran asegurados de esta suerte. Lo último le encanta al latinoamericano y él lo llama pintorescamente «mariposear», es decir, pasar de un tópico a otro, como mariposa de flor en flor, sin ahondar ni detenerse por mucho tiempo en ningún tema».
«...El resultado neto del discurso es abundancia de palabras en lugar de ideas, hablar largo y tendido en vez de hablar bien y concretarse a la cuestión».
«El latino-americano es elocuente, sí; pero su elocuencia toma a menudo la forma de una retórica florida, de un derroche de brillante palabrería en que se nota la falta de originalidad. Tanto a su oratoria como a su literatura le faltan espontaneidad ingenua, naturalidad, simplicidad y concretación. Reflejan ellas más sentimentalidad que sentimiento; el pensamiento queda escondido o su ausencia disimulada en medio de la extravagancia y de la exageración lingüística y se echa de menos una verdadera facultad creadora».
¿Acaba de hablar el señor Shepherd de la exageración en el lenguaje como de un rasgo distintivo de la literatura hispano-americana? Sería de creer que él en sus viajes por los países de nuestro continente y en su trato con algunos libros sudamericanos se hubiera dejado picar por ese bicho que debe poner vidrios de aumento en los ojos ya que hemos visto no pocas manifestaciones de su influencia en el ensayo que analizamos.