No se puede negar que los juicios que pronuncia el señor Shepherd sobre la literatura latinoamericana son en gran parte exactos; pero me parecen incompletos. Se refieren exclusivamente al tropicalismo. Me imagino al señor Shepherd a este respecto, sentado en su gabinete de trabajo en Nueva York y mirando hacia el sur, para hacer sus observaciones. Escudriña y escudriña; pero, mareado por las selvas ecuatorianas, su vista no alcanzó a percibir nada más allá del trópico, donde, por lo menos la sobriedad en el lenguaje literario no es una cosa rara.

Veamos otros caracteres.

«En lugar de examinar de antemano, lenta, paciente, sistemáticamente la practicabilidad de una medida propuesta y sus posibles resultados, el latinoamericano necesita que su panacea se ensaye sobre la marcha, sea que se trate de algo que él ha leído en los libros, o que ha oído como llevado a cabo en otros países. Si esto es aplicable o no a su propio país, le importa poco. Su razonamiento es muy elemental, de la más simple analogía; se reduce a lo siguiente: si una cosa ha sido implantada con éxito en otra parte, puede serlo también entre nosotros».

«El latino-americano, de esta suerte, desea las innovaciones, pero toma a menudo como un progreso lo que es sólo un experimento. No la posibilidad de duración que permite a lo nuevo madurar y llegar a ser realmente sistemático constituyen su objetivo; los cambios producidos por una gran cantidad de proyectos que nunca se convierten en hechos realizados, son su encanto. No es extraño así que sus constituciones políticas no pasen de ser mucho papel en lugar de formar los fundamentos prácticos de sus gobiernos, y que sus instituciones sean únicamente un andamiaje, dentro del cual no se ha podido levantar todavía ningún edificio sólido».

Muy bien; pero una vez más las selvas tropicales perturbaron la vista del autor, lo absorbieron por completo y le impidieron ver la totalidad del campo que ha pretendido estudiar.

«Marcha a la par con todo esto el quijotismo de los latino-americanos, o sea la ausencia de cierta cordura que impide soltar la riendas del dominio de sí mismo. Les seduce tentar lo imposible e ignoran la desproporción que hay entre lo que uno pretende y lo que puede hacer. No van tras la ejecución de una empresa que, aunque difícil, sea realizable, sino que los enamoran lo impracticable y los espejismos de visionarios».

«Así como la impulsividad da lugar a una moción muy repentina, de igual modo el esfuerzo que produce se agota rápidamente y pronto vienen a sucederle la indiferencia y, a veces, la más positiva inercia. El apasionado entusiasmo con que el latino-americano principia cualquier cosa pronto decae. Formará sociedades, asociaciones, ligas, institutos y cuanto queráis, y tomará todos los acuerdos del caso; pero una vez publicados los nombres y retratos de los organizadores e iniciada la indispensable, aunque laboriosa y obscura obra del comité, los grandes hombres (big-men) dejan de manifestar interés y lo mismo hacen los pequeños hasta que todo el negocio se hunde en el limbo del olvido. Con poca disposición, al parecer, para toda tarea larga y difícil, regular y continua, el latino-americano vuelve entonces sus ojos al Gobierno, para que éste haga lo que debía haber sido hecho por iniciativa privada».

Desgraciadamente esto es también muy a menudo cierto.

Vamos a llegar a los últimos toques del cuadro.

«Parece que les faltan a los latinoamericanos la conciencia moral, el sentimiento de la responsabilidad personal, un claro sentido de distinción entre lo justo y lo injusto, antes que entre lo correcto y lo incorrecto, y una apreciación vigorosamente concreta de las cualidades más esenciales para la diaria tarea del progreso individual y social. Igualmente, por el lado ético de su psicología, se nota la carencia o el insuficiente desarrollo de la tenacidad en los propósitos, de voluntad indomable, de precisión y claridad en lo que se proyecta y se ejecuta y de fuerza de carácter. Así ocurre que el sentido moral en estos pueblos tiende a asumir más bien una forma artística o estética. El latino-americano prefiere, para llegar a un fin, no el más conducente y seguro de los caminos, sino el más fácil y el más bonito».