Después de este párrafo sería de pedirle al señor Shepherd que dijera qué les queda a los latino-americanos en materia de buenas cualidades.
El mismo señor Shepherd ha comprendido que tal pregunta iba a brotar necesariamente en busca de desahogo, y asume en el último momento una actitud curiosísima e ingenua. Ha comprendido que era menester calmar el escozor de tanto latigazo y no ha encontrado mejor medio que esparcir sobre los verdugones el aceite balsámico de la duda. Tras todas sus afirmaciones contundentes se convierte en una especie de Montaigne, suelta de su mano la balanza de los valores morales y sociales, y dice con toda frescura: «Si los diferentes rasgos constituyen verdaderos defectos o no, si el latino-americano posee virtudes en abundancia para compensarlos en el primer caso, si nosotros mismos tenemos tantos o más defectos de otro orden, son cuestiones que no atañen al asunto principal que se ha tenido en vista. No se trata aquí de la superioridad de los norte-americanos o de la inferioridad de los sud-americanos, sino simplemente de diferencias entre ellos».
«Sin quererlo escuché una vez en la casa en que vivía en Nueva York, una conversación que un señor sostenía por teléfono con alguien que debía de ser su confidente o amigo». «Le manifesté, decía el señor, con el tono de las más suave unción, con un tono de sacristán santurrón, que no se metiera más en mis asuntos... Ah! sí, se resistió, lloró (se trataba sin duda de una pobre mujer); pero le dí un poco de dinero y tuvo que conformarse». Y continuó el señor hablando con su voz meliflua, untuosa, satisfecho y tranquilo, como si nada grave hubiera ocurrido. Entre tanto, yo veía el drama de una infeliz criatura abandonada y el hombre que hablaba me pareció un traidor que hubiera dado una puñalada por la espalda y que se imaginaba que desaparecía el dolor causado por él, gracias a la beatitud de su palabrería calmada y falsa.
Felizmente el caso no tiene con el del señor Shepherd otra analogía que la del engaño sufrido por ambos sobre la virtud supuesta a las palabras. ¿De manera que, al fin de cuentas, resulta para el señor Shepherd que el egoísmo, la impulsividad, inmoralidad, versatilidad, falta de solidaridad social y tantas otras características por el estilo de los latino-americanos pueden ser defectos o nó? ¿Resulta que el altruismo, reflexión, moralidad, energía, constancia, fuerza de voluntad y carácter de los norte-americanos, pueden ser virtudes o nó? ¿Resulta que entre los dotados con aquellas cualidades, y los adornados con éstas no hay razones de superioridad o inferioridad, sino simplemente de diferencia?
El autor que había formulado en el curso de su estudio, proposiciones tan categóricas y mostrado una conciencia ética tan sólida, concluye por negar todos los valores. ¿Puede significar este cambio la expresión de un estado real de espíritu? Imposible. Lo que ha habido es que el señor Shepherd no se ha resignado a mantener hasta el fin el tono de su trabajo, y, en servicio del pan-americanismo, como veremos luego, ha preferido terminarlo como acaban las discusiones en un salón, con un «Ah, sí, estamos de acuerdo, todo depende del punto de vista», dicho en medio de la más plácida sonrisa de los circunstantes, sin que nadie quede convencido y para que siga la fiesta.
El señor Shepherd es un distinguido e ilustrado profesor de historia, tenido como una autoridad en la que se refiere principalmente a los pueblos del Nuevo Mundo. Es, además, una simpática persona de gentil figura, coronada por una cabeza hermosa, fuerte y prematuramente blanca. Al recorrer el estudio psicológico que acabo de analizar, no he podido representarme al autor, sin embargo, con el continente grave del catedrático y bajo la inspiración, por decirlo así, del espíritu científico y ecuanime de un Aristóteles, sino que sonriéndose bajo la influencia del demonio travieso de Aristófanes o de un sainetista cualquiera. Hay en realidad en el ensayo mucho de la burla risueña, a veces también sangrienta, de la comedia o del sainete.
Suele advertirse, además, falta de ahonde psicológico. Ha dicho el señor Shepherd que los latino-americanos se retraen de jugar con los niños porque son muy ceremoniosos y temen menoscabar su gravedad, si así lo hicieren. Me parece que la causa de ese hecho es más profunda, y por desgracia, más lamentable. La gente adulta que no juega con los niños, procede así, no por respeto a un ridículo decoro externo, sino porque ha perdido cierta sana y pura ingenuidad que le permitiría ponerse en armonía con los pequeños, porque sus espíritus estragados sufren el hábito de los placeres mundanos demasiado salpimentados y no saben encontrar goce en los movimientos sencillos de los niños.
Habiendo ido a ver al señor Shepherd, me pidió mi opinión sobre su estudio.
—Es una caricatura, no un retrato, le dije. Es como si nosotros pretendiéramos hacer una silueta de la mujer norte-americana diciendo, porque hemos visto algunas en esta facha, que es una mujer pintada y mal vestida, que goza de la compañía de un perrito que lleva de una cadena, pudiendo agregar todavía que hay veces en que suele llevar de a dos.
—La culpa la tienen ustedes mismos, amigo mío, me contestó. Todas mis informaciones las he tomado de autores sudamericanos como Bunge, Colmo, Arguedas, F. García Calderón y otros.