Pero me imagino que afortunadamente los más de los norteamericanos que se preocupan de estas cosas, no piensan como el señor Shepherd y nos ven con mejores ojos, sobre todo a las naciones meridionales de nuestro continente. De esta suerte trabajan en los Estados Unidos en pro del panamericanismo un núcleo apreciable de estadistas, de escritores y de profesores. Debo decir que en casi todos los profesores que conocí encontré los mejores sentimientos hacia los hispano-americanos. Como el pan-americanismo presenta igualmente un aspecto industrial y comercial, que no es de los de menos monta, figuran también entre sus propulsores caracterizados financieros y hombres de negocios[13].

Perturba el franco desarrollo de un verdadero pan-americanismo la propia debilidad de los pueblos hispano-americanos que engendra suspicacias respecto de la política de los Estados Unidos. Esta suspicacia, no se puede negar, ha sido a veces muy justificada de parte de las naciones del mar antillano y de algunas de los trópicos en lo que se refiere sobre todo a la actitud del partido republicano que ha manifestado por lo común tendencias imperialistas.

Para que termine la situación de inferioridad de los pueblos hispano-americanos, no bastarán el crecimiento y los progresos aislados que ellos pueden alcanzar. Es menester que se unan y den lugar a la formación del latino-americanismo, que entraría a ser un miembro poderoso del pan-americanismo, capaz de presentarse dentro de él como una entidad más o menos equivalente a la fuerza enorme que significa la gran República del Norte. Y no se diga que se oponen a la consecución de tan elevado ideal rivalidades y enconos incurables que obran entre los pueblos de este continente, porque semejante aserto puede ser verdadero sólo en lo que se refiere al momento actual o a una perspectiva de corto tiempo; pero las naciones son organismos seculares y se debe pensar en orientar las almas de estos pueblos hacia fines que las edades por venir han de llevar a cabo. Entre Francia e Inglaterra y entre Francia y España, ha habido muchísimas más odiosidades y guerras en el curso de la historia que entre Chile y el Perú, lo cual no ha obstado a que lleguen a convivir en nuestros días en una situación de sincera amistad. ¿Por qué desconfiar de que el tiempo y la sabiduría de los hombres lleguen a producir una armonía análoga o superior entre nuestras colectividades separadas hasta ahora por agrios pleitos?

La política de los demócratas de los Estados Unidos ha sido favorable al panamericanismo, por cuanto no se ha dejado llevar por fantasías imperialistas. En dos discursos pronunciados en ocasiones solemnes, uno en Mobile en Octubre de 1913, y el otro en Washington en Enero de 1916, con motivo del Segundo Congreso Científico Pan-americano, el Presidente Wilson ha hecho declaraciones importantes y tranquilizadoras sobre las pretensiones de los Estados Unidos, que no significarían ninguna amenaza para la integridad territorial e independencia de las naciones latinas del Nuevo Mundo.

Pero de todas maneras, si éstas no se unen y no elevan de este modo su poder e importancia, sería de temer que el pan-americanismo no fuera nada más que una asociación formada por una gran nación rodeada de una clientela de pequeños estados.

No vendría sino a confirmar este temor la actitud de rechazo del tratado de paz asumida por la mayoría del Senado norteamericano, entre otras razones, por una celosa defensa de la doctrina Monroe.

Es sabido que en el tiempo en que fué formulada por el Presidente que le dió su nombre, vino esta doctrina a satisfacer una necesidad vital de los nacientes estados del Nuevo Mundo. Significó el «América para los americanos» un grito de política genial, un arma defensiva alzada para resguardar de las ambiciones europeas la autonomía y los territorios de las repúblicas de este lado del Atlántico que entonces se debatían en medio de las dificultades y debilidades de sus primeros ensayos de vida libre; fué un «vade retro» lanzado por las nuevas democracias en contra de las viejas monarquías absolutas de derecho divino agrupadas en la Santa Alianza.

Tuvo en aquellos momentos la doctrina exclusivamente el carácter político que le correspondía, y en nuestros días, a falta de otra aplicación mejor, ha tomado también caracteres económicos. Con el trascurso de los años y el afianzamiento de los estados hispanoamericanos, desapareció la posibilidad de que los europeos pudieran establecer colonias propias en el Nuevo Mundo; pero no por esto ha dejado de ser el monroísmo una preocupación constante de los políticos norteamericanos. Mas la doctrina ha perdido por completo en su concepción la claridad que la distinguía en un principio, cuando tenía un fin también claro que llenar y ha sido objeto de las más variadas lucubraciones respecto de su significado. Dicen ahora los monroístas que la inversión de capitales extranjeros en un país atrasado puede conducir fácilmente a la absorción económica y que ésta se convierte pronto de una manera abierta o disimulada en tutelaje político. Agregan que en la América Latina abundan las oportunidades para tales manipulaciones y que los Estados Unidos deben estar, en consecuencia, muy listos para intervenir a tiempo.

De aquí seguramente la nerviosidad con que la mayoría del Senado ha defendido el mantenimiento de la doctrina de Monroe dentro de la interpretación exclusiva del gobierno norte-americano; pero creemos que los pueblos latino-americanos que tienen que considerar esa doctrina como un principio que ya cumplió con su misión, no pueden dejar de estimar tal exclusivismo como contrario a la igualdad y confraternidad pan-americana e inaceptable para su independencia y soberanía.