Por último, en las clases cultas o élite—que aquí es muy vasta—es patente la inspiración de un generoso idealismo práctico orientado hacia las obras de progreso y de solidaridad social.

La eficiencia económica—Esta espléndida condición de la colectividad norteamericana es de aquellas que saltan desde el primer momento a la vista del más superficial viajero. Es de esas verdades sencillas que tienen la virtud de imponerse tanto a los espíritus sagaces como a los que no lo son. Conviene que la tomemos como punto de partida en el análisis en que estamos empeñados.

En todas las ciudades de este país, los rascacielos, los palacios, los magníficos hoteles, el brillo del comercio y la animación de las calles dan testimonio de una potencia económica extraordinaria, que se manifiesta todavía de mil otras maneras. El derroche de luz en las noches y la vida de los teatros, restoranes y cabarets, son exponentes de una gran riqueza general. Los monumentos de Washington y los ciclópeos puentes de Nueva York proclaman con una fuerza deslumbrante el vigor y la capacidad del pueblo que los ha hecho. Mes a mes corren millones en favor de obras de cultura, instituciones de beneficencia, iglesias y colegios. El Ejército de Salvación había dicho que necesitaba doce millones de dólares para atender a sus trabajos relacionados con la guerra y para reponerse de los quebrantos que ésta le había causado, y en una semana reunió quince. La Universidad de Cornell celebró en los primeros meses de 1919 el quincuagésimo aniversario de su fundación, y, entre los muchos obsequios de que fué objeto, había un cheque por un millón de dólares, mandados por un ex-alumno para que se atendiese a la renovación de los gabinetes de ciencias.

«El más notable rasgo del reciente desarrollo industrial de los Estados Unidos, dice Bogart[14], ha sido el enorme desarrollo de las manufacturas, sea considerado en absoluto o en comparación con otras industrias. Desde 1850 a 1900, la población del país aumentó en más del triple (de 23 191 876 a 76 149 386)[15], y los productos de la agricultura se triplicaron (de $1 600 000 000 a $4 739 000 000. En el mismo tiempo las manufacturas mostraron un crecimiento que equivale a un aumento de diez y nueve veces del monto del capital invertido (de $533 000 000 a $9 835 000 000) y a doce veces en el valor de los productos (de $1 019 000 000 a $13 014 000 000). La mayor parte de esta expansión fenomenal se verificó en las dos últimas décadas de la pasada centuria, que presenciaron el descubrimiento y utilización de los recursos naturales del país en una forma sin precedentes, la extensión de los mercados interiores, gracias a la mayor colonización del Oeste, el progreso y abaratamiento de los medios de transporte y la aplicación más completa de inventos que economizan el esfuerzo humano.

«Pocas fases del desarrollo industrial de los Estados Unidos, dice el mismo autor, ha llamado más la atención o sirve como mejor indicio de su maravillosa expansión económica que el crecimiento del comercio exterior de este país. Ha pasado como nación exportadora del cuarto lugar en el mundo que ocupaba en 1880 al segundo en 1911. Esto constituye una prueba del progreso que hemos alcanzado en nuestro poder productivo y sugiere la posibilidad de muchos cambios ulteriores en el comercio mundial. Hasta hace poco el pueblo de los Estados Unidos se encontraba absorbido por la tarea de apropiarse y desarrollar los recursos del país, y, al igual de otros países nuevos, compraba más que lo que vendía, comprometiéndose en pesadas deudas en razón de la adquisición de materias primas o de artículos manufacturados. Se puede decir que este período terminó en 1876. Hasta este momento sólo en tres años, en 1858, 1862 y 1876, excedieron las exportaciones a las importaciones, mientras que desde aquella fecha ha sucedido siempre lo contrario, con la única excepción de otros tres años, 1888, 1889 y 1893, en que las exportaciones fueron más bajas».[16]

La facilidad asombrosa con que los norte-americanos se prepararon para entrar a la guerra europea, la riqueza de medios que desplegaron en ella, y la rapidez y eficacia de su acción, fueron en gran parte el resultado de su potencia económica.

«La situación, dice Bogart, en los comienzos del siglo XX puede ser caracterizada de la manera siguiente: Tenemos en grande escala todos los recursos que se necesitan en la producción moderna; una población obrera de veinticinco millones más o menos, de los cuales muchísimos se encuentran altamente preparados; un fondo de capital industrial de no menos de seis mil millones de dólares; una muy eficiente organización de la industria, de los medios de transporte y de las finanzas, lo que permite la más económica producción e intercambio de las mercaderías; y, por último, condiciones políticas y sociales que son altamente favorables a la producción y adquisición de la riqueza».[17]

Nos importa averiguar ahora cuáles sean las razones y antecedentes de este hecho, de esta condición afortunada de la nación norte-americana; de dónde y cómo le han venido esa virtud y esa fuerza en el orden económico.

Lo más frecuente y lo más fácil es que se señale como causa única a la educación, y que, tomando pie de esta apreciación, se entonen alabanzas a los métodos y procedimientos de los institutos educativos norte-americanos y se censuren los de otros países menos ricos, indicándolos como principales culpables de la inferioridad económica de que se padece. En esto hay algo de cierto, pero no es todo. La educación estado-unidense, que se halla admirablemente organizada para favorecer el desarrollo económico de la nación, es a su vez efecto de otros antecedentes que deben ocupar un lugar muy importante entre las causas creadoras de la riqueza norte-americana.

En la formación del pueblo norte-americano han obrado un conjunto de circunstancias extraordinariamente favorables. Los primeros colonizadores del país, especialmente los puritanos y los cuáqueros, eran de una noble cepa de hombres austeros que vinieron al Nuevo Mundo a fundar comunidades democráticas, en que armonizaron la libertad política con los estrictos preceptos de una religión severa. Venían no a improvisarse ricos, sino a repartir su vida entre el culto de Dios y el culto al trabajo, lo que significa la mejor disposición de ánimo posible para llegar a una situación económica sólida. Desde ese momento, la corriente europea humana no ha cesado de afluir a los Estados Unidos, que han sido un crisol gigantesco, donde se han fundido los elementos de las mejores razas del Viejo Mundo y los de algunas que, sin ser tan buenas, se han depurado al contacto de las demás. No hay nación moderna compuesta de elementos tan heterogéneos como la americana. En el período de 1819 a 1910 han ingresado a ella más de veinticinco millones de inmigrantes. Primeramente los más de éstos venían de Alemania, de Inglaterra e Irlanda; pero en los últimos treinta y cinco años se operó un gran cambio en el carácter de la inmigración, y han sido Austria-Hungría, Rusia, Polonia e Italia los países que han dado el mayor porcentaje de ella. Todavía es menester agregar que no ha habido un simple traslado de fuerzas humanas a través del océano, sino un mejoramiento enorme en las condiciones de éstas. «Cuando uno considera, dice Channing, el clima de los Estados Unidos, su configuración física, su adaptibilidad al servicio del hombre civilizado, su fértil suelo y sus magníficas caídas de agua, sus inagotables recursos minerales, y el efecto de este medio sobre el organismo humano, se tiene que admitir que la raza europea ha ganado con trasladarse de su viejo hogar a la tierra norte-americana».