La situación geográfica de los Estados Unidos frente al Viejo Mundo y los tesoros del país, han sido sin duda un factor determinante del rumbo tomado por la emigración europea; pero no hay que olvidar cuánta influencia ha ejercido también sobre los hombres de todos los países el renombre de que gozan los Estados Unidos de ser la tierra de la libertad: las instituciones democráticas norte-americanas han funcionado como un centro de absorción de energías humanas, y de asimilación y multiplicación de ellas.

Una vez obtenida por las trece primeras colonias la independencia de Inglaterra, ocurrió un hecho transcendental para su porvenir económico. No continuaron ellas separadas, sino que lograron organizarse en un solo Estado. Este acontecimiento es considerado con razón como el más importante de toda la historia política de los Estados Unidos y Gladstone lo ha llamado «la obra más maravillosa llevada a cabo en cualquier tiempo por el cerebro y los propósitos del hombre». No cabe en realidad exagerar su alto significado e influencia. Mientras las colonias hispanoamericanas, después de conquistar su independencia veinticinco años más tarde, entraban a la vida libre divididas en una multitud de Estados rivales y desorganizados, las colonias inglesas, por haberlo hecho formando un solo organismo político, se libraron de verse desgarradas por rivalidades y guerras entre pueblos hermanos. Los pueblos hispano-americanos vieron transcurrir por la circunstancia apuntada y su carencia de educación política no escasa parte del siglo XIX sacudido por tormentas revolucionarias y discordias internacionales. No tuvieron así ni la capacidad ni la posibilidad de dedicarse en buenas condiciones a la explotación de las riquezas de su suelo. En cambio, los norte-americanos, bajo una dirección política única y sin las zozobras de las revoluciones, pudieron lanzarse a la conquista económica de un continente. Porque es de advertir que los Estados Unidos, considerados aún en sus límites estrictos, tienen más los caracteres y proporciones de un continente que los de un país. «Es probable, dice Shaler, que medida en caballos de fuerza o por los productos manufacturados, la energía derivada de las corrientes de los Estados Unidos sea ya más valiosa que la de todos los demás países tomados en conjunto». «No solamente, apunta Bogart,[18] se encuentran los Estados Unidos a la cabeza de todos los países en la producción de artículos de lechería, granos y trigo, de carbón, hierro, zinc, fosfato, azufre y petróleo, sino que la mayor parte de las maderas, carnes, tabaco y algodón que figuran en el comercio mundial salen de sus selvas y de sus campos. Esta diversidad de climas y de recursos ha traído consigo a su vez gran variedad de ocupaciones con la correspondiente diferencia de intereses, de modos de vivir y de maneras de pensar. Aunque este hecho ha tenido cierta influencia para dividir al pueblo en secciones animadas de intereses opuestos, con todo, en general, ha dado lugar más bien a cierta amplitud de miras y universalidad de sentimientos».

No cuesta ver que la descripción anterior corresponde sin dificultad más a las condiciones de un continente que a las de un país. A fin de apreciar bien las ventajas que se han derivado de estas circunstancias en que insisto, bastará imaginarse las que habrían resultado para nosotros, desde el punto de vista de nuestra prosperidad industrial y comercial, si, por ejemplo, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Perú y Bolivia hubieran formado un solo gran Estado federal sin aduanas interiores ni hostilidades separadoras.

En la lucha por el dominio de su continente, los norte-americanos no han tenido otros obstáculos que vencer que la resistencia de los franceses, con los cuales combatieron en el siglo XVIII por la posesión de la hoya del Mississipi; y la de los mejicanos, a quienes quitaron en 1848, después de una fácil guerra, vastos estados en la región del Pacífico.

Fué, asimismo, una fortuna inmensa para esta nación que los ingleses fracasaran en sus tentativas de encontrar un camino inter-oceánico a través del mar Artico, y que no pudieran ni siquiera pensar en llegar al Pacífico por algunos de los istmos de la América Central. Si en la época de la conquista ponen ellos su planta en el Grande Océano, como lo hicieron desde temprano los españoles, habrían, como éstos, fundado nuevas colonias en el Oeste, y los estados del Este se habrían visto detenidos en su desarrollo por una barrera inamovible de naciones de su misma raza, tal cual les ha acaecido a los pueblos hispano-americanos. A no ser por el hecho que apuntamos, tendríamos hoy por lo menos dos en lugar de una gran república anglo-americana, y no se puede negar que la forma en que se verificaron las cosas ha significado la mayor suerte posible para los Estados Unidos.

Con razón ha podido decir Bogart que «la clave de la historia nacional de los Estados Unidos se encuentra en esta obra de ganar un continente a la naturaleza y someterlo a los usos del hombre».

En esta obra colectiva, la nación ha procedido generalmente guiada por una política proteccionista y animada de un valiente espíritu nacionalista.

En los primeros años de vida independiente, «a pesar, dice Farrand, de los esfuerzos gastados por hombres como Washington y el Coronel David Humphreys y aun por sociedades agrícolas, había muy poca lana fina producida en el país, de manera que los americanos tenían que traer del extranjero los artículos de lana manufacturada que necesitaban y aún lana en bruto».[19] Las guerras napoleónicas y el bloqueo continental dictado por el

Emperador tuvieron resonancia en el pueblo americano a principios del siglo XIX, perturbaron profundamente sus relaciones comerciales con Francia e Inglaterra y lo hicieron entrar por el camino de bastarse económicamente a sí mismo. Del Presidente Madison se dijo que el día de su inauguración en el poder había sido un argumento andando para alentar la manufactura de la lana del país. Su levita hecha en la hacienda del Coronel Humphreys y el chaleco y demás piezas de su traje en la del canciller Livingston eran de lana merino americana.

La guerra de 1812 con Inglaterra vino a consumar esta orientación. Una de las primeras disposiciones tomadas después del conflicto, fué una nueva tarifa aduanera que es considerada como la primera medida protectora adoptada por los Estados Unidos. Contribuyó ésta a afirmar el establecimiento de las manufacturas y después de ella se puede decir que el país pasó de la edad de los tejidos domésticos a la de las maquinarias. «La guerra de 1812 se considera con justicia como la segunda guerra de la independencia, porque, dice Farrand, señala el verdadero comienzo de nuestra libertad industrial y comercial trabada antes por la dependencia en que estábamos de Gran Bretaña y Europa; y es todavía de mayor importancia que por primera vez en la historia de los Estados Unidos, el pueblo de las costas atlánticas entrase a apreciar la importancia del Oeste, y que, volviendo las espaldas a Europa, mirase resueltamente hacia el Pacífico».[20]