Dejando para tratar más adelante en párrafos especiales de otras cualidades que significan también factores importantes en la vida económica digamos dos palabras sobre la educación.

La educación norteamericana merece sin duda casi todas las alabanzas de que se la hace objeto y ya he dicho que se halla admirablemente organizada para preparar al pueblo a la lucha económica. No es posible entrar aquí en detalles completos sobre el particular, ni estaría tampoco en situación de hacerlo. La educación vocacional, o sea la que tiende al desarrollo de la eficiencia económica de los individuos, es materia de una atención constante en todos los grados de la enseñanza. Grandes institutos superiores están consagrados exclusivamente a este fin, como ser el Instituto de Tecnología de Massachussets en Cambridge, que ya he mencionado, un instituto para investigaciones científicas relacionadas con la industria, anexo a la Universidad de Pittsburgo, los Colegios de Agricultura y Minería de la Universidad de California, los Colegios de Agricultura y Química Industrial de la Universidad de Wisconsin, el Sheffield Colegio de la Universidad de Yale, y el Departamento de Física de la Universidad de Princeton.

En otro capítulo he mencionado el Liceo Técnico de Oakland. Como éste o si no tan completos, semejantes establecimientos se encuentran en las principales ciudades para dar preparación técnica y comercial a la juventud en la segunda enseñanza.

Fuera de lo que se hace directamente por medio de la instrucción vocacional, son propios de la educación americana dos caracteres muy favorables al fomento de la eficiencia económica, a saber los métodos activos y prácticos y el sistema de ramos elegibles y no de plan fijo, como existe entre nosotros. Cada alumno puede elegir para estudiar en el curso de cuatro o seis años los ramos que más convengan a sus inclinaciones y aptitudes intelectuales. Todos los alumnos deben estudiar una misma cantidad de tiempo; pero no todos se hallan obligados a estudiar las mismas cosas ni todas las cosas. Esta organización, junto con los métodos que he mencionado, tiende poderosamente a estimular la iniciativa, el trabajo con gusto, y, por consiguiente, la actividad y la eficiencia.

En relación con la iniciativa, no debemos silenciar la inventiva, como una de las cualidades características del pueblo yanqui, que debe ocupar un lugar muy importante entre las causas creadoras de su potencia económica. Ya a mediados del siglo XIX, un comisionado de la Cámara de los Comunes decía: «Debo expresar que la mayor parte de los nuevos inventos introducidos últimamente en este país (Inglaterra) han venido de afuera; y que, en especial casi todas las ideas relativas a maquinarias nuevas o al perfeccionamiento de las existentes, han tenido su origen en Norte América».

Cuando se habla del valor de la iniciativa individual, de cómo se la desarrolla en los Estados Unidos y de que éste es un país de promisión para ella, uno no puede dejar de acordarse al mismo tiempo de las organizaciones que la limitan. Estas son los trusts, que nacieron poco después de 1880,[21] como grandes combinaciones de compañías industriales y comerciales encaminadas a alcanzar los siguientes principales fines: suprimir la competencia; regularizar y obtener economías en la producción; división de los mercados y mantenimiento de los precios. Estas organizaciones gigantescas arrollan y aplastan sin dificultad a toda empresa que asome en el mercado con pretensiones de hacerles competencia y no dan lugar, es claro, a más iniciativas que a las que puedan desenvolver sus asociados y empleados dentro de las férreas mallas de la institución misma. En estas condiciones, no ha sido difícil que los trusts fueran culpables muchas veces de los abusos del monopolio. Todo monopolio es odioso y los trusts han dado bastante que hacer a gobiernos y legisladores en los últimos treinta años. Se pensó primero en combatirlos levantando al frente de cada trust otro que le hiciera competencia; pero este procedimiento no dió resultados.

Uno de los trusts quebraba y las cosas seguían a veces peor que antes. Dejarlos en completa libertad no era posible y menos aun eliminarlos enteramente. No ha habido otro camino que someterlos a regularizaciones establecidas por la ley, que es lo que se ha verificado.

Con anterioridad a la organización de los trusts y luego en combinación con ellos, se ha operado una gran concentración de las riquezas en las manos de unas pocas familias. De una estadística hecha sobre la propiedad rural y urbana en los Estados Unidos en 1890, se ha sacado en claro que el noventa y uno por ciento de las familias del país no poseen más del veinticinco por ciento de la riqueza y que el nueve por ciento de las familias tienen en sus manos el setenta y cinco por ciento de las riquezas.

A propósito de estos hechos, dice Bogart con cierta amargura: «Es evidente que nos hemos alejado mucho de las condiciones democráticas de una relativa igualdad económica que existía hace setenta y cinco o cien años. Las fortunas colosales son un fenómeno del siglo XX, y muchas de los Estados Unidos se han formado gracias a que los recursos naturales han sido monopolizados por unos pocos que se han hecho ricos con el aumento de la población y la consiguiente mayor demanda. Situados esos individuos en puntos estratégicos del mundo industrial, han arrancado tributos a la sociedad ni más ni menos como lo hacían los caballeros bandidos de otros tiempos. Bajo esta circunstancia, el aumento de la riqueza no ha significado ni una eficiente utilización de los recursos del continente, ni una mayor ventaja social derivada de su uso. El aumento de la producción ha venido acompañado de aumento de desigualdad en la distribución».

La distribución desigual va acompañada generalmente de una pobre economía y de baja eficiencia en la obra de la producción. Mientras por un lado se ha desarrollado en el país un espléndido tipo de organizador de negocios, hay que notar por el otro las pérdidas sociales que resultan del exceso de trabajo, de la labor de los niños, de las enfermedades profesionales, de los accidentes y del vivir en arrabales y malas habitaciones. Una mejor organización de la industria y de la distribución de la riqueza evitaría muchos de estos males y elevaría el nivel general de la eficiencia. Gran desigualdad significa también menos placer en el consumo de la riqueza. Lo que se necesita es no solamente más y más riqueza, sino que ésta sea de tal manera distribuída que el bienestar, la satisfacción económica de la sociedad pueda ser llevada a su más alto grado. La suma total de las satisfacciones económicas tiene que ser mayor en una sociedad donde reine una justa igualdad de distribución que en otra donde el millonario se codee con el vagabundo. Da prueba, por último, de cierta inconsistencia, por no decir que se halla amenazada de un peligro, la sociedad que es en el orden político democrática, y, al mismo tiempo, en el económico plutocrática».[22]