Sin embargo, con motivo de la guerra europea tuvo el Gobierno que entrar por el camino de tomar medidas consideradas por algunos como propias de un estado socialista, como ser la apropiación y manejo de los ferrocarriles, y de otras inspiradas en un amplio criterio de justicia social, como la ley que ha venido a gravar la renta y llegado hasta imponer el sesenta y cinco por ciento de contribución a las más grandes fortunas.

Aunque nunca haya sido el socialismo una entidad política preponderante en los Estados Unidos, no por esto deja de inspirar cuidado. «Hasta ahora no es muy extenso el número de adeptos oficiales al partido socialista en nuestro país, dice N. Murray Butler, pero las doctrinas y enseñanzas del socialismo se están difundiendo sistemática y vehementemente entre nosotros. Muchas escuelas y colegios y muchos púlpitos se dedican consciente e inconscientemente a tal labor. En las elecciones de 1916, el partido socialista de los Estados Unidos obtuvo casi exactamente el 3.3 por ciento de la votación total. Es probable que a causa de haber adoptado oficialmente la política internacional de los bolchevistas rusos se haya alienado el partido socialista la simpatía de sus primitivos defensores, hasta el punto de que los votos a su favor se redujeran a menos del dos por ciento. Por pequeño que parezca este número representa una organización y actividad desproporcionada con su importancia. No es posible equivocarse respecto de su programa. Califica abiertamente de inmoral nuestra Constitución. Acusa de mercenarios, de pillos, de hombres de inteligencia mediocre y de abogados de la clase capitalista a los padres de la nación. La plataforma del partido socialista en 1912 demandaba explícitamente no sólo la política comunista, sino la abolición del Senado de los Estados Unidos y de la facultad del Presidente de imponer el veto; la abolición de los tribunales federales, con excepción de la Corte Suprema y la elección de todos los jueces por corto tiempo»[23].

Tampoco faltan los anarquistas, como lo prueban los numerosos atentados dinamiteros llevados a cabo en 1919, en las principales ciudades de la Unión, en contra de miembros de la judicatura de financieros y de hombres públicos. Entre las asociaciones obreras es tenida por francamente maximalista la de los I. W. W. (Industrial Workers of the World. Trabajadores industriales del mundo).

Los detalles apuntados sobre los trusts y los anarquistas manifiestan que el espléndido cuadro económico y social de los Estados Unidos no carece de sombras. Es condición de los extranjeros dejarse deslumbrar por las grandezas que encuentran fuera de su patria y exagerarlas para presentarlas con la mejor intención como modelos. Esto les ocurre a muchos sud-americanos, y no sería raro que en especial a los chilenos, con las magnificencias de los Estados Unidos. El edificio económico de este país es sin duda imponente y superior a cuanto se ha visto hasta ahora en la historia, pero, como toda sociedad humana, sin excepción, la norte-americana no puede sustraerse a la ley de que vayan apareciendo desperfectos en ella, que engendran descontentos y reclaman reformas.

El espíritu democrático.—Falta de ceremonias y rudeza de maneras.—En otro capítulo he hablado ya de las instituciones de la democracia americana y en este momento no cabe sino recordar cómo su espíritu se muestra en la manera de ser de los americanos.

Este es un pueblo muy poco afecto a las ceremonias. Recién llegado a Berkeley, le pregunté a un profesor de la Universidad de California, cómo debería tratar a un decano que me acababan de presentar y si era la costumbre dirigirse a ese funcionario con su título más alto y llamarlo Decano Jones o decirle simplemente profesor Jones. «Oh no, fué la contestación», llámelo Mr. Jones y basta. Nosotros somos un pueblo sin ceremonias. Cuando vaya a ver al Presidente de la República no se preocupe de fórmulas de especial cortesía ni de nada semejante y dígale con toda naturalidad «¿Cómo le va, Mr. Wilson?».

No es raro que a las personas a quienes se ha invitado a tomar el lunch o a comer las conviden también los dueños de casa, después de los postres, a lavar junto con ellos los platos en la repostería o en la cocina. Es este, sin duda, un caso de falta de ceremonias; pero es igualmente un resultado de la falta de servidumbre que proviene de la elevación creciente de las clases sociales bajas y de las oportunidades que se les ofrecen de ocuparse en mejores condiciones en las fábricas y talleres.

Los hombres no se sacan generalmente el sombrero para saludar a otros hombres y ni los estudiantes proceden de otra manera con sus profesores.

Los comerciantes suelen no ser muy amables. Quieren despacharse pronto y no se insinúan con el cliente. A veces dan ganas de quedarse descalzo antes que comprarle botines a un sujeto que se le pone a uno por delante y parece decirle con su actitud: «No se demore tanto, señor, apúrese, elija pronto, pague y váyase». En cierta ocasión un joven sud-americano, estaba comprando una maquinita para afeitarse y pedía explicaciones sobre su mecanismo. «No pregunte tanto, señor, le contestó el vendedor, ejercite su propio juicio».

De regreso de Washington a Nueva York nos quedamos un día en Baltimore. Buscamos una pieza en uno de los mejores hoteles de la ciudad y como nos pidieran seis dólares por ella al día, sin comidas, quisimos verla antes de tomarla. Subimos cinco o seis pisos. No era muy buena; pero, en fin, es por un día, nos dijimos mi esposa y yo. Era pleno verano; el día de mucho calor y veníamos sofocados por el viaje en tren. Pedimos agua fresca para beber y nos dispusimos a lavarnos. En esto suena el teléfono de la pieza. Era el administrador que me llamaba desde la oficina.