Después de unos pocos minutos golpean a la puerta.
—Adelante.
Nadie entra. Nuevos golpes.
—Adelante, exclamé con más fuerza.
Nadie entró tampoco. En mangas de camisa y sin cuello tuve que abrir yo mismo la puerta. Era el administrador en persona que venía a insistir en que bajara inmediatamente a inscribirme. Le repetí lo que ya le había dicho, agregándole que no me explicaba su proceder que encontraba muy descortés. Le dije también quien era (aunque esto en verdad no significaba un argumento de mucho peso) y le presenté mi tarjeta.
—No tengo nada que ver con quien sea usted, me contestó; o baja inmediatamente a registrarse o deja la pieza.
—No cabe la menor duda, señor, le dejo la pieza.
No era grato quedarse en una casa dirigida por semejante energúmeno. Guardamos precipitadamente los objetos de tocador y ropa que ya habíamos sacado de las maletas, arreglamos nuestras personas como pudimos y nos marchamos. Me fuí pensando que seguramente los reglamentos de policía exigen que todo pasajero se inscriba en el registro del hotel antes de instalarse; pero que ese administrador era un majadero cuyo cerebro estrecho no le consentía elasticidad para aplicarlos y llegaba hasta la grosería en lo que él estimaba el cumplimiento de su deber.
No son escasas las veces, por otro lado, en que los empleados de tiendas y almacenes, especialmente algunas niñas, dan prueba de una paciencia estoica y de amabilidad sincera. Después que el cliente solicita los precios de cuanta cosa se le ocurre, lo revuelve y lo mira todo, hace perder media hora y no compra nada, la empleada lo despide con la más dulce sonrisa diciendole:
«I see you again, come again», «hasta la vista, venga otra vez.».