Actividad.—Es un hecho reconocido que el clima de los Estados Unidos, continental, variable y crudo como es, posee grandes virtudes vigorizantes y estimulantes. Un viejo marino inglés decía que él se tomaba una botella de vino en cada comida en Liverpool, y no podía, por efecto del clima, tomar más de media botella en Nueva York.
En un párrafo anterior hemos visto cómo este clima ha transformado favorablemente a los retoños de las razas europeas transplantadas al Nuevo Mundo.
Aquí tenemos indicados dos de los antecedentes explicativos de la actividad norte-americana: el clima y la raza. Habría que tomar en cuenta también la acción de las instituciones democráticas. Ya hemos dicho en una página reciente de qué manera éstas han obrado como focos de absorción para atraer a las gentes de todo el mundo, seduciéndolas con sus oportunidades de vida libre y próspera. El federalismo y la falta de centralización son aspectos muy importantes de este mismo fenómeno. En los Estados Unidos no hay una sola gran capital, un gran centro que sea considerado por los habitantes del país como el único lugar posible para vivir, y hacia el cual vuelvan todos la atención de sus espíritus dócilmente imantados. No ocurre lo que en Francia y la Argentina donde la gente se disloca por París y Buenos Aires, ni tampoco lo que pasa en nuestro pequeño mundo de Chile, cuyos habitantes provincianos parecen sufrir de una especie de desviación espiritual a fuerza de mirar tanto hacia Santiago y de suspirar por él. En los Estados Unidos, Washington, la capital federal, no puede competir, en cuanto centro de atracción, con los grandes emporios del comercio y de la industria; y el hecho de que Nueva York sea una metrópoli colosal de siete millones de habitantes, no quita que muchas ciudades como Chicago, Filadelfia, Baltimore, Boston, San Francisco, Los Angeles, Buffalo, San Luis, y varias otras, constituyan centros importantes, autónomos en cuanto a sus elementos de cultura y con caracteres distintivos y propios. Muchas de estas condiciones se encuentran aún en pequeñas ciudades universitarias como New Haven, Berkeley, Ithaca, Princeton, Palo Alto, etc. De aquí resulta en general la existencia por doquiera de un ambiente favorable a la actividad porque el norteamericano encuentra en cualquier parte los elementos de una vida completa y hace dar a su iniciativa donde le toca el mayor rendimiento posible, sin que necesite esperar algo de un centro más o menos remoto.
Al lado de la influencia externa de las instituciones en el desarrollo de las iniciativas individuales es menester no olvidar la de la educación, que tiende a la formación de personalidades independientes y vigorosas. La educación, obrando de consuno en muchos casos con cierta religiosidad tradicional y honda, llega a sugerir un concepto serio de la vida, apartado de frivolidades y que busca la realización del destino humano en el cumplimiento del deber y en las satisfacciones que ofrece una existencia interior armónica y tranquila.
La actividad norteamericana lleva generalmente como perfume propio una sana alegría, según hemos tenido ocasión de hacerlo ver más de una vez en estas notas.
Patriotismo.—Los norteamericanos han dado múltiples pruebas de patriotismo en el curso de su historia y los ideales nacionales han sido resortes poderosos en muchas de sus empresas de carácter político y económico, como ser la lucha contra la esclavitud, la colonización del Oeste y la ocupación de Oregón hacia 1842. Después de haber fijado los límites entre los Estados Unidos y Canadá, hasta los montes Roqueños, había quedado en suspenso la decisión relativa a las tierras del Oeste, o sea principalmente Oregón. No inspirando confianza la actitud de Inglaterra al respecto, los norte-americanos se lanzaron a ocupar de hecho ese Estado, y gracias a su empuje quedó incorporado a la Unión.
En los días en que estos apuntes fueron tomados las manifestaciones de patriotismo habían pasado a ser detalles de la vida cotidiana. A donde volviera uno la vista encontraba la bandera estrellada flameando sola o en compañía de las de las naciones aliadas. En las ventanas de las casas se la veía frecuentemente al lado de la pequeña banderola en que se indicaba con estrellitas cuantos miembros de la familia habían ido a la guerra. A veces las estrellitas eran negras, lo que significaba que ellos ya no volverían más. En las oficinas públicas y privadas y en los almacenes, grandes banderas, a menudo con centenares de estrellitas, decían la contribución de sangre que el personal había enviado al Ejército de la Patria. Todo espectáculo empezaba invariablemente con el himno nacional, ejecutado por la orquesta, a veces cantado, y que la concurrencia escuchaba con recogimiento de pie.
La cooperación de todas las clases sociales en esos momentos supremos era manifiesta. Ya he indicado en otro capítulo de qué manera se levantaron los primeros empréstitos de la libertad en San Francisco. Una vez terminada la guerra le llegó el turno al último de ellos, al de la victoria, destinado a saldar la situación. Fué como un levantamiento general de las poblaciones en un movimiento arrebatador de festividad patria y de civismo intensificado por los mil recursos de la propaganda americana. Las amplias calles de altísimos edificios ricamente embanderados y los faroles adornados con los colores nacionales que terminaban en panoplias de flámulas y gallardetes parecían estar de gala para recibir a un ejército victorioso.
La operación se inició con un discurso pronunciado por un alto funcionario administrativo a mediodía en las gradas del edificio del Tesoro en Nueva York. Los acordes marciales de una banda militar detuvieron por un instante la inmensa corriente de gente que a esas horas llenaba Wall Street y las inmediaciones de la Bolsa, y el orador, bajo un sol de verano y al lado de la estatua de Washington, expuso las razones de suscribir con creces el empréstito de la victoria.
Luego millares de oradores continuaron insistiendo en todas partes sobre el mismo asunto durante una semana. Tinglados y tabladillos se levantaron en las principales plazas y en las más concurridas boca-calles de todas las avenidas donde pequeñas bandas de músicos tocaban para atraer a la gente a oir la oración patriótica de los propagandistas del empréstito. Los guardianes que dirigen el tráfico callejero llevaban en la mano un disco con una V, que se levantaba sobre la muchedumbre cada vez que ellos paraban o hacían continuar el movimiento, para hacer presente la victoria y la necesidad que había de pagarla. Agentes del empréstito recorrían las grandes arterias en autos embanderados y tocando cencerros. Desde garitas levantadas en las esquinas, damas ofrecían bonos a todos los transeuntes; y vendedores de todas clases, hombres, mujeres y niños, lo asaltaban a uno en las aceras y en los hoteles. En todos los teatros, hacia la mitad del espectáculo un orador pronunciaba un discurso sobre el empréstito y luego empleadas de la empresa iban a vender bonos entre la concurrencia. A veces el orador mostraba al público un casco prusiano que decía haber sido tomado a un oficial del Kaiser y lo ofrecía como premio al que comprara una suma alzada en bonos. No pasaba mucho rato sin que el casco fuera entregado a algún señor de la platea o de un palco. Se había organizado una sugestión inmensa, irresistible para saldar la victoria; las ciudades competían unas con otras a fin de sobrepasar la cuota que se les había señalado y de esta suerte se suscribieron muchísimos más millones de los fijados por el Gobierno.