Moralidad (la familia y el divorcio.)—Me atrevo a apuntar como cualidades concomitantes de la actividad norteamericana en términos generales a la moralidad y la religiosidad. No se me oculta que si es arriesgado hablar de la psicología de un pueblo, no lo es menos hacerlo de la moralidad. Nunca faltan razones y datos para sostener en este terreno las tesis más opuestas. En contra de la moralidad americana se recuerdan los estupendos golpes de mano que suelen dar los criminales de aquel país. A no pocos he oído quejarse de la falta de honradez y seriedad de los comerciantes yanquis. No obstante algunos incidentes apuntados en estas notas, que pudieran pesar en contrario, mi impresión general, formada con detalles que también he referido y con el trato de gente principalmente universitaria, es que los norte-americanos son por lo común buenos y honrados. Llegaría a decir que en la apreciación que este pueblo hace de las facultades y valores humanos prefiere la bondad a la habilidad.
Se suele afirmar también que en los Estados Unidos la familia casi no existe, que se halla en plena disolución. En verdad no existe con los caracteres tradicionales con que se suele presentar en algunos pueblos de Chile donde se ven casos de que vivan sólidamente unidas en un mismo hogar tres generaciones, de abuelos a nietos, incluyendo un respetable número de yernos y de nueras. Se encuentra, sí, la familia en el sentido estricto del término, es decir, como el grupo formado por un matrimonio y sus hijos o un matrimonio solo. Nicolás Murray Butler habla en el estudio ya citado de que en los Estados Unidos hay más de diez y ocho millones de viviendas ocupadas aproximadamente por veintiún millones de familias y de que seis millones de familias poseen propiedades sin gravamen y otros tres millones son propietarios de bienes sujetos a hipotecas.
También es cierto, que esta familia en sentido estricto no tiene en los Estados Unidos los caracteres de inmutabilidad y solidez que la distinguen en Chile; pero quedaría todavía por averiguar si las condiciones de acá son mejores que las de allá.
Se observa que el número de los divorcios ha ido en proporción creciente de año en año después de la guerra separatista, como se ve en las siguientes columnas:
| Años | Divorcios |
| 1867 | 9.937 |
| 1877 | 14.800 |
| 1886 | 25.535 |
| 1896 | 42.937 |
| 1906 | 72.062 |
| 1916 | 124.000 |
Sería razonar de una manera muy incompleta limitarse a inferir de estas cifras que la inmoralidad aumenta de un modo alarmante en los Estados Unidos y que la familia norte-americana se halla amenazada de muerte.
El número de los divorcios ha venido siendo mayor de año en año, no porque los hombres y las mujeres se hayan vuelto más malos, sino porque la evolución social, después de la mencionada guerra, ha puesto en acción fuerzas nuevas que no han podido dejar de modificar la constitución del hogar y a cuya influencia no han podido sustraerse los individuos. El enorme florecimiento económico y la transformación industrial que se notan desde aquel momento histórico, han hecho perder gradualmente a la familia su antiguo carácter de centro de producción, han abierto vastos horizontes de trabajo a la mujer, permitiéndole de esta suerte alcanzar su independencia económica, y han aumentado al mismo tiempo las exigencias de la vida.
Dentro de las condiciones anteriores al momento histórico indicado, el hombre y la mujer habían podido soportarse mutuamente muchos defectos e incompatibilidades espirituales y morales porque el hogar les ofrecía ventajas económicas indispensables para la vida y difíciles de alcanzar de otra manera. La mujer especialmente, sin preparación para desempeñar ningún oficio o empleo fuera de la casa, no concebía la existencia sin los medios que le proporcionaba el marido y se encontraba sometida a éste por una estrecha dependencia económica.
Desaparecidas esas ventajas y arrancadas esas raíces materiales por decirlo así, los cónyuges hanse tornado más exigentes en cuanto a condiciones de armonía y de felicidad interior y menos tolerantes para aguantar fricciones llevaderas en otro tiempo. Se considera ahora que es menos inmoral la disolución que la permanencia de los matrimonios sin amor.
Comprendido en este proceso de que hablamos se observa triunfante el reconocimiento amplio de los fueros de la individualidad humana. La moral dogmática ha podido sostener la indisolubilidad del matrimonio y condenar el divorcio; y, más o menos de acuerdo con ella, ciertas doctrinas sociológicas y jurídicas afirman que la célula social es la familia y no el individuo y que éste debe resignarse a vivir férreamente encerrado entre las mallas sin escapatorias de las instituciones matrimoniales y familiares. Pero estos conceptos no se avienen con el espíritu norte-americano. Como dice un profesor de sociología de la Universidad de Pennsilvania, «a la par que se han hecho más intensos los sentimientos de nacionalidad y de conciencia social se ha reconocido mayor valor a la personalidad del ciudadano. Creadas sobre una base de franco utilitarismo, las formas e instituciones sociales de cualquiera clase que sean no existen para llenar un fin en sí, sino para el bien de los miembros de la colectividad. Libres de muchas de las tradiciones, propias de los gobiernos monárquicos o despóticos y relativas al carácter sagrado de algunas instituciones, los americanos no temen ningún desastre por el hecho de llevar a cabo los cambios requeridos por la expansión de la vida social. Los cambios no significan para nosotros muestras de desintegración social, sino que los consideramos más bien como la condición de un progreso sostenido. Miramos a la familia desde el mismo punto de vista que a todas las demás instituciones sociales y no goza de ninguna protección especial o tabú que pueda excusarla de ser sometida a la prueba del utilitarismo. Ella, la familia, como todas las demás, debe servir a los fines de su existencia o sufrir las transformaciones necesarias. Desde que no es compatible con los ideales americanos de justicia y de libertad que la familia sea tenida por más sagrada que el individuo, el remedio debe buscarse en la modificación de la primera antes que en el sacrificio del último».[24]