El mismo autor estudiando el problema desde un punto de vista moral, dice: «Nuestras modificadas ideas éticas nos hacen sentir hoy día que el matrimonio ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el matrimonio, y que el valor moral de
éste depende de la mutua felicidad que asegure a los desposados. Cuando esta condición no se realiza ni se puede realizar, los más altos intereses, tanto del individuo como del estado reclaman que se rompa ese matrimonio perjudicial y que se coloque a los cónyuges en situación de encontrar la felicidad que les ha faltado. De esta suerte un nuevo humanitarismo ha venido a ocupar en religión y en ética el lugar que antes llenaban las reglas teóricas de la ortodoxia de generaciones pasadas. Descansa él sobre una moralidad práctica que estima el valor de las instituciones en proporción al servicio que hacen en la formación del carácter y en la producción del bienestar humano».[25]
Con estas palabras queda señalada la actitud americana ante el divorcio y desvanecido el cargo de inmoralidad que por este motivo se pudiera formular.
Religiosidad.—El Estado norte-americano no tiene religión oficial, y, por lo mismo, florecen aquí las religiones como plantas espontáneas en un terreno libre de las limitaciones planeadas por los hombres y donde obran con toda libertad las fuerzas naturales fecundantes. En los Estados Unidos prosperan más de cincuenta religiones y sectas, que cuentan con más de cuarenta y dos millones de adeptos.
Es característico de las religiones en Norte América que orienten su actividad en un sentido humano de bien y de servicio social y que sean amplias, hospitalarias y tolerantes.
Estos rasgos han sido descritos de la manera siguiente por el católico inglés William Barry: «Los americanos en otro tiempo creían con pavor en la total depravación del hombre, de la cual sólo un pequeño número de agraciados sería redimido. Ahora creen que el hombre es por naturaleza bueno, por destino perfecto, y completamente capaz de salvarse a sí mismo. En una especie de América ideal señalan el motivo fundamental de esta vida más humana, a la cual deben tender sin cesar. La república, la comunidad es su fin, los negocios el camino para el cielo, el progreso su deber, la libre competencia su método. Rechazan el misterio, la obediencia y la renunciación de la propia personalidad; pero admiran la disciplina que condena y proscribe lo contrario a la dignidad del hombre, o, deferentes a una idea delicada, practican la temperancia. Forman los americanos una casta de héroes más que de ascetas. Para ellos la divinidad es un amigo y no un señor omnipotente o un hado misterioso. Su creencia en la naturaleza humana como algo que posee valor intrínseco que debe ser perfeccionado significa la libre aceptación de una idea divina que el hombre tiene la obligación de realizar. De esta suerte civilización y religión no son más que diferentes fases de una misma gloria».
En muchas universidades privadas hay templos. En el de Princeton se celebran servicios religiosos diariamente, pero ahí ofician los ministros de todas las religiones, alternando, por consiguiente, el católico con los de las diversas sectas protestantes o con un predicador de los Jóvenes Cristianos. Los estudiantes no son obligados a asistir al templo sino una vez cada quince días.
La misma índole de hogar cristiano, sin confesión determinada, abierto al más dilatado espíritu religioso, es propia del templo de la universidad de Leland Stanford Junior. Muchas tardes se dan aquí recitales de órgano, sin ninguna ceremonia o acto del culto, y hasta el alma más descreída puede disfrutar de una hora de reposo y recogimiento íntimo, y sentirse llevada en alas del arte a las regiones de una pura religiosidad.
En medio del más agitado torbellino mundano, en Broadway, la gigantesca arteria de Nueva York, en la puerta de un templo se lee la siguiente dulce invitación: «No importa lo que pienses, no importa lo que creas; entra; esta es la casa de Dios abierta para todos; entra a descansar». Y aunque uno no entre, agradece la invitación, y siente que una sensación de placidez discurre por todo su ser.
El ambiente norte-americano de libertad y la falta de una religión de Estado son favorables al desarrollo del sentimiento de religiosidad. No ocurre aquí lo que en aquellos países hispano-americanos, donde el catolicismo goza de la preeminencia de religión privilegiada, llega generalmente hasta las urnas electorales a defender sus privilegios, y queda degradado por ambiciones de predominio social y político y por las enconadas pasiones que se suscitan en su contra. No encontrando además los espíritus por lo común en la América latina otra manera de ser religiosos que la que les ofrece el credo católico, y no pudiendo comulgar con éste por razones científicas, filosóficas o políticas, caen en el indiferentismo con perjuicio a veces de su completa vida espiritual y moral y de su paz interior. En los Estados Unidos, en cambio, se puede ser religioso de muchos modos y el sentimiento y la fantasía encuentran más posibilidades que en otras partes de llenar el vacío angustioso que los misterios de lo desconocido suelen abrir en algunas almas.