Su adhesión á la escuela experimental era tan firme, tenía raíces tan hondas que ni siquiera las había sacudido el estudio á que, con entusiasta curiosidad, se había consagrado de los filósofos alemanes, leyéndolos asiduamente, meditando largamente sus profundos sistemas, para lo cual le era de preciosa utilidad el conocimiento perfecto que de la lengua llegó á poseer, como rara vez lo obtienen extranjeros de raza latina cuando no han sido educados allí mismo. Ni aun el ilustre Kant, que tan excepcional posición ocupa en el desarrollo del pensamiento filosófico moderno, logró conquistarlo enteramente, bien que lo reconocía en cierto modo como el continuador de Locke[51]. Una de las veces que lo cita, en el curso de sus polémicas, no olvida añadir: "¡y cuidado que yo no soy ningún partidario suyo!" En otra ocasión de la misma controversia sobre el escepticismo había dicho: "Ocioso es recordar que no pertenezco á la escuela de Schelling"[52].

Con la mayor atención estudió tanto á Kant y Schelling como á Fichte y á Hegel; por él tuvo la juventud cubana alguna idea de las originales y atrevidas teorías de esos sublimes idealistas, pero siempre acompañada en sus lecciones de todos los correctivos necesarios para evitar el abismo en que forzosamente caen cuantos, abandonando el camino lento y seguro de la experiencia, confían orgullosamente á la imaginación la tarea de descubrir é iluminar con su fumosa antorcha senderos diferentes.

"Nadie mejor que yo" dijo en otro lugar "podía á mansalva haber recogido mies abundante de Alemania, y aun haberme dado importancia con introducir en el país el idealismo de esa nación á quien idolatro; pero he considerado en conciencia, á pesar de haberme tomado el trabajo de estudiarlo, que podía más bien dañar que beneficiar á nuestro suelo"[53].

Incomprensible sería que quien se expresaba de ese modo, en tan reposado y convencido tono; quien había resistido á la seducción de esos grandes metafísicos, leídos en su lengua y estudiados en el momento de su brillante novedad, acabara por dejarse caer en brazos de otro filósofo alemán de cuantía mucho menor, Krause, en realidad un pigmeo al lado de Hegel ó de Schelling, creador de un sistema que es una especie de eclecticismo, pues reúne bajo la enseña de "la armonía" multitud de cosas diferentes, traídas de aquí y allá, á las que por su cuenta poco agrega de valor trascendental. Sin embargo, una y otra vez, en Cuba y fuera de Cuba, se le ha contado entre los seguidores de ese filósofo; un crítico español contemporáneo, Menéndez y Pelayo, después de leer la biografía escrita por J. I. Rodríguez afirma que "no yerran los que quieren emparentarlo con los krausistas y con Sanz del Río"; y el malogrado Antonio Angulo y Heredia, el discípulo en quien fundó Luz tantas esperanzas, dijo en una conferencia del Ateneo de Madrid que había mirado Luz "con singular predilección ese gran sistema de divina consoladora armonía creado por el inmortal espíritu de Krause"[54].

No hay una línea en los escritos impresos de Luz ni se recuerda frase alguna de sus discursos improvisados en el colegio, que justifique ni aun vagamente esa extraña predilección. Angulo mismo en un folleto publicado posteriormente atenuó mucho la fuerza de sus palabras agregando que sólo había querido apuntar que tuvieron Luz y Krause algunas ideas parecidas[55].

En materias puramente literarias no alcanzaba Luz el mismo alto nivel que en filosofía ó en ciencia pedagógica, como lo revelan el andar lento y sólido, el estilo sin adornos del Informe sobre educación y la forma rigurosamente dialéctica de que poco se aparta en las polémicas. Solamente en los aforismos descubre á veces algún empeño de perfeccionar y variar su estilo, y ahí mismo en pos del vigor más bien que de la belleza de la expresión. Por tendencia natural de su espíritu buscaba antes que todo en las obras de arte el carácter moral, el interés humanitario, la aplicación práctica, directa, á las necesidades de la civilización universal; otras manifestaciones de poesía más pura ó más elevada, ajenas á toda idea de utilidad social lo mismo que á todo optimismo convencional, despertaban menos su simpatía. Así, por ejemplo, prefería á Lessing entre los escritores alemanes, no se cansaba de admirar y recomendar el hermoso poema dramático "Nathan el sabio" como insuperable dechado de generosidad y nobleza de sentimientos elocuentes. No es decir que fuese insensible á la gran poesía; en la pared de su gabinete particular había lugar para un solo cuadro, y lo llenaba un magnífico retrato del autor de Fausto grabado sobre acero.

A ningún poeta moderno ha dirigido alabanzas tan calurosas y cordiales como á Alejandro Manzoni, hasta tocar en alguna de ellas el límite último de la hipérbole. De la oda célebre á la muerte de Napoleón, Il Cinque Maggio, dice que "fué dictada por Dios", que con ella "quedaron vencidas y superadas todas las inspiraciones"[56]. Estos elogios, que deben parecer excesivos aun á admiradores de esa magnífica composición, nacieron de la vivísima simpatía que sintió tanto por el hombre como por el poeta, "el alma más pura", agrega, "de cuantas han respirado el aire de las letras en el siglo XIX, una de las más eminentemente religiosas que en el mundo fueron y más llenas de amor patrio". Encima del artista, encima del poeta, colocaba al creyente, al patriota, al sincero y piadoso apologista de la religión cristiana; ensalzaba al católico entusiasta y convencido, por razones idénticas á las que motivaban sus aplausos al juicioso y tolerante Lessing.

Esas frases hiperbólicas son una opinión juvenil, el eco de una primera impresión, de un primer arranque de admiración. No mucho menor fué entre otros el efecto de la oda desde el momento de su aparición; pruébalo el sinnúmero de traducciones que se han hecho, la prontitud con que se sirvió de ella Lamartine para tomarle lo mejor que hay en una de sus Meditaciones, titulada Bonaparte, que con tan robustos versos parafraseó la Avellaneda. Hoy, sin embargo, sería difícil sostener que Il cinque Maggio, sea la mejor de las siete ú ocho obras maestras que en el género lírico, incluyendo los tres coros de sus dos dramas, nos ha dejado Manzoni; éste mismo, según cuenta César Cantú, su biógrafo y amigo[57], la estimaba en poco, la llamaba jocosamente quella corbelleria, y para explicar los defectos que le reconocía, recordaba que era la única de sus poesías compuesta en menos de tres días. Otra oda hay, parecida en el metro y corte de las estrofas, idéntica en estilo y precisión de lenguaje poético, La Pentecoste, escrita un año después, que con mejor tino crítico ponía Luz en altísimo lugar y frecuentemente recitaba, en especial la bella imagen de la palabra de los Apóstoles después de la bajada del Espíritu santo, comparada con la luz que envuelve los objetos y suscita los diferentes colores, en la estrofa que sublimemente termina así: