"L'Arabo, il Parto, il Siro

In suo sermón l'udi.

Su amor al poeta favorito era tan grande que, á pesar de admirar y leer mucho á Cervantes, de quien decía que era "el verdadero rey de España", "el escritor más original que ha existido", ponía inmediatamente al lado del Don Quijote la preciosa novela I promessi sposi, que releía á pedazos muy á menudo y de la que citaba á cada paso frases y palabras. Don Abbondio, el cura de la pequeña aldea lombarda, era para él, igual que para Gioberti en su "Ensayo sobre lo bello", un personaje tan animado, tan magistral y eternamente creado como el Sancho Panza inmortal del humorista español. Nunca probablemente se detuvo á considerar que con todas sus innegables excelencias produce en gran parte el novelista milanés la impresión de haber escrito un libro de propaganda, medio histórico y medio religioso, no tan interesante como las buenas novelas de Walter Scott, su verdadero modelo, y de propósito concebido con el primordial objeto de enaltecer la moral de la iglesia, ya antes defendida por él con tanto calor como saber en una extensa refutación de ciertos pasajes de la historia de Italia de Sismondi. Las figuras trazadas con mayor esmero, Fra Cristoforo, Federigo Borromeo, las escenas más vívidamente reproducidas, como el bello y largo final en el lazareto, dejan la obra un poco lejos del arte más desinteresado, más humano y generoso á que pertenece el Don Quijote. Pero á consideraciones de este género habría, es muy probable, respondido Luz que no entibiaban su admiración, pues en su poética no entraba esa distinción para imponerla á obras de arte y aquilatar sus méritos.

En los últimos años llegó á ser el colegio, en virtud de la creciente nombradía del director, como un lugar de peregrinación: deseaban con frecuencia conocerlo algunos de los extranjeros que pasaban durante el invierno por la ciudad, muchos cubanos de otras partes de la isla venían á menudo con sus familias, con hijos á veces todavía en la primera infancia, alumnos futuros, pidiéndole, como Franklin á Voltaire para su nieto, que posase la mano sobre sus cabezas en señal de bendición.

Entre los extranjeros vino un día la distinguida poetisa Julia Ward, esposa del célebre filántropo de Boston Samuel Howe, y en la historia de su viaje impresa poco después en Nueva York habla ella de Luz con tan fervoroso aprecio como pudiera haberlo hecho el cubano más reverente[58]. Esa visita dejó en Luz imborrable recuerdo, porque con Julia Ward tuvo el honor de conocer á un hombre excepcional, Teodoro Parker, uno de los grandes apóstoles de la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos, quien herido ya de muerte por la enfermedad que debía arrebatarlo al mundo en el año siguiente de 1860, viajaba en busca de cielo más propicio que el de la Nueva Inglaterra. El nombre del ilustre abolicionista sólo en voz muy baja podía ser pronunciado entonces en Cuba por temor de excitar la cólera fácilmente excitable de los dueños de esclavos; Luz que con ansia lo aguardaba estrechó con júbilo la mano del intrépido reformador que, con la palabra, con la pluma, con esfuerzo personal incesante de más de veinte años, había logrado despertar la patria de vergonzoso letargo y precipitar la hora de la justicia y la redención. Cuando los estados esclavistas se confederaron y declararon la guerra al gobierno de los Estados Unidos en 1861, ya el pobre Parker había expirado en Italia, cuyo clima menos ardiente que el de Cuba tampoco pudo atajar el mal devorador. Más de una vez pensaría Luz en el modesto túmulo del cementerio protestante de Florencia, donde yacía el apóstol, para deplorar que no hubiese vivido siquiera un año más, que no hubiese visto abrirse la crisis final, consumación de la obra á que se había consagrado y en que había gastado todas las potencias de su ser.

Luz también debía morir antes de ver definida la marcha de la guerra civil americana, antes de que el triunfo de la Unión y de la emancipación de los esclavos apareciese como seguro, cual lo anhelaba y tal como durante las primeras inciertas y confusas campañas militares apenas parecía lícito esperarlo. A veces, acongojado por el temor de la posible separación, buscaba consuelo pensando que siempre quedarían dos naciones republicanas de vastísima extensión, que por lo menos la libertad política no sufriría menoscabo esencial y que la redención de la raza esclava vendría siempre por la acción del tiempo: ilusiones que se forjaba para atenuar la gravedad del desastre, si lograban vencer los estados confederados y crear una nación con la esclavitud inscrita por base del pacto social.

Todas sus simpatías iban hacia el norte de los Estados Unidos, hacia las ideas y formas de la Nueva Inglaterra, hacia las dos escuelas literarias que allí florecían en torno de Emerson y de Prescott. Emerson particularmente era uno de sus autores más amados. La forma sentenciosa, el idealismo superior, y hasta la osadía aventurada de imágenes en prosa que distinguen al autor de tantos admirables "ensayos", de los incomparables retratos ó croquis biográficos titulados "Hombres representativos", eran cualidades como de propósito reunidas para entusiasmarlo, pues se conformaban á maravilla con sus ideas, con su manera de pensar y de escribir. ¡Qué hombre, qué frase, qué imagen! exclamaba recordando las palabras de Emerson sobre Webster, después de la capitulación en que el gran tribuno sacrificó en favor de los adalides esclavistas las opiniones de toda su vida: "Cada gota de la sangre de sus venas tiene ojos que miran hacia abajo".

Sus opiniones respecto del porvenir político de Cuba nunca variaron; creía que, mientras existiese en la isla la esclavitud, era locura pensar que por la fuerza pudiera sacudirse el yugo de España, que las sangrientas tentativas de lucha por la anexión á los Estados Unidos eran movimientos meramente superficiales, sin honda correspondencia en el país, y que el deber de un hombre en su posición era preparar las nuevas generaciones para las rudas faenas que más adelante forzosamente vendrían, acostumbrándolas á la tolerancia, á la fe en el esfuerzo individual, á la laboriosidad paciente, al hábito de manejarse y gobernarse por sí solos en los negocios ordinarios de la vida, inspirándoles invencible repugnancia á toda forma de servidumbre, material, moral ó intelectual. Mientras tanto daba el ejemplo de la dignidad silenciosa y virilmente resignada, absteniéndose de relaciones directas con las autoridades superiores de la colonia y respetando escrupulosamente las leyes y reglamentos. Así, aunque era cierto que desde las esferas del gobierno no se miraba su colegio con ojos favorables, nada podían legalmente hacer contra él, pues mostraba en los exámenes públicos todos los años, siempre presididos por algún representante oficial, que allí no se enseñaba cosa alguna que tendiese á subvertir el orden existente. Cuando venían los agentes de policía á pedir "de orden superior" que el colegio figurase en alguna lista de suscripción con fines políticos, como la guerra de Marruecos en 1860 ú otro suceso por el estilo, siempre contribuía, agregando á veces en voz baja: "doy al César lo que es del César". Sólo en una ocasión resistió indignado. Tratábase de regalar, por suscripción bautizada de popular, una espada de honor al general O'Donnell por sus triunfos en esa misma campaña contra los moros que le valieron el título de duque de Tetuán. Con la frente roja de emoción respondió Luz al empleado de policía: que había ya contribuído como era su deber á los gastos de la guerra, pero que ahora rehusaba, pues se trataba de glorificar á alguien de quien tenía graves y particulares motivos para sentirse personalmente agraviado. Aquella alma dulce y blanda, que todo lo condonaba y olvidaba, no podía perdonar los desafueros inexpiables de O'Donnell en Cuba, sátrapa feroz entre los feroces.

Discípulos y colaboradores se comunicaban día tras día la pena que les causaba verlo ir decayendo constantemente, y todos veían ya muy claro que el noble maestro no llegaría á edad muy avanzada. En los últimos tiempos no atendía al colegio con la asiduidad y consagración primitivas; á menudo se sentía incapaz de salir de su aposento, y en balde lo buscaban sus alumnos para contarle sus cuitas, comunicarle sus dudas ó pedirle su protección. El cuerpo se rendía, pero la inteligencia persistía incólume, no desmayaba su actividad y pedía siempre con interés noticias literarias y políticas. Uno de los profesores le leyó las líneas elocuentes que sirven de prólogo á Los Miserables, cuya primera parte era lo único llegado á la Habana, mientras él vivía; conmovido por las frases vigorosas en que anuncia el poeta el propósito generoso y compasivo de su obra, decía con tristeza que sentiría morirse antes de ver terminada la publicación. Y así sucedió, la empobrecida constitución cesó de funcionar, sin enfermedad bien determinada, por fatiga natural de los órganos, murió tranquilamente el 22 de Junio de 1862, pocos días antes de cumplir sesenta y dos años.

Los funerales tuvieron lugar en la tarde del día siguiente, y no obstante lo que en contrario se ha escrito[59], es notorio que fueron un acto de recogimiento silencioso, de tristeza sincera y profunda, sin mezcla de ningún otro sentimiento. Como en virtud de las leyes severas que regían no era permitido pronunciar discursos en el cementerio, solamente en la sala del colegio, antes de sacar en hombros el cadáver, en presencia de un número reducido de personas, hablaron brevemente algunos compatriotas distinguidos, en representación de la Universidad, de la Academia de ciencias, del colegio El Salvador, todos en el tono más grave y solemne, rigurosamente ajustado á la seriedad imponente de la ocasión. Un gran concurso de gente acompañó después á pie el cadáver hasta el camposanto, sin que se profiriese un grito ó se hiciese cosa alguna distinta de lo que se solía en los entierros; la diferencia únicamente consistió en el número extraordinario de los presentes y en el no fingido dolor que á todos afectaba[60].