Cuando en la mañana de ese día fatal cundió por la ciudad la noticia de que había fallecido el sabio y santo "maestro de la juventud cubana", prodújose emoción tan intensa que á los oídos y la vista de todos, hijos de Cuba lo mismo que españoles y extranjeros, se reveló cuan inmenso era el lugar ocupado en el corazón del país por el débil y modesto anciano que en ese momento desaparecía, tocando apenas los umbrales de la ancianidad, después de haber vivido sin más hogar ni más familia que el grupo de alumnos y profesores de un instituto privado de educación, casi del todo sin necesidades, como un anacoreta, más estrictamente que ninguno sometido á las reglas austeras de la casa, durmiendo en un catre abierto todas la noches, entre dos estantes, en un rincón del aposento donde se apiñaban los volúmenes de su rica biblioteca.
Para algunos de los jefes superiores de la administración de la isla, empleados venidos de España á formar la burocracia militar y civil que la regía, y que frecuentemente se sucedían unos á otros traídos ó llevados por los vaivenes de la política, fué signo ominoso aquel duelo universal, causado por la muerte de un hombre sin carácter oficial. Vieron con no disfrazada hostilidad que el Capitán general de la colonia, Don Francisco Serrano, futuro duque de la Torre, en quien residían las facultades de omnímodo dictador, que delegaba la metrópoli á sus procónsules de América, influído por algunos hijos del país entre sus amigos particulares, había dispuesto que el gobierno se asociase al sentimiento unánime del país, reconociendo los méritos eminentes del difunto educador por medio de ciertos honores, como invitar al entierro varias corporaciones oficiales, y cerrar durante tres días los Institutos de educación. Alarmados con tan desusado proceder, pidieron al voluble Capitán general que resarciese al menos el daño ya causado, ordenando que en el acto cesase toda manifestación pública en memoria de Luz, que volviese el país á su quietud y silencio habituales, y ni se pusiesen en letra de molde ni se pronunciasen públicamente las sílabas de su nombre y apellido. La orden era susceptible de inmediata y completa ejecución, merced al régimen de censura previa é irresponsable á que estaba allí sometida la imprenta; y desde aquel mismo momento el que hubiese juzgado solamente por apariencias podía haber pensado con asombro que el eterno olvido envolvía ya en su propia patria la memoria del hombre eminente, que había consagrado su fortuna, su posición independiente, su saber, su prestigio como el primer literato del país, á la tarea oscura de educar niños, de templarles el alma, como decía, para sostener la ardua lucha de la vida.
Unicamente dentro del recinto del hogar doméstico, era lícito recordarlo y encomiarlo sin provocar las iras de la autoridad. Por fortuna continuaba siempre abierto el Colegio, sus lecciones se conservaban escrupulosamente por un grupo de discípulos fieles, y todos los años, en una noche del mes de Diciembre, al terminar los exámenes generales que el instituto celebraba para satisfacción de las familias, era costumbre que el director y algunos de los profesores evocasen, en discursos esmeradamente preparados, la memoria del gran educador, cuya gloria, inmarcesible en aquella casa, era el lazo que á todos estrechaba. Esos discursos, reverentes y cariñosos, animados por honda, intensa gratitud, escuchados con ávido interés, con fe vivísima, producían, en virtud del entusiasmo con que eran acogidos, efecto mucho más grande de lo que podían imaginar los mismos oradores, y á veces á más de uno pareció que la sombra querida del maestro surgía inopinadamente, y pasando al través de la puerta de cristales de la biblioteca misma en que había estado expuesto su cadáver, venía á colocarse en el centro del grupo compacto de sus discípulos, tomaba la palabra, como en tantas ocasiones idénticas, y pronunciaba una de aquellas oraciones admirables, que aun los más jóvenes alumnos entendían, gracias á la exquisita naturalidad de su lenguaje sin aliño, y que hacía vibrar al unísono todos los corazones, arrebatados por el raudal de amorosos sentimientos en medio del cual brotaban sus frases apasionadas.
Ese ardiente y puro entusiasmo que, durante unas horas, todos los años, en esa sala del colegio del Salvador, arrebataba á unos cuantos centenares de cubanos, transformaba, por así decirlo, la fiesta privada en ceremonia patriótica de importancia trascendental; convertía la tranquila casa de educación en templo solitario donde, siquiera una vez, de año en año, se rendía homenaje á la virtud desinteresada, á la verdad, á la justicia, que todo eso simbolizaba el nombre de Luz; donde se protestaba, indirecta pero eficazmente, contra las iniquidades de aquella sociedad esterilizada por el mercantilismo, corrompida por la úlcera de la esclavitud doméstica, humillada por la férrea mano que la doblaba y explotaba. Pero de todos modos la protesta, aunque nada más que murmurada, en un rincón de la ciudad, por unas cuantas familias y unos pocos fieles discípulos, tenía que llegar á los oídos de la autoridad como un desacato, é influyó sin duda en el Gobierno, cuando en 1869 suspendió al colegio la autorización de la enseñanza secundaria, para forzarlo á cerrar sus puertas, como en efecto tuvo que hacerlo.
Mas ya en esa fecha las cosas habían sufrido en la isla cambio profundo. El movimiento revolucionario iniciado en 1868, pronto se había extendido, repercutiendo en la Habana como formidable y misteriosa perturbación subterránea, pues el gobierno ocultaba ó alteraba las noticias. Cuando con certeza se supo que la insurrección propagada por todo el Camagüey corría hacia las Villas, varios de los profesores abandonaron la capital para incorporarse á las filas revolucionarias, otros emigraron al extranjero, y desorganizado el colegio de esa manera, puede decirse que el decreto hostil no hizo más que apresurar el inevitable desenlace.
Horas amarguísimas habría tenido Luz que pasar si le hubiese tocado en suerte la misma cifra de años que á otros compañeros de su juventud, hasta ser testigo de las escenas terribles en que finalmente se disiparía el hermoso sueño de gloria y de fortuna que había imaginado para todos y cada uno de sus discípulos. Para él la muerte temprana fué también, como para Agrícola, según las palabras de Tácito, favor que lo libró de mayor desgracia: ita festinatæ mortis grande solatium.
De esa manera evitó al menos, ser testigo de la dispersión y clausura del colegio; la guerra desencadenada con todo el refinamiento de crueldades de las contiendas civiles; el país aterrado; las nuevas de tantas hecatombes en los campos de batalla, el eco de tantas descargas asesinas en la ciudad; tantos alumnos y profesores del colegio, Luis Ayestarán, Zenea, Honorato Castillo, los estudiantes del primer año de medicina, otros muchos, bárbaramente condenados y sacrificados. La muerte fué esta vez también consuelo piadoso de la fortuna.
IV
Designó Luz en su testamento las personas á quienes debían ser entregados sus manuscritos, para que hiciesen, con ellos y los demás de sus trabajos sueltos y ya impresos que considerasen merecedores de ser salvados del olvido, una edición de sus escritos, si la juzgaban oportuna ó útil. Fueron: en primer lugar José María Zayas, su ya mencionado continuador en el manejo del colegio, abogado, literato y muy distinguido profesor de humanidades; en segundo lugar, Antonio Bachiller y Morales, el eminente erudito y americanista, advirtiéndoles que podían servirse de los auxilios de sus discípulos José Bruzón y Jesús B. Gálvez. Los papeles nunca llegaron á manos de Bachiller, no salieron de poder de Zayas, y éste murió algún tiempo después sin haber emprendido la tarea. Uno de sus hijos comenzó la publicación en 1890, titulándola así: Obras de don José de la Luz Caballero coleccionadas y publicadas por Alfredo Zayas y Alfonso; aparecía por entregas y desgraciadamente quedó interrumpida hacia la mitad del tomo segundo[61].