Impresa la primera obra por cuenta del autor, pues ninguna casa editora quiso correr el riesgo de comprársela, se abrió camino prontamente, y en un año se vendieron en Inglaterra quince mil ejemplares, lo cual es mucho, dada la época, la materia y las proporciones de la obra. Fué traducida inmediatamente al holandés, al alemán y al ruso, y se anunciaron en competencia dos traducciones al francés que pronto aparecieron, una en Bruselas y la otra, con prólogo é intervención de Guizot, en París. Los jueces más autorizados confirmaron el aplauso público, y entre ellos los verdaderamente abonados, los que se dedicaban con especialidad al estudio de los mismos sucesos desde puntos diversos de vista, como Froude en Inglaterra, como Prescott en los Estados Unidos, como Bakhuyzen van den Brink en Holanda, todos concurrieron declarando el alto valer de la obra del nuevo historiador.
Es sin disputa libro muy notable, escrito con el calor y movimiento de una novela histórica y escrupulosamente fundado sobre estudios directos, originales, seguidos por espacio de diez años en diversos países, dentro de los archivos donde se custodian los documentos, los manuscritos auténticos y despachos diplomáticos en que observadores muy sagaces á menudo han ido acumulando vasta masa de noticias inéditas todavía, venas de mineral precioso, á las que falta sólo la paciencia del erudito para aquilatar su riqueza.
Motley concibió, desde luego, su trabajo como un inmenso cuadro, armoniosamente completo, y lo ejecutó conforme á un plan de la más estricta y admirable unidad, sin que desde la página inicial hasta su término flaquee la inspiración del artista ni decaiga el interés de la narración. Es una obra histórica que tiene héroe, protagonista, como en las novelas y poemas; no una biografía propiamente hablando, pues relata los sucesos de un largo período de la vida de una nación, pero floreció durante ese tiempo un hombre que fué sin cesar el alma de la situación, en cuyo corazón palpitaba la sangre, la vida de su patria; y presente ó ausente, aparece siempre dominando la escena su heroica y varonil figura ó su nombre esplendoroso. Ese héroe es Guillermo de Nassau, "el rebelado Príncipe de Orange", como lo apellida un poeta español; el Taciturno, como generalmente se le llama, por antigua y curiosa antífrasis, pues era de carácter afable y comunicativo. Motley nos lo presenta desde el primer capítulo, en la hermosa descripción de la ceremonia del gran salón del palacio de Bruselas cuando, en un día del mes de Octubre de 1555, abdicó solemnemente Carlos V y traspasó á su hijo Felipe la corona real y los vastos territorios en Europa y en América que de ella dependían. Era entonces Guillermo un joven de veintidós años, sobre cuyo hombro se apoyaba el fatigado y gotoso Emperador y Rey, al pronunciar de pie su arenga de despedida. Así comienza la historia de Motley para terminar veinte años más adelante el día infausto del mes de Julio de 1584, en que sucumbe Guillermo de Orange mortalmente herido por la bala de un asesino.
¿Quién hubiera dicho al ilustre y orgulloso monarca, al concluir su vida pública en medio de la pompa de esa gran representación teatral, que estaban ya reunidos en aquel salón del palacio de los duques de Brabante los personajes principales de un tremendo drama, cuyo desenlace arrastraría consigo la anulación de todos los votos, el aniquilamiento de todas las esperanzas, expresadas en la arenga y puestas bajo el amparo y bendición de Dios Todopoderoso en el tono de grave, serena y altiva confianza que naturalmente correspondía al que todos allí consideraban como lugarteniente de Dios sobre la tierra? ¿Quién le hubiera anunciado al oído que el joven en cuyo brazo se apoyaba como el del más fiel de sus vasallos, había de ser enemigo acérrimo, irreconciliable de su hijo; que gracias á él triunfaría en los Países Bajos la religión reformada, se amenguaría el prestigio de la monarquía y mermaría considerablemente el patrimonio allí trasmitido á sus descendientes?
Entre esos dos sucesos capitales, abdicación de Carlos Quinto y muerte del príncipe de Orange, desenvuelve Motley su narración, que por sí misma se divide en cinco grandes partes y una introducción, como los actos de una vasta composición dramática. En todos ellos es siempre Guillermo el personaje prominente, pero en cada uno pelea con un adversario diferente, contra los que en rápida sucesión van viniendo á representar los derechos hereditarios del pequeño, delgado y laborioso monarca, que desde el fondo de su palacio en Valladolid, en Madrid ó en el Escorial, devana los hilos de la inmensa trama que debe mantener el mundo sometido á la absoluta unidad de creencias religiosas y á la jurisdicción del Santo Oficio. Cuando partió de Flandes Felipe, cuatro años después de su advenimiento al trono, quedó encargada de oponerse á las justas reclamaciones de las Provincias su hermana Margarita, hija natural del Emperador. Frustrados los primeros planes despóticos del rey, vino el duque de Alba á la cabeza de un fuerte ejército, resuelto á probar con sangre y fuego otro sistema de gobierno y arrancar de cuajo la rebelión, matando, arruinando, desolando y aterrando: formidable tarea que el terrible duque ejecutó puntualmente, obedeciendo como aguerrido y sumiso militar las implacables instrucciones de su señor, exagerándolas también como indignado y sanguinario vasallo del injuriado soberano. Nada obtuvo en definitiva, y con su vuelta á España cae el telón del segundo acto, el más espantoso de la tétrica tragedia.
La tercera parte comprende la breve é indecisa administración del Comendador mayor de Castilla Requesens, que murió súbitamente en medio de una campaña, quedando el ejército de ocupación sin general en jefe, de lo cual provino poco después el saqueo de la ciudad más rica del Brabante por la soldadesca desenfrenada, atentado colosal, famoso en la historia con el nombre de "furia de Amberes".
El cuarto acto, aunque más corto todavía, de sólo dos años, excita interés como si fuera episodio de una novela romántica. Comienza en el momento en que don Juan de Austria se desmonta del caballo en Luxemburgo, después de haber atravesado toda la Francia al galope desde la frontera española, disfrazado de esclavo morisco, para hacerse cargo más pronto del gobierno de los Países Bajos, lleno de ambiciosas y halagüeñas esperanzas. Termina cuando exhausto y desesperado, al cabo de veintidós meses de estéril y fatigante lucha como guerrero y como diplomático, es invadido de la peste frente á Namur y muere dentro de una choza miserable á los treinta y tres años, pobre y sintiendo perdido todo su prestigio, sin más bienes de fortuna que los objetos de su uso personal, "esos trapos que ahí quedan", como dijo patéticamente á su confesor; después de haber vivido como un paladín del tiempo de las Cruzadas y haber soñado toda su vida en ceñirse una corona, que brilló continuamente ante sus ojos deslumbrados y nunca estuvo al alcance de su mano.
Antes de morir traspasó don Juan sus poderes á Alejandro Farnesio, príncipe de Parma, su sobrino, pero de su misma edad y en todo y por todo otra clase de hombre. Fué Farnesio en la guerra y en la política el más hábil de los gobernadores que tuvo el rey en esos dominios y da nombre á la quinta y última jornada del drama comprendido en la narración de Motley. Encontró en él Guillermo de Orange, adversario digno de su acero, muy capaz de haber logrado el triunfo si la habilidad y la energía hubiesen bastado á asegurarlo en causa tan inhumana. Mas si por la fuerza misma de las cosas no era dable á tan formidable caudillo vencer y extirpar la rebelión, pudo al menos contenerla, reducirla parcialmente, y la fortuna quiso concederle el gran favor de que uno de los varios asesinos despachados para matar al ilustre rebelde, cuya cabeza estaba de mucho tiempo atrás puesta á precio por edicto del soberano, consumase durante su gobierno el nefando atentado.
La "Historia de las Provincias Unidas", lleva los sucesos hasta la tregua de Doce años y la terminación virtual de la lucha con España. Concebida en idénticas proporciones y con el mismo plan que la precedente, carece de la unidad y concentración de interés que le presta la intervención del Taciturno, pero el conocimiento profundo de la materia y el vigor de la pluma son exactamente iguales.
El impetuoso, ardiente entusiasmo que siente y no disimula el historiador angloamericano por la causa de los Países Bajos, lamentando sus desastres y exaltándose con sus victorias, produce al cabo un efecto particular, casi una fascinación. Vivamente persuadido de la profunda semejanza, de las íntimas relaciones históricas entre la república de los Estados Unidos vencedora de la Gran Bretaña en el siglo XVIII, y la república bátava luchando contra España en el XVI, no puede á veces contener su emoción y palpita en sus palabras con el calor de la fiebre el amor á la libertad, la aversión al despotismo y la fe más firme republicana. Hubiera, sin duda, sido más filosófico mirar las cosas con inalterable serenidad, examinarlas por todos sus lados más reposadamente y analizar las controversias religiosas y políticas del pasado sin traer á su estudio ninguna de las pasiones del combate, ni siquiera las más elevadas, respetables ó desinteresadas; pero la verdad es que no hay un fallo de Motley en desacuerdo con la equidad, que reprueba la injusticia dondequiera que la encuentra, que ha ido á comprobar en fuentes originales todo lo que dice, y ofrece al lector los datos necesarios para rectificar el valor de sus observaciones.