El tomo segundo encierra el antiguo poema ó Gesta del Cid, conforme á una nueva versión corregida del texto publicado por Sanchez á fines del siglo XVIII, con más de cien páginas de notas repletas de erudición y muy sagaces conjeturas, dos apéndices sobre la lengua y literatura españolas de la Edad media y un glosario, no tan flaco y desprovisto como el de Sanchez y otros, después del de Sanchez, publicados en España.
Las materias de estos dos primeros volúmenes adolecen del mismo mal. Muy notablemente tratadas para la época de su composición tienen gran valor en la historia de la vida de Andrés Bello, pero menos utilidad é interés directo para filósofos ó eruditos al corriente de la ciencia de nuestros días. La psicología escocesa, aun mirada al través de los universitarios franceses, parece hoy una curiosidad histórica, una antigualla. El texto del poema del Cid descifrado por Sanchez no es ya la base para edificar una nueva edición; el códice del siglo XIV que ese benemérito literato tuvo la suerte de descubrir no ha sido bien transcrito hasta una época posterior, en uno de los últimos tomos de la Biblioteca de Rivadeneyra, y mucho mejor en la edición de Halle publicada por el sabio alemán Volmöller[69]. Careció por tanto Bello de los elementos indispensables, y es muy de admirar por lo mismo que á veces adivinase detrás de las mentiras de la copia del siglo XIV la versión probable del original antiguo. Otras veces sugiere cambios menos aceptables, dando por sentado respecto al metro y otros puntos dudosos soluciones difíciles de justificar. Si el trabajo se hubiese publicado cuando lo proyectó y comenzó á ejecutarlo, cuando acudía diariamente al Museo británico á reunir sus materiales y acopiar el inmenso número de extractos y apuntes que se llevó á Chile, hubiera ocupado inmediatamente ese modesto hijo de Venezuela el primer puesto entre los sabios de Europa dedicados al estudio de la literatura de las naciones latinas durante la Edad media. Ya en 1829 sabía Bello sobre los cantares de gesta, los romances, las crónicas y en general sobre la lengua literaria de España más de lo que llegó nunca á saber Amador de los Ríos, que en esas materias pasaba en su tierra por un pozo de sabiduría.
La Gramática castellana con las excelentes notas de Cuervo llena todo el cuarto; en el quinto están reunidos el compendio de la misma gramática y sus trabajos menores del mismo género: análisis de la conjugación, métrica, etc. En ese terreno no tiene rival. Su utilidad práctica puede ir disminuyendo con el tiempo, pero el nombre del autor, príncipe de los gramáticos españoles en el siglo XIX, no morirá.
El tratado de Derecho internacional, cuya primera edición data de 1832 y unánimemente se considera como un modelo de libro de texto, por otros imitado y no mejorado, ocupa el tomo décimo, así como el noveno los Opúsculos jurídicos. Ambos volúmenes revelan su profundo dominio de las teorías del derecho, tan hábilmente aplicadas luego en los cinco últimos á la redacción de las leyes, que rigen y regirán siempre, más ó menos modificadas, en Chile.
Cuantos documentos son necesarios para seguir su vida literaria se hallan bajo el rótulo de Opúsculos literarios y críticos en los tomos cuarto, séptimo y octavo: ahí reaparecen sus artículos insertos en periódicos de Londres y de Santiago, en la Biblioteca, El Repertorio, Los Anales, El Araucano y varios otros; sus discursos de la Universidad, sus memorias oficiales, y en los prólogos de don Miguel Luis Amunátegui, escritos para cada uno de los tomos, se encuentran hasta fragmentos de artículos no concluídos descubiertos entre sus manuscritos. Todos ellos por desgracia, los conocidos y los inéditos, confusamente amontonados sin orden de materias ni de fechas.
Amunátegui, prologuista infatigable, que antepone á cada uno de los diez primeros volúmenes de esta edición largas introducciones desaliñadamente escritas, pero repletas de datos y rebosantes en amor y admiración hacia el famoso varón que fué su maestro, ha tenido la suerte de extraer de los manuscritos fragmentos interesantes, y aun alguna vez trabajos completos y valiosos. Halló en ellos un verdadero filón, pero no fácil de beneficiar. Bello usaba forma de letra malísima y en los últimos períodos de su vida escribía en caracteres microscópicos, desiguales y borrosos, que ni con fuerte vidrio de aumento se dejan fácilmente descifrar y exigen gran dosis de paciencia y conciencia en el descifrador. Varias de las obras antes inéditas estarán probablemente en esta edición cuajadas de errores nacidos de esa causa, y el mismo Amunátegui lealmente lo advierte y nos facilita armas para atacarlo en su función de lector de los jeroglíficos de Bello.
Figuróse una vez haber encontrado versos en un papel, más cuidadosamente examinado resultó ser un viejo borrador de artículos para el Código civil. Otra vez en cambio tuvo la dicha singular de poner la mano nada menos que sobre el final perdido de la epístola á Olmedo, de los hermosos tercetos que en 1827 dirigió Bello á su amigo con el título de "Carta escrita desde Londres á París por un americano á otro", y de los cuales había publicado hasta completar el número de cincuenta y uno el mismo Amunátegui en su vida de Don Andrés, edición de 1882, deplorando que faltase el final ó no hubiese el autor llegado á escribirlo. Con muy legítima satisfacción, por tanto, procedió á insertar en la introducción al tomo de las poesías en estas Obras Completas nueve estrofas más: ocho tercetos y el cuarteto que definitivamente las cierra.
El primer hallazgo era una fortuna, resolvía una duda bibliográfica, pero nada añadía á la reputación del poeta: antes al contrario parecía bien extraño que en la fuerza de sus años escribiese Bello terceto tan áspero y rocalloso como éste:
Y en todos sus oráculos proclama