Que al Magdalena y al Rimac turbioso

Ya sobre el Tiber y el Garona ama.

O que poeta tan sobrio y conceptuoso echase á volar este verso insulso y palabrero:

Bella visión de cándidos cristales.

No había semejante cosa, tales adefesios no eran de Bello, eran mala lectura del manuscrito, y por dicha se pudo rectificar el verso.

La epístola acaba con una apoteosis á la antigua moda clásica. Olmedo se sienta en el Parnaso entre las Musas que entonan un himno en su loor; y para hacer más cumplido y delicado el elogio pone Bello en boca de las nueve hermanas versos del mismo Olmedo, versos tomados del magnífico canto á la victoria de Junín, donde se dice:

Que ni Magdalén y al Rimac bullicioso

Ya sobre el Tiber y el Eurotas ama.

De esa manera un río clásico, el río de Esparta, viene á sustituir al Garona, el río de Burdeos, que tan impertinentemente se pretendió hacer correr por esa región de pura poesía. Lo mismo acontece con la visión absurda de cándidos cristales, que eran y debían ser cándidas vestales, como había escrito Olmedo. Et sic de caeteris.

Bello no caerá en el olvido ni como gramático ni como filólogo; en Chile es seguro que no se borrará su fama de legislador: pero los timbres indelebles de su gloria estarán siempre en sus obras poéticas. Es por consiguiente el más interesante de los tomos de esta edición el tercero, en el que por primera vez se encuentra completo, reunido cuanto de bueno, de mediano y de insignificante compuso ó tradujo en verso, hasta donde ha sido posible sacarlo de sus casi ilegibles manuscritos. La colección es muy superior á la que en 1881 apareció en Madrid en la Colección de Escritores castellanos, aseméjanse ambas solamente en el número considerable de erratas, pero esto es cosa corriente: el corregir erratas de imprenta parece un arte perdido, ignorado de casi todos los que en Europa y América publican libros en español.