Esa edición de Madrid tiene el mérito de llevar al frente un estudio biográfico y crítico por Don Miguel Antonio Caro, pero comete el crimen de mutilar lastimosamente al poeta suprimiendo hasta cuarenta y seis versos de una de sus mejores obras, la Alocución á la poesía, simplemente porque aluden á España, á las crueldades de la conquista y de la guerra de independencia. El trabajo de Caro es muy notable, elegantemente escrito y de sólida doctrina, salvo en alguno que otro lugar en que el distinguido literato colombiano afirma en forma demasiado concluyente é imperiosa su gusto y su impresión personal. Por ejemplo, cuando en marcado son de vituperio llama intemperante el lirismo de Quintana, como si templanza y lirismo casi siempre no se excluyesen, y como si el lirismo mientras más genuino y más sincero no pudiese correr el riesgo de parecer intemperante, sin perder por eso su valor poético ni aminorar la intensidad de su efecto artístico. En otra parte celebra un poco más de lo justo una oda juvenil de Víctor Hugo, Moisés en el Nilo, para poder mejor dar al traste con todo lo demás que compuso el autor de Las Contemplaciones. Pero el punto de vista en que agrada aquí á Caro colocarse es el más propio y oportuno en un juicio crítico[70] de las poesías de Bello, é indisputablemente las juzga con íntima simpatía y tino singular.
Cuando Bello en 1810, á los veintinueve años de edad, salió de Caracas, su patria, que nunca debía volver á ver, formando parte de la primera misión diplomática que se mandó á Europa, en la que entre otros iba también Simón Bolívar, nada había escrito todavía digno de ser puesto hoy en parangón con sus obras posteriores. En el curso de la segunda mitad del período de su dilatada residencia en Inglaterra publicó en la Biblioteca y el Repertorio, las dos revistas en cuya dirección tomó parte principal, las Silvas Americanas, maravillosa obra maestra de toda la literatura en lengua castellana, pues por su magnífica é intachable dicción se eleva hasta igualar lo mejor que jamás se escribió en España, y por su asunto, sus imágenes y la amplitud de sus ideas lleva el sello profundo de la grandeza y novedad del mundo americano. Esas dos composiciones, los fragmentos que constituyen la Alocución á la Poesía y la silva á la Agricultura de la zona tórrida, exceden á todo lo que escribieron Olmedo y Heredia, sus grandes rivales en América, aunque por otra parte esos dos poetas brillantemente le superen por la espontaneidad, el vigor y la variedad de la inspiración lírica.
Bello es un admirable poeta didáctico, didáctico á la manera del autor de las Geórgicas, y basta á determinar bien la cifra de los quilates de su mérito recordar que la comparación, hecha y repetida infinito número de veces, no es un simple manoseado lugar común, un consorcio vago y caprichoso de nombres ó una indulgente concesión de apasionados; quiérese realmente con ella significar que creó el autor americano, á ejemplo y en libre imitación de Virgilio, algo casi tan bueno como muchos buenos trozos de los cuatro libros de esa célebre producción latina, que la recuerda y á menudo la iguala tanto en la parte puramente descriptiva como en los admirables episodios; salvo por supuesto la enorme desventaja que consigo trae la inferioridad literaria de la lengua moderna al lado de la antigua. Pero Bello, es claro, considerado bajo otro aspecto dista demasiado de Virgilio. Las Geórgicas anuncian, preparan, no en el estilo, ya perfecto, sino en el conjunto de las otras cualidades, al futuro cantor de la Eneida, y Bello, superior igualmente como erudito y como perfecto versificador, no podía aspirar á las alturas de poesía épica desde donde fulgura eternamente el genio del vate famoso de "la alta Roma".
Analizar ahora esas producciones de la época mejor de Bello sería empresa inútil, ya muy bien desempeñada por Amunátegui, Cañete, Pombo y varios otros distinguidos escritores, y en primera línea por Caro y por Menéndez y Pelayo.
En 1829, como va dicho, se estableció Bello en Santiago de Chile; entregado inmediatemente á monótonas y apremiantes ocupaciones cultivó poco la poesía, publicó menos aun de lo que á ratos perdidos escribía para su propio solaz. La necesidad de congraciarse el afecto de la nueva patria lo movió á cantar dos veces, con once años de intervalo, el Diez y ocho de Septiembre, fecha oficial de la independencia de la república; y es bien de admirar que esas dos odas así tituladas y nacidas en condiciones tan de poeta cortesano, sean lo que son: dignas de Fray Luis de León por su tono solemne y elevado. Imitan claramente las producciones del gran lírico castellano y ascienden sin desfallecer al mismo nivel de estilo y entonación. En la primera, la de 1830, es de notarse la siguiente estrofa por la energía de la expresión, aunque la imagen sea conocida, por el mismo Bello y por muchos otros usada ya:
Vano error! Cuando el rápido torrente
Que arrastra al mar su propia pesadumbre,
En busca de la fuente
Retroceda á la cumbre,
Volverá el que fué libre á servidumbre.