Sordo murmullo lejano.

Mueven el labio, y después

Desmayados ecos gimen;

La luna pasa al través

De sus cuerpos, y no imprimen

Huella en el polvo sus pies.

El vivo color romántico que distingue al Incendio de la Compañía indica ya bien claramente que la musa de Bello tendía á emprender vuelo por regiones nuevas. Dan de ello testimonio decisivo las cinco imitaciones de Víctor Hugo que en seguida publicó; su hermosa dicción, su rico lenguaje se amoldan en ellas sin deterioro á los vastos espacios, á los libres arranques de la nueva escuela de poesía. No se reduce al Víctor Hugo clásico todavía de las Odas en el Moisés salvado de las aguas, sigue el desarrollo de su genio en las resplandecientes Orientales para pedir luego otros dos motivos de inspiración á las Hojas de otoño y á Las Voces Interiores, libros en que ya brilla con todo su vigor el genio lírico del gran vate de Francia. Las cinco son muy buenas, modelo perpetuo de lo que puede ser la verdadera transcripción en verso, de la manera única quizás de verter un poeta á otro gran poeta en idioma diferente, sin que en ninguno se deslustre ó amengüe la inspiración.

Bello escribió poco en verso, un volumen de los quince que forman esta colección; su gloria reposa en unas diez ó doce composiciones todas notables, aunque en grados y cualidades diferentes. La historia de su vida explica por qué le faltó en realidad tiempo para más, á pesar de la crecida cifra de años que alcanzó. Pero aumenta en muchos puntos la admiración que arranca el conjunto de sus obras poéticas, cuando se piensa que el anciano autor de esas quintillas líricas de El Incendio de la Compañía, ó de las caprichosas y elegantísimas estrofas de los Fantasmas, ó del ascenso y descenso habilísimo del metro en Los duendes, es el mismo que en plena madurez compuso la majestuosa y severa silva á La Agricultura de la Zona tórrida Y renovó la inspiración del cantor de las Ruinas de Itálica en el final del primer fragmento de la Alocución á la poesía. Esa feliz y brillante oposición entre los extremos de su carrera de poeta, entre la pureza clásica del principio y el esplendor romántico del fin, constituye su mayor originalidad, la verdadera razón que podría haber para colocarlo encima de Olmedo y Heredia, aunque sea verdad que en poesía subjetiva la palma debe siempre corresponder á la altura del vuelo lírico y á la impetuosidad de los movimientos.

Hubo, además, otra faz en el talento de Bello: de ella hay en esta edición muestras abundantes, póstumas casi todas y quizás por lo tanto mal copiadas de sus manuscritos: una vena jocoseria ó "humorística" que desde el principio se hizo sentir, como lo indica su traducción del Orlando Enamorado conforme á la refundición burlesca de Berni, y que persistió hasta lo último, como se ve por los cinco cantos de El Proscrito, publicados por primera vez ahora tales cual quedaron á la muerte del autor. Era de esperarse también que la elegancia natural de su estilo, la riqueza de su vocabulario y la precisión de su lenguaje condujesen á un alto grado de distinción en este género, y efectivamente hay en los dos poemas numerosas octavas tan buenas como las mejores de La Mosquea de Villaviciosa, aunque ni en facilidad ni en chiste lleguen á las de Batres, el poeta heroico-cómico de Guatemala. Es lástima que no nos haya quedado nada definitivo, bien acabado en este género, pues El Proscrito no es más que un esbozo incompleto, y en el Orlando sólo son originales los exordios de algunos de los cantos. Produce efecto particular en El Proscrito la mezcla de un gran número de chilenismos en la pura trama castellana de su lenguaje.