Quizás se descubra todavía alguna otra composición, algún otro fragmento olvidado, pero nada importante agregarán á lo que ya poseemos, y el monumento literario está para siempre elevado. Débese á la gratitud de la república de Chile, y toca ahora á los hispanoamericanos agradecerlo á nuestra vez.
UN "REPORTER" DE COSAS DE AMÉRICA
EN EL SIGLO XV
PEDRO MÁRTIR DE ANGLERÍA
Pierre Martyr d'Anghera, sa vie et ses œuvres. Par J. H. Mariéjol, Paris (Hachette).
Es este libro una tesis ó conclusión de examen para el grado de Doctor en letras. El autor, catedrático en universidad de provincia, vino á París antes de la colación de su grado en busca de un tema para su discurso, que no estuviese demasiado manoseado, susceptible todavía de algún interés, de cierta novedad, y uno de sus futuros jueces le sugirió, según cuenta, la idea de estudiar la vida y los escritos del famoso Pedro Mártir, cuyas obras aun conservan valor para la historia de España, y serán siempre de suma importancia para la de América en la época del descubrimiento y primeros años de la conquista. Esa oportuna sugestión dió origen al presente volumen de lectura en extremo amena é instructiva.
No es ahora tan común en Francia como antes este género de trabajos relacionados con la historia ó la literatura de España y la América española. Después de la guerra con Alemania en 1870 la curiosidad de los sabios franceses ha cambiado de rumbo y abandonado estudios que en los días del Imperio, para no ir más lejos, estaban muy generalizados. Algo probablemente influyó antes en ese interés por España la procedencia de la Emperatriz. Se le hacía un poco la corte, como era natural, tratando de cosas de su país. Damas-Hinard, su secretario particular, pudo gracias á ella ver salir de la Imprenta Imperial una magnífica edición del Poema del Cid con traducción, notas y comentarios, al mismo tiempo que Antonio de Latour, secretario en Sevilla del duque de Montpensier, del marido de una Infanta de España, escribía y animaba á muchos á escribir sobre asuntos españoles, y se mantenía así la tradición y el ejemplo de Mignet, Viel-Castel, Próspero Merimée, Rosseew Saint-Hilaire, de tantos otros. Existen hoy, es verdad, dos revistas exclusivamente consagradas á la península ibérica: la Revue Hispanique dirigida en París por el erudito M. Foulché-Delbosc y el Bulletin Hispanique, publicado en Burdeos, en cuya redacción figuran literatos de tanto talla como Ernesto Merimée, autor del trabajo más completo que se conoce sobre Quevedo, y Alfredo Morel-Fatio. Pero ambas publicaciones son trimestrales y la Revue á veces reúne bajo una sola cubierta dos y más entregas. Morel-Fatio se queja en alguna parte del abandono en que hoy se encuentran en su país los estudios españoles, y nadie sin embargo hace tanto por ellos como él mismo, que posee perfectamente el castellano, el catalán, el dialecto gallego tan cultivado al fin de la Edad Media, así como el portugués y el italiano; que ha hecho una edición admirable comentada y anotada de El mágico prodigioso, de Calderón, escrito las interesantes monografías de sus Etudes sur l'Espagne y varios otros trabajos de gran mérito.
Volviendo á la tesis de M. Mariéjol, no hay duda que es Pedro Mártir de Anglería, como en España se le llama, personaje muy interesante, y por fortuna no escasean los datos para componer su biografía. La colección de sus cartas, impresa poco después de su muerte con el título de Opus Epistolarum, comprende nada menos que ochocientos diez y seis números en un espacio de treinta y siete años, desde 1488 hasta 1525.
"Un literato italiano en la corte de España" es el primer título de este libro. En efecto Pietro d'Anghera, milanés, residente en Roma y discípulo del gran Pomponio Leto, tenía treinta años de edad cuando se le abocó el conde de Tendilla, embajador de los Reyes Católicos, á pedirle que fuese á establecerse en España y propagar allí los inmensos adelantos que en ciencias y letras habían realizado los sabios italianos del Renacimiento. Propuesto el viaje fué inmediatamente aceptado. A España llegó en 1487, de España no salió más, salvo una breve excursión diplomática en Egipto, y en Granada murió en 1526 á los setenta años próximamente, pues no se conoce con certeza la fecha de su nacimiento.
Apenas llegado asistió en el séquito de la reina Isabel á varios episodios de la campaña de Granada, y permaneció en el terreno de ese último duelo entre la cruz de Covadonga y la Media Luna hasta ser testigo de la dramática escena de la rendición del Zagal y penetrar luego con los Reyes Católicos en el palacio del monarca moro, en La Alhambra, cuya magnificencia arranca un grito de admiración extraordinaria á ese italiano, que había pasado en Roma muchos años de su vida: "¡Qué palacio, Dioses inmortales! ¡No hay otro que se le parezca sobre la superficie de la tierra!" Allí concibió admiración todavía mayor por los dos soberanos españoles á cuyo servicio se consagraba, por la reina especialmente, de quien recibiría muestras repetidas de favor y de quien hablaría siempre en los términos más exaltados como en la carta del 26 de Noviembre de 1504, día mismo del fallecimiento de Isabel, carta número 279 del Epistolario, que citan Prescott, Lafuente y otros historiadores: "El mundo ha perdido su ornamento más precioso; era el espejo de todas las virtudes, amparo de los inocentes y freno de los malos. No sé de otra heroína ni en los antiguos ni en los modernos tiempos que merezca ponerse al lado de esta mujer incomparable".