Pedro Mártir abrazó en España la carrera eclesiástica, fué nombrado capellán de la reina, se puso al frente de una especie de academia ambulante de enseñanza de los nobles españoles, que mudaba de lugar siguiendo á la corte de Valladolid á Zaragoza, á Barcelona y otras capitales, y recibió el título oficial de "maestro de los caballeros de mi corte en las artes liberales" con treinta mil maravedises de sueldo. "Amamanté en mis pechos" dice una de las epístolas "á casi todos los principales de Castilla". La expresión que así traducida no dejará de parecer grotesca, lo es mucho más en latín: suxerunt mea litteraria ubera. Con los que menciona en sus cartas puede formarse larga lista de personajes por él educados, desde un duque de Braganza hasta otro de Villahermosa primo del rey, incluyendo varios Mendozas y Girones y Fajardos, los primeros nombres del país, en aquellos días en que la aristocracia era todavía un poder en la realidad y en la apariencia.

En medio de la corte y con el favor de los soberanos hallóse, pues, Pedro Mártir de Anglería en la más ventajosa posición para conocer y juzgar con acierto los sucesos políticos, y no podían éstos menos de ser muy importantes, dados el país, la fecha, las circunstancias, cuando acababan los reyes Católicos de constituír y robustecer en ese extremo occidental del mundo una monarquía militar destinada á ejercer influencia preponderante en Europa por más de cien años, una hegemonía indisputable, como la que ejerce en nuestros días el imperio alemán. Gustábale infinito escribir cartas, tenía corresponsales en toda Europa, y principalmente en Italia, que recibían y leían con avidez sus noticias: de ahí el gran bulto del Epistolario. Era testigo presencial de muchos de los sucesos de que hablaba, y los más de ellos, á partir sobre todo de la muerte de la reina, despertaban por sí mismos dramático interés: primero las borrascosas relaciones entre Fernando el Católico y su yerno el archiduque Felipe; luego la muerte prematura, inesperada de éste; la locura de su mujer doña Juana; el viaje fantástico del cadáver de Felipe el Hermoso á través de media España, desde Miraflores hasta Granada, con la esposa demente sin cesar al lado del carro fúnebre, acampando á veces por las noches la comitiva en lugares solitarios, á la luz incierta de las antorchas sacudidas por el viento. Después la regencia famosa del inflexible cardenal Cisneros, los desmanes y la irrefrenable codicia de los flamencos que entraron con el joven rey Carlos en España, y por último, sin contar otros sucesos anteriores y posteriores, la guerra de las Comunidades de Castilla, durante la cual residió Pedro Mártir en Valladolid, en el centro mismo de la rebelión, tratando de mediar entre los levantados y el gobierno. Ese italiano del Renacimiento se asimiló los sentimientos de la nueva patria y, junto con muchos de los más sinceros y mejores españoles del siglo XVI, nutrió vigorosa antipatía contra los extranjeros del norte venidos á la sombra del nuevo rey á explotar la nación. Nótanse á menudo en sus cartas claras señales de buena voluntad hacia el movimiento municipal, á pesar de que tan marcadamente iba contra la aristocracia. No le inspira sentimiento alguno de satisfacción, no escribe una palabra de triunfo sobre la derrota infausta de Villalar y, sin embargo, ni tuvo nunca confianza ni creyó capaces á los jefes del levantamiento, á quienes trató muy de cerca, de vencer las dificultades de la situación. Don Pedro Girón le pareció un ambicioso vulgar atento sobre todo á ser duque de Medina-Sidonia, lo que es muy cierto; Juan de Padilla, un regidor envanecido que se cree "magno pretor" de un magno ejército con tribunos y centuriones, lo cual es sobradamente injusto; y dice por último de doña María Pacheco, usando una de esas expresiones extrañamente originales que en él abundan, que era el marido de su marido, maritum mariti.

El testimonio de Pedro Mártir por consiguiente tal como se encuentra consignado en el Opus epistolarum es de bastante valor histórico. Verdad es que varios escritores, el insigne Ranke primero, luego el grave historiador inglés Hallam y otros, lo acusan de numerosos descuidos, de errores de fecha y aun de palpables imposturas; pero Prescott, que lo estudió detenidamente para sus obras sobre los Reyes Católicos y sobre la conquista de Méjico, lo defiende de esos cargos y sostiene en general su veracidad.

Ello no tiene suma importancia; acerca de los sucesos de la historia de la península á que alude ó que juzga, hay otras autoridades igualmente contemporáneas, y no es difícil depurarlas y hacer la contraprueba. Para nosotros el gran valor de sus escritos reside en lo que atañe á la historia de América; entre americanistas el nombre del autor de las Décadas sobre el Nuevo mundo, De orbe novo y De rebus oceanicis, es de un interés excepcional, y constantemente se citan, se estudian y estudiarán esos trabajos, así como aquellas de sus epístolas contenidas en el Opus, referentes á asuntos de América.

La lástima es el corto número de esas cartas; son unas treinta, apenas el cuatro por ciento de la suma total, las que refieren episodios del descubrimiento de las Américas. En esa época no había periódicos para propagar con rapidez las noticias interesantes, y á nadie fué dado mejor que á Pedro Mártir desempeñar ese servicio por medio de sus corresponsales que eran tan numerosos como distinguidos, por lo general personajes eminentes, empezando por el mismo Sumo Pontífice, que recibían y trasmitían á otros las palpitantes novedades de sus cartas. En Barcelona se hallaba cuando acudió Colón á presentarse en la capital del principado ante los Reyes Católicos y darles cuenta verbal de los maravillosos resultados de ese primer viaje en que encontró la América buscando el Asia al través del océano. Relata Anglería el memorable acaecimiento en una carta fechada "Barcelona, día de los idus de Mayo" y dirigida á José Borromeo. En varias otras escritas ese mismo año de 1493 comunica á diversas personas detalles interesantísimos, recogidos, como es muy posible, de los labios del mismo Colón. "Activo reporter" le llama con exactitud, por esos informes comunicados á tantas personas, Justin Winsor en la Historia crítica y narrativa de América. Mariéjol por su parte también lo llama "el gacetero del Descubrimiento".

Ambos calificativos merecen aplicársele como expresión de elogio sin sombra alguna de menosprecio, porque además de las cartas hay que agradecerle las Décadas, colección de fragmentos trazados al compás de la marcha de los descubrimientos y agrupados de diez en diez, trabajo que comenzó casi inmediatemente después de la vuelta del Almirante y continuó hasta la muerte del narrador en 1536. Todos esos trozos manuscritos circulaban uno á uno, pasaban de mano en mano buscados y leídos con devorante interés. El papa León X recibió directamente algunos de ellos, y con orgullo recuerda Pedro Mártir en una de las epístolas que Su Santidad, rodeado de la mayor parte de los cardenales, había leído después de comer en alta voz, sin temor de fatigarse demasiado á pesar del estado de su salud, toda la relación que le había enviado sobre el paso del istmo y la primera aparición del Océano Pacífico ante los españoles deslumbrados. De esa manera,—escribe M. Mariéjol, no obstante la desproporción entre los dos términos de su rapprochement,—si un italiano sondeó las profundidades del mar de Occidente, otro italiano fué el heraldo anunciador de tan prodigiosas hazañas. Ya en ese camino pudo recordar con oportunidad que otro italiano también iba á dar poco después su nombre al mundo salido de esas profundidades.

En los últimos años de su existencia ocupó la posición más ventajosa para saber, antes y mejor que nadie, toda especie de noticias sobre lo que acaecía en el nuevo mundo. El emperador Carlos V lo hizo entrar en su Consejo Real, lo nombró después vocal y secretario del de Indias, y entre sus otras dignidades eclesiásticas figura la de abad "con uso de mitra y autoridad episcopal en la isla de Santiago é Jamayca". Esto explica la excelencia de sus informes y el valor permanente de las Décadas, que serán siempre una de las fuentes de la historia primitiva de América.

Escribió únicamente en latín, un latín bárbaro á veces, necesitando con frecuencia crear términos nuevos para las cosas nuevas que tenía que contar. Aunque no carecía de ciertas prendas de escritor, su latinidad no llegó ni con mucho á la corrección y naturalidad de otros prosistas latinos del siglo XVI, como por ejemplo Luis Vives, ni muchísimo menos al lenguaje ciceroniano de sus célebres compatriotas Bembo ó Paulo Manucio. Bien se ve en los pasajes citados en este volumen, traducidos, además, con fidelidad y con elegancia.